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#06 La selección | Raúl Royo, librero de la Montonera

En este nuevo episodio de epicanto nos desplazamos hasta una librería: La Montonera, en el barrio del Gancho de Zaragoza, para conversar con el librero Raúl Royo. Rodeados de estanterías repletas —de ese exceso fértil que define el mundo del libro—, nos adentramos en una pregunta que atraviesa toda la cadena literaria: ¿cómo se elige qué leer, qué publicar, qué poner al alcance de los lectores? Y nos centramos en este caso  la librería como espacio de selección, de criterio y de construcción de sentido.

 

A lo largo de la conversación, Raúl nos habla de ese gesto inevitablemente excluyente que implica toda elección. Elegir un libro es, siempre, dejar otros fuera. Desde sus primeras decisiones como lector —cuando decidió concentrarse en la literatura posterior a los años sesenta— hasta la construcción de su librería, aparece una misma intuición: que la abundancia no es un problema, sino una condición propia de la creación, aunque nos obligue a convivir con la imposibilidad de abarcarlo todo. Bajo esta premisa, uno de los ejes de la charla es la idea de fondo: ese conjunto de libros que no solo responde a la demanda, sino que construye una identidad. Frente a la lógica de la novedad constante, el fondo aparece como una forma de decir “esto es lo que somos”, una propuesta de lectura que, poco a poco, podría reconstruirse entera si alguien se llevara libro a libro. En ese equilibrio entre lo que se vende, lo que define y lo que simplemente permanece, la librería se revela como una práctica profundamente artesanal.

 

Para entender cómo se materializa esa propuesta, nos detenemos en los mecanismos concretos de selección: cómo se decide qué entra y qué no, qué peso tienen las editoriales, las cubiertas, las sinopsis o las intuiciones construidas con el tiempo. Lejos de cualquier idealización, Raúl describe un trabajo que oscila entre la sensibilidad y la logística, entre la curaduría y la gestión cotidiana abriendo paso a una dimensión menos visible pero fundamental: la cadena del libro. Desgranamos así el papel de las distribuidoras, los conceptos de depósito y venta en firme, los plazos de devolución y los equilibrios financieros que sostienen la posibilidad misma de que los libros circulen y permanezcan vivos.

 

En última instancia, lo que emerge de este encuentro es la visión de la librería como un espacio de relación. Un lugar donde se construye confianza y comunidad —con las editoriales, con los distribuidores, con los lectores— y donde el criterio no se impone, sino que se afina en diálogo constante con quienes cruzan la puerta cada día.

Dónde escucharlo

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Trascripción

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María Trapero: Hola, Raúl. Muchísimas gracias por recibirnos aquí, en tu librería La Montonera, en el barrio del Gancho, en Zaragoza. Te hemos «secuestrado» un ratito a la hora de la comida para conversar en este espacio fantástico y absolutamente lleno de libros.

En esta plenitud —en este exceso, casi— queremos recrearnos para empezar la conversación de hoy: poner sobre la mesa este bosque de ejemplares y la complejísima cadena de decisiones que ocurre hasta que un libro llega aquí. Primero, cuando un escritor o escritora, de todas las posibilidades de la imaginación, decide poner su energía y esfuerzo en un lugar concreto. Después, hay un editor que, de todos esos manuscritos que solo son texto o imágenes, decide también apostar para que aquello se tangibilice. Y, al final de esa cadena de elecciones, estáis los libreros, que de la misma manera tenéis que nadar y despejar, en esta abundancia, hacia dónde mirar.

Es una cuestión que ya hemos tratado con otros invitados como Luna Miguel o Enrique Redel, pero queríamos hablar de la elección y de sus mecanismos. 

Raúl E. Asencio: Normalmente se debate si la cantidad de novedades anuales es una cuestión de saturación o de riqueza, pero tengo la intuición de que la abundancia es algo propio de la creación artística por una cuestión acumulativa.

En una novela que me gusta mucho, Incierta gloria, de Joan Sales, hay una conversación donde un personaje nihilista brillante, Julio, le dice al protagonista que en tres mil años de historia solo hemos podido crear una Divina comedia; que solo hay una y por eso volvemos a ella constantemente. Voy a leer la cita completa:

«Si cada tres mil años se escribe una, eso dará tres mil Divinas comedias cuando hayan pasado tres mil veces tres mil años; por poca álgebra y trigonometría que sepas, tú mismo puedes sacar la cuenta. Y los años pasan como un suspiro. Parece que era ayer cuando los diplodocus y los megaterios se paseaban por esos mundos de Dios. Han pasado doscientos millones de siglos como si nada. De modo que el pobre Dante, sin darse cuenta, acabará arrinconado en unos inmensos desvanes llenos de libros tan buenos como el suyo y que no leerá nadie. ¿Quién podría leer a tantos millones de genios?».

Son palabras que me acompañan desde que las pude leer en la universidad y me generan humildad y vértigo a partes iguales. Pienso que en la confección de una biblioteca, de un catálogo editorial o de una librería —incluso a la hora de elegir qué vamos a leer esta noche antes de dormir— hay un gesto excluyente, porque toda selección tiene en su esencia la exclusión.

Con este aterrizaje, quizá podríamos empezar recordando cuál es el recuerdo que tienes de esa primera vez que seleccionaste; que dijiste «no» a todo lo demás para elegir un solo libro entre la multitud.

Raúl Royo: Pues nada, muchas gracias por invitarme a vuestro podcast. Bienvenidos a La Montonera, es un placer. ¿Te refieres a un momento de mi vida personal o ya como librero?

Entrevistador/a: Un poco en la vida. Empecemos por ahí.

Raúl Royo: Si echo la vista atrás, más que la exclusión de un libro concreto, recuerdo un momento entre los dieciséis y los veinte años en el que fui consciente de la inmensa cantidad de lecturas pendientes. Decidí, de forma no tan cerrada pero sí determinante para mi gusto, que me centraría en la literatura a partir de los años sesenta.

Fue una elección que marcó una cierta exclusión. Estaba descubriendo autores de esa época que me influyeron singularmente; notaba que ciertos modismos del lenguaje habían cambiado en la literatura en castellano y sentí que, por mucho que hubiera disfrutado de Zalacaín el aventurero, con todo lo que el siglo XX ofrecía no iba a detenerme demasiado en el XIX. Esa exclusión me ha acompañado desde entonces. Sé que es arbitraria y algo absurda, pero a veces bromeo con ello porque existe una especie de dolor por no poder leer todo lo que existe.

Paradójicamente, ese «exceso» dice cosas buenas del mundo en el que vivimos. Si tuvieras más tiempo de vida que cosas por leer, quizá no estarías en el mejor momento de la historia. Yo prefiero este mundo, aunque necesite diez vidas, o trescientas, o tres mil, para leer todo lo que existe. 

Raúl E. Asencio: ¿Cómo ha ido evolucionando ese gesto de ir cribando y dejando cosas fuera porque no hay tiempo para todo ha ido evolucionando hasta que aparece la posibilidad de la librería en el horizonte?

Raúl Royo: Sí, la librería tiene mucho que ver con eso. Siempre he sido un lector más o menos razonable y también un gran coleccionista de libros, que es otra cosa de la que podemos hablar.

Durante mucho tiempo leía más ensayo que novela. No es que la ficción no me gustase, pero estaba muy al día en el mundo del ensayo; ahí buscaba cosas muy determinadas. Consumía novela de manera más recreativa: mucho género, novela negra, fantasía o ciencia ficción. A veces con pretensiones exploratorias para entender cómo se construye un género, pero en general leía cualquier cosa en ficción y era mucho más selectivo en ensayo.

Creo que eso encaminó el proyecto. Trabajo el ensayo y la novela contemporánea; el primer cimiento de la personalidad de La Montonera se construyó sobre mis gustos, pero, sobre todo, de forma honesta, sobre mis saberes: aquello que yo conocía antes de decidir montar la librería.

Raúl E. Asencio: Tengo entendido que hiciste un máster de edición, así que hubo un primer tanteo con el sector. Estudiaste edición, pero decidiste montar una librería. Ahí también hubo una selección.

Raúl Royo: Bueno, en parte lo que hay es una vida y dos crisis económicas y sociales de por medio. Yo estudié Filosofía, pero muy pronto supe que no tenía un deseo singular de ser profesor. Al terminar, decidí cursar un máster de edición porque me atraía el mundo de los libros; era una profesión que me gustaba, aunque no sabía nada de ella —y a veces siento que sigo sin saber mucho—.

Terminé el máster entre 2011 y principios de 2012, pero después la vida se impuso: la falta de contactos, de una carrera adecuada o simplemente de no estar en el sitio y el momento oportunos. Nunca llegué a ejercer de editor. Hice otras cosas en esos años, algunas muy divertidas, hasta que en 2018 decidí reinventarme y empecé a pensar qué hacer con mi vida.

Tuve un primer tanteo con la tesis doctoral y envié algunos currículums a editoriales, pero entonces llegó la pandemia y sentí que esa vía se cerraba. Hacer entrevistas «a puerta fría» no era la mejor manera. En ese contexto, empecé a analizar mis opciones y, de todas las que barajé, la que mejor encajaba en el DAFO —el segmento en el que me sentía capaz, sabía qué hacer y me ofrecía una vida deseable, aunque no fuera fácil ni llena de riquezas— fue la librería.

Siempre estuve bordeando el mundo del libro y, al final, acabé aquí. Siempre le tuve mucho miedo a ser editor porque creo que es un oficio que hay que aprender de alguien que te enseñe, y sentí que no tuve esa oportunidad. Además, la edición es complicada; requiere una estructura financiera que yo no tenía ni era capaz de crear. Pensé que la librería era el lugar ideal para sumergirme y aprender todo lo que me faltaba. No renuncio a ello; para mí es una especie de sueño u horizonte que no me corre prisa. Tras darle muchas vueltas, creí que era más factible levantar este proyecto que una editorial o un podcast, por ejemplo.

María Trapero: Has mencionado esa formación y esos tanteos como editor. Esto me lleva a preguntarte: ¿qué es el fondo de una librería? De entrada, se podría decir que es algo parecido al catálogo de un editor, pero ¿lo es realmente? ¿Cuáles son sus especificidades?

Raúl Royo: El fondo por un lado, debe ser un espacio que recoja esos libros que sabes que te van a demandar; obras que tienen que estar ahí para que, cuando alguien te pida algo que no es una novedad, puedas levantarte y sacarlo del estante.

Pero también es una propuesta de lectura, una curaduría. Es mi forma de decir: «Esto es lo que yo entiendo por literatura iberoamericana contemporánea». Si te fueses llevando el fondo poco a poco, acabarías teniendo la idea completa de esa propuesta. Además, el fondo debe explicar qué es la librería. Eso implica que, a veces, hay libros que no están ahí exactamente para venderse, sino para definir nuestra identidad. Esos ejemplares hay que mantenerlos con mucho amor porque ayudan a crear esa sensación que siempre me ha gustado: que una librería se parezca a tu biblioteca de casa. Cuando identificas en una librería elementos que conectan con tu propia biblioteca, entiendes que es tu lugar de confianza.

Luego está la parte menos «épica»: libros que se quedan ahí un poco «tontos», con los que no sabes muy bien qué hacer y lo mejor es dejarlos en el estante. Al final, el fondo se construye de manera artesanal y, a veces, algo torpe. En un catálogo editorial no debería haber libros que no se quieran vender; en una librería, en cambio, hay libros cuya función principal es explicar quiénes somos.

María Trapero: ¿Y cómo es el fondo de La Montonera?

Raúl Royo: Llevo ya cuatro años y creo que ya han sedimentado las secciones principales. En la parte de ensayo, los pilares que se trabajan con más mimo y que tienen voluntad de ser más amplios son la filosofía política y los estudios culturales. Para mí forman una sola sección por razones estético-políticas.

A veces surge el dilema de si el feminismo debería estar aparte. Si lo separas, parece que marcas un «aquí están las chicas y aquí los chicos», lo cual es una mierda; pero, por razones de orden y claridad, la sección de feminismo tiene su propio espacio y es otro de los grandes pilares que pensamos al lanzar la librería. También tenemos una sección de cultura pop que abarca cine, música o deporte. No me interesan las biografías —salvo excepciones como la famosa biografía de Agassi, Open, creo que es uno de los géneros más inanes que existen—, pero sí los libros que usan la música o el cine para entender nuestro presente.

En cuanto a la narrativa, me costó más definirla porque me sentía más inseguro. Sentía que tenía que escuchar a la gente que venía a la librería. Con el tiempo se ha consolidado una selección de narrativa contemporánea; en literaturas extranjeras tengo una selección más corta, pero en literatura iberoamericana intento estar muy al día para que el fondo incorpore siempre lo más importante. En las novedades sí me permito ser un poco más ligero y tener más variedad.

María Trapero: ¿Qué porcentaje de lo que tienes aquí es fondo y qué porcentaje son novedades?

Raúl: ¡Guau! Esa es una muy buena pregunta y no sabría responderla con exactitud ahora mismo. Intuitivamente, diría que un 65 % de fondo frente a un 35 % de novedades. Luego lo comprobaré como un maníaco, pero mirando hacia atrás y calculando a ojo, me atrevo a decir que esas son las cifras.

Raúl E. Asencio: Crear este fondo con un espacio, tiempo y presupuesto limitados es un desafío, pero entiendo que también lo es gestionar las mesas de novedades por el volumen y la riqueza de la industria editorial española. Por curiosidad personal: ¿cómo te enteras de lo que sale? ¿Hacia dónde orientas tu radar para saber qué traer y qué no? ¿Qué conversaciones tienes con los lectores o a qué prescriptores sigues?

Raúl Royo: Voy a confesar un secreto: me gustaría pensar que esto es como el fino arte de la pesca con mosca, pero a veces se parece más a la pesca con red. Nos pasa a todos: más o menos sabes por qué un libro funciona, pero no siempre sabes por qué otro no lo hace. Hay cosas que pensabas que estaban muy bien y luego no tienen vida; es un poco azaroso.

En este sentido, creo que la labor de las distribuidoras racionaliza bastante el mercado y hace de interfaz entre editoriales y libreros. El catálogo de la distribuidora es una de mis principales herramientas, aunque a menudo hay que tomar decisiones con muy pocos elementos: la portada —paradójicamente— y la sinopsis. Con eso tienes que decidir.

Luego, es cierto que poco a poco te vas haciendo con un grupo de «recomendadores» (podcasts, algunos boletines, etcétera) que me ayudan a anticiparme. También escucho mucho a la gente, estoy atento a lo que piden y buscan para intentar tener la mirada más amplia posible. Es difícil porque el espacio es limitado y hay que dejar cosas fuera, pero intento englobar todo lo que puedo dentro de mis posibilidades y de esos «tags» o etiquetas que definen la librería.

Incluso hay temas que me gustaría tratar y que no puedo por falta de espacio. Me gusta mucho la fantasía y la ciencia ficción, pero no he podido tener una sección de fondo dedicada a ello todavía. Ya tengo pensado cómo hacerlo, pero hasta ahora ha sido imposible. Si quisiera tener, por ejemplo, una sola trilogía de Conan, ocuparía demasiado sitio. Eso sí, intento estar muy atento a las novedades del género; no tengo toda la obra de Brandon Sanderson —necesitaría una estantería solo para él—, pero siempre intento tener 

María Trapero: ¿Y qué novedades terminan quedándose en el fondo? ¿Qué camino deben recorrer para consolidarse en tus estanterías?

Raúl Royo: Esa es la gran pregunta. La decisión depende de varios factores. Primero está el tema logístico: hay una diferencia de coste importante si tengo el libro en «depósito» o en «firme». Si es en depósito, puedo permitirme aguantar más el ejemplar y darle tiempo para que encuentre a su lector; si es en firme, el riesgo es mío.

Normalmente asigno un plazo de unos dos o tres meses como novedad. Si en ese tiempo no se han vendido al menos tres ejemplares, mantenerlo supone un coste, a menos que sea un libro que «no puede no estar». Hay obras que definen la librería o que, especialmente en el caso del ensayo, necesitan más tiempo para que la gente las lea, las comente y se pongan en circulación. Si encaja en los tags que definen la identidad de La Montonera y tiene un volumen de ventas razonable, se queda. También manejo mis propias «listas B» de títulos que quizá devuelvo pero intento recuperar a corto o medio plazo negociando con las distribuidoras.

Raúl E. Asencio: Has mencionado conceptos como «depósito» o «firme», términos vinculados a la logística y a la propia cadena del libro. Quizás sería interesante, por si algún espectador o escuchador no conoce estos engranajes, detenernos un rato en hacer una panorámica de los procesos que no están tan a la vista.

Desde mi lado como editor, cuando termino un libro lo mando a imprenta y preparo una ficha para la distribuidora con la sinopsis, la cubierta, los detalles técnicos y alguna frase promocional. Una vez enviado el PDF, le pierdo la pista. Entiendo que las distribuidoras preparan un catálogo con todas esas fichas y a ti te aparece un comercial un día con un taco enorme de papeles.

Raúl Royo: Sí, depende de la editorial. Hay comerciales que te visitan semanalmente o quincenalmente; con grupos como Penguin, por ejemplo, se trabaja con bastante antelación. Yo también trabajo mucho online, revisando los catálogos con tiempo. Pero sí, básicamente es un taco de hojas con multitud de fichas. Tienes que tomar decisiones con esos pocos elementos y, a veces, de forma más apresurada de lo que querrías, porque al mismo tiempo tienes que estar atendiendo la librería.

Yo ya tengo algunos rudimentos sobre qué descartar directamente. Para mí es fácil: no trabajo la autoayuda, así que eso cae de inmediato. Tampoco la narrativa en idioma extranjero; si es una reedición que no es puramente novedad, la descarto a menos que sea algo muy singular, como una edición de Virginia Woolf que sienta que realmente hace falta para el fondo. Si no es parte del core de mi propuesta, queda fuera.

En cambio, me detengo y leo todo lo que entra en narrativa iberoamericana, ensayo político, cultura pop o feminismo. Alguna vez lo he comentado con mi amigo y editor David Martínez: para mí la portada es fundamental porque me ofrece intuiciones rápidas. Si no me gusta la portada, tiendo a pensar que el editor o editora no ha tenido buen gusto para elegir el resto del libro.

A menos que sea una propuesta estética muy singular, como las de Valdemar o El cielo de la selva —donde entiendes que hay una idea detrás—, lo que percibo como desidia o mal gusto me hace descartar un título. Es una intuición prejuiciosa, pero no preteórica. También influye la sinopsis, aunque a veces, cuando tengo el libro físico en las manos, me doy cuenta de que no era lo que esperaba y que no encaja aquí. Pero, por suerte, casi todos los libros tienen a alguien esperándoles en algún sitio.

Raúl E. Asencio: Por pura curiosidad: entre esos libros que están bien y que potencialmente podrían encajar, pensando en cómo los editores podríamos facilitaros la vida y trasladaros mejor la idea del libro, ¿qué elementos entran en juego? Cuéntame qué cosas han funcionado como detonadores en tu experiencia. Me interesa saber cómo hacer una mejor ficha para ayudarte a ti como librero y a mis autores para que el libro acabe llegando.

Raúl Royo: En el mundo de la narrativa, agradecería que se fuera más explícito y honesto con la sinopsis. A veces se echa en falta una especie de ficha de lectura más instaurada. Entiendo ese miedo al spoiler que hace que no se quiera contar de qué va el libro, pero no puede ser que la contraportada sea tan abstracta que no explique nada. La narrativa agradecería mucho esa claridad.

Respecto a los blurbs —esas citas de recomendación—, no me dicen mucho. Entiendo que los editores y editoras los buscáis por cómo funcionan en radio o en otros espacios, pero yo tengo serias dudas sobre su eficacia. He hablado con clientes y casi nadie se ha comprado un libro por un blurb; su funcionalidad es más limitada de lo que la industria confía.

Les tengo manía a las fajas, aunque las prefiero antes que las pegatinas encima de los libros, a las que detesto profundamente. Noto que hay muchísimos esfuerzos por conseguir estos textos de recomendación, pero a mí me sitúa mucho mejor un titular bien trabajado, descriptivo y sintético, o incluso el uso de etiquetas.

A veces funciona mejor una lista de hashtags estilo Dark Academia —esas categorías de la subcultura literaria de Instagram o TikTok— porque son divertidas y sitúan la obra rápidamente. Con muy pocos elementos ya sabes «de qué va la vaina», y eso me sirve más que saber que a mi escritor favorito le ha gustado el libro.

Raúl E. Asencio: Me suena haberle escuchado a Miqui Otero una comparación divertida: comparaba los bidet con los blurbs. En una casa burguesa nadie los usa y nadie sabe muy bien para qué sirven, pero si no están, se echan en falta. Si se lanza un libro al mundo y nadie ha dicho «esto está bien», su ausencia resulta sospechosa.

Raúl Royo: Sí, lo entiendo, pero es como muchas cosas en esta industria: el problema es que nadie tiene el incentivo para ser el primero en frenar. Cuando se habla de la sobreproducción de libros, todos sabemos que se publican más de los que el mercado puede absorber, pero el primero que pare, descarrila. Con estas herramientas promocionales pasa lo mismo. No es que les tenga una manía excesiva, es que simplemente no confío tanto en su eficacia después de hablarlo con los lectores.

Raúl E. Asencio: Hemos nombrado fajas y blurbs. Sigamos con este ejercicio lanzando herramientas que usan editores y distribuidores para ayudar a vender, y tú nos dices si sirven, si son contraproducentes o si no valen para nada. Ya hemos hablado de las fajas… 

Raúl Royo: Las fajas son horrorosas. A ver, hay algunas que son preciosas, pero para mí el problema es práctico. Yo, que soy como el refrán de «en casa del herrero, cuchara de palo», no utilizo marcapáginas, sino que uso las fajas para marcar por dónde voy. El problema es que, en cuanto el libro pasa de la mesa de novedades al fondo de la estantería y lo aprietas un poco con los demás, la faja se rompe. Tienen una vida útil muy limitada.

Raúl E. Asencio: Quizá su función es precisamente esa: ser provisionales. Te permiten lanzar un mensaje o vincular el libro a una idea o a otro autor de forma puntual, sin comprometer el diseño de la cubierta para toda la vida del ejemplar. Pero hablemos de otros materiales: ¿qué opinas de las pegatinas sobre el retractilado o el propio plástico?

Raúl Royo: Eso sí que está mal. Es «jaque mate». Como lector, antes de comprar un libro necesitas abrirlo, pero si el editor ha puesto información en una pegatina sobre el plástico, al quitarlo sientes que estás perdiendo parte de la propuesta. Me hace sentir entre mal y enfadado.

En cambio, recibir libros de muestra o ediciones no venales me ayuda mucho. Primero, por la sensación de complicidad; se agradece que la editorial se acuerde de ti. Pero también es útil porque, en librerías jóvenes y modestas como esta, a veces recibimos la información muy encima de la fecha de salida. Tener un libro de muestra tres meses antes me permite estar atento y genera un cierto compromiso con el título.

Raúl E. Asencio: ¿Y los marcapáginas o los materiales de campaña, como peanas o cajas promocionales?

Raúl Royo: A la gente le encantan los marcapáginas; funcionan de maravilla. Incluso cuando el libro ya no es novedad, si te quedan marcapáginas bonitos, la gente los sigue asociando a la editorial o a la obra.

Sobre las peanas y materiales de campaña grandes, no termino de encontrarles espacio aquí. Una estructura de un metro sesenta perturbaría mucho la estética de la librería, algo que cuido un montón. Sin embargo, las peanas pequeñas —de unos 25 por 40 centímetros— sí las incorporo a la mesa de novedades para destacar una selección. Lo que no puedo es tener seis a la vez, porque saturan y pierden el efecto.

Este verano estuve en Argentina y me flipó algo que allí hacen mucho: mezclar el fondo con la novedad en las mismas mesas. De repente te encontrabas una colección entera junto a los lanzamientos recientes y le di muchas vueltas a esa idea. Me parece una propuesta genial para una editorial.

También hay una tendencia que me gusta mucho, aunque por espacio aún no sé cómo ejecutarla aquí: ordenar los libros por editoriales en lugar de por géneros. Concederles un espacio propio a ciertas editoriales para que se aprecie su propuesta completa me parece muy útil y atractivo.

María Trapero: Hemos hablado de cubiertas, sinopsis, fajas y materiales extra. Pero, volviendo al momento de la selección, hay otro aspecto interesante... ¿Qué factores pesan más en esa criba? Entiendo que, en ciertos casos, el sello editorial es una garantía, pero no sé si también influye la temática o si los propios autores son el aval definitivo. ¿Qué mecanismos usas para decir «este libro sí» y «este no»? ¿Te basas en la trayectoria de la autora o en la confianza que tienes en la editorial?

Raúl Royo: Ser librero implica entender que no puedes leer todos los libros del mundo. Tu trabajo no es solo leer —que también—, sino saber de libros, y ese conocimiento se adquiere por vías distintas a la lectura directa. A veces pienso que es como el oficio de un carnicero o un verdulero: ellos no han probado cada filete o cada pieza de fruta que tienen sobre el mostrador, pero saben de dónde vienen, quién se los ha traído y qué calidad van a tener.

Con los libros pasa algo parecido. Hay editoriales en las que confío ciegamente porque todo lo que he traído de ellas me ha parecido interesante y ha funcionado bien. Hay sellos que están en un «estado de gracia» y es fascinante seguirlos, incluso cuando no sabes hacia dónde van, porque sabes que su propuesta es inteligente. Eso pesa mucho.

Además, el libro debe explicarse por sí solo. Si un título requiere demasiado esfuerzo para ser entendido, es complicado que funcione porque exige un tiempo que el lector no siempre tiene. Si ya confías en la editorial, gran parte del camino está hecho. Hay catálogos, como el de Alpha Decay, que pido sin necesidad de ver el libro físico. Me encanta su ensayo y sé que su narrativa gusta mucho, aunque no sea mi estilo personal; aun así, pido sus novedades de ficción porque sé que son buenas y acabarán encontrando su lugar.

María Trapero: Entramos ahora en un meollo muy interesante para quienes no conocen el sector: el libro es un producto muy particular. A diferencia de otros negocios donde simplemente se compra y se vende, aquí existe una cadena compleja con distribuidoras y dinámicas propias. Explícanos qué es un depósito, qué es una venta en firme y cómo funcionan esos tiempos y formas de pago.

Raúl Royo: Es lo que llamamos la «cadena del libro»: autores, editoriales, distribuidoras y librerías. Lo que le da su especificidad al mercado es que, además de ser un objeto industrial antiguo, es un negocio con siglos de tradición y costumbres muy asentadas. Una de ellas, fundamental en España, es que los libros se pueden devolver. Los libreros podemos devolver los ejemplares a la distribuidora, aunque no en cualquier condición ni momento; cada distribuidor tiene sus plazos pactados.

Existen dos modalidades principales:

  • En firme: Compras los libros al contado (o con un pago pactado a uno, dos o tres meses). La idea es ir ganando confianza con el distribuidor para obtener mejores plazos.
  • En depósito: Los libros se te entregan, se pacta un vencimiento y, al llegar esa fecha, solo pagas lo que no has devuelto.

Luego está el «depósito de fondo», que es de larga duración y te permite construir tus estanterías sin una inversión inicial inasumible. Es un proceso artesanal: a veces tienes un libro porque te lo han podido dejar en depósito y otras porque has decidido invertir en él.

El depósito es vital, por ejemplo, en las presentaciones. Son eventos azarosos: puedes vender treinta ejemplares o ninguno, y para una librería pequeña eso puede suponer un desequilibrio financiero si los libros fueran en firme. Con distribuidoras generosas que te dejan la novedad tres meses en depósito, yo vendo, devuelvo lo sobrante y pago lo que ha salido. Con otras, tengo que calcular muy bien mi capacidad de inversión cada mes.

Contablemente, una librería es compleja. Tienes muchísimos títulos pero pocos ejemplares de cada uno, y debes estar pendiente de en qué situación está cada libro para que los números cuadren. A veces hay que «pelar» la librería: un libro que se vendió mucho en 2021 puede que en 2026 ya no diga nada. Hay que recordar devolverlo antes de que pasen los dos años habituales de pacto y se convierta en un «libro muerto» que ya no puedes retornar.

Raúl E. Asencio: Has mencionado que hay distribuidoras muy generosas con esos tres meses de depósito. Para que quienes nos escuchan se hagan una idea: ¿cómo son las «no generosas»? ¿Cuáles son los plazos habituales y en cuánto tiempo hay que pagar?

Raúl Royo: Me sorprendió un poco al entrar en este mundo descubrir que, aunque es una industria con tramos muy predatorios, existe un consenso implícito entre editoriales, distribuidoras y librerías. Nadie quiere que el otro quiebre; hay una amabilidad mayor de la que esperaba. Me han sugerido que esto ha mejorado con el tiempo, que antes no era tan así.

Hay distribuidoras alternativas que ofrecen depósitos muy largos. Generalmente, si compras las novedades «en firme», el pago se realiza entre uno y tres meses vista; si compras en diciembre, pagas en enero o, en los casos más generosos, en marzo. A veces el sistema se equilibra: hay quien te permite pagar a tres meses pero no te deja ni un libro en depósito, y quien exige el pago al mes pero te permite tener mucho fondo depositado. En mi caso, el margen suele moverse en ese abanico de uno a tres meses.

María Trapero: ¿Qué porcentaje de los libros que vemos aquí en las estanterías de fondo dirías que son depósito y cuántos son en firme?

Raúl Royo: Es una buena pregunta. Diría que aproximadamente el 70 % o 75 % es fondo en depósito, o al menos eso me gustaría creer. A veces los depósitos se pierden por una cuestión operativa: si tienes un solo ejemplar en depósito y pides otro porque un cliente lo necesita, al hacer la gestión el sistema puede devolver primero el que tenías depositado. Pasan muchas pequeñas cosas así de carácter técnico.

Mi objetivo honesto es que casi todo el fondo de las estanterías sea depósito. Son ejemplares que han ido «rulando»; quizás el primer ejemplar te lo prestaron, y eso es una ayuda inmensa para montar una librería o abrir una nueva sección. No es lo mismo tener que invertir cuatro mil euros de golpe que contar con ese primer ejemplar en depósito.

Al final, el único sitio donde los libros no se venden es en los almacenes; allí son libros muertos. Mientras un libro está en una librería, es un libro vivo. Yo no puedo permitirme tenerlo todo en firme porque los números no darían, pero si me lo dejan en depósito, lo tengo encantado. Todo se basa en ir construyendo confianza entre la distribuidora y la librería. También entiendo que las editoriales presionan a las distribuidoras para que sus libros se muevan y no estén parados en una nave.

María Trapero: ¿Y cuáles son los márgenes de una librería? Siempre se debate sobre los porcentajes que se llevan el autor, la editorial... ¿Cuál es el margen real de un espacio como el tuyo?

Raúl Royo: Para que la gente que nos escucha lo entienda, esta cadena funciona con dos anomalías principales: la primera es que los libros se pueden devolver y la segunda es el precio fijo. Sois las editoriales las que fijáis el precio y, sobre esa base, todo el mundo se lleva un porcentaje. Si un libro vale diez euros, el autor se llevará su 5 % o su 10 %; y si hay traductor o ilustrador, también entrarán en el reparto, aunque ese no es mi campo de expertise.

Las editoriales vendéis el libro a la distribuidora con un descuento, y las distribuidoras nos lo venden a las librerías, por lo general, con un 30 % de margen. A veces es un poco menos, un 25 %, si se trata de pedidos muy específicos; y otras veces un poco más, un 33 % o 35 %, si la editorial quiere incentivar mucho un título o en momentos especiales. Por ejemplo, en el Día del Libro —que aquí en Zaragoza es una fecha importantísima— o en ferias, se pacta un descuento mayor que solemos asumir a medias entre la distribuidora y la editorial. Pero si buscamos una cifra canónica, esa sería el 30 %.

María Trapero: ¿Sabes cuál es el margen de las grandes superficies?

Raúl Royo: No tengo ni idea, aunque intuyo que, al ser parte del mismo conglomerado industrial —como Casa del Libro, que comparte matriz con Logista y Planeta—, sus acuerdos internos serán más generosos. Lo que sí está muy tasado es el descuento de cara al público. El máximo legal que podemos hacer los libreros es el 5 %. Solo en días muy excepcionales, como el Día del Libro o en ferias oficiales, se permite llegar al 10 %.

Por ejemplo, los socios de La Montonera que tienen cuenta librera disfrutan de ese 5 % de descuento. Donde sí ha habido problemas serios y prácticas predatorias es en el ámbito educativo, con descuentos del 20 % o 30 % a AMPA y colegios. CEGAL (Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros) tuvo un juicio sonado recientemente por esto, porque se estaban haciendo descuentos, directamente, ilegales.

Raúl E. Asencio: Genial, Raúl. Continuando con este análisis de la cadena, centrémonos en la rentabilidad necesaria para que una librería funcione. En tu caso, que es una empresa unipersonal donde tú abres y cierras a diario: ¿cuántos libros hay que vender para que el proyecto sea sostenible? ¿Cómo es esa estructura de venta? ¿Es muy estacional? Y dentro de esa venta: ¿cómo de necesaria es la parte de gestión cultural, presentaciones, talleres, seminarios, clubes de lectura…?

Raúl Royo: Es una pregunta con muchos elementos. Existe un componente estacional en la venta de libros más fuerte de lo que dictaría la intuición. A nadie se le escapa que Navidad es el gran momento, pero también hay picos justo antes del verano, en la Feria del Libro o en abril, que aquí en Zaragoza es fundamental. En cambio, en febrero las ventas caen; si te gusta leer, tus allegados ya te han regalado tropecientos libros en Navidad y no vienes tanto a la librería.

Para mí, el secreto de la sostenibilidad ha sido intentar desestacionalizar el proyecto. Llevo cuatro años y, aunque no estoy para dar un MBA, la clave ha sido construir una comunidad a través de herramientas como la «cuenta librera» y el programa de socios. Este sistema funciona como una pequeña hucha: es una compra anticipada mensual. El socio sabe que tiene ese dinero ahí y ya vendrá a buscar su libro cuando le apetezca, pero a mí me garantiza saber, desde el día uno del mes, que tengo un volumen de ventas fijo.

Esa comunidad se construye entendiendo que una librería no es un simple expendedor de libros. No puedes competir con Amazon en velocidad, pero Amazon no puede competir con el espacio, el ambiente o el proyecto cultural. Las presentaciones, los clubs de lectura o los seminarios de filosofía son los que le dan personalidad a La Montonera. Este fin de semana, por ejemplo, tenemos una presentación acústica de un disco; todo eso conforma un público fiel que hace que el negocio sea sostenible.

En mi cabeza, la cifra de los cien mil euros anuales era la marca de la rentabilidad. A partir de ahí, el proyecto me permite cubrir todos los gastos fijos —que son altos— y mantener una vida aceptable para una librería unipersonal. Eso es lo que hace que la cosa siga adelante. Siempre imaginé este lugar como un espacio cultural en torno al libro y sus adyacentes; hemos hecho exposiciones, pero no me veía haciendo talleres de cerámica, por decir algo. Se trata de tener una programación estable y fiable. Ahora mismo tenemos una media de más de dos presentaciones por semana, tres grupos de lectura estables, un taller de narrativa joven y un taller de poesía.

Raúl E. Asencio: ¿Y cómo ha sido el tejido de esa comunidad? ¿Cómo has vivido tú ese crecimiento y cómo han ido apareciendo los diálogos en los clubes de lectura?

Raúl Royo: Siento que ha sido algo bastante orgánico. Para sacar esto adelante siempre necesitas una mano; yo no puedo estar en la caja y, al mismo tiempo, dinamizando todo lo demás. El camino ha sido ir encontrando aliadas y gente interesante que se sumaba a poner la rueda en funcionamiento. He tenido la suerte de que muchas de esas personas son, a día de hoy, amigas de verdad.

Normalmente todo parte de una pequeña intuición o un deseo. Por ejemplo: «Vamos a hacer un club de narrativa contemporánea». Entonces haces un llamamiento a la gente que conoces, ellos avisan a otros y así se crea un pequeño grupo de apoyo donde pensar los libros que se van a leer. Con el de ciencia ficción el proceso fue muy parecido: conocí a alguien que conocía a alguien y de repente ya nos estábamos reuniendo aquí.

Se va generando un circuito de personas que entienden la librería como un espacio de referencia, casi de vida o de socialización. Esa es la parte divertida. Sinceramente, abrir cajas con un cúter todas las mañanas no me emociona tanto; hay que hacerlo, pero mi vida cultural pasa por lo que sucede aquí. Tengo la suerte de poder llamar a alguien a quien admiro para que venga a contar sus cosas y yo poder escucharla. Eso es muy hermoso.

Siempre pensé que debía haber un lugar como este. No es un sitio muy grande, pero es fundamental que no tenga libros. A veces me preguntan por dónde ampliaría la librería y la gente imagina llenar esta zona de estanterías, pero yo me niego: este espacio debe mantenerse para las actividades.

Aquí tenemos esta mesa que ahora usamos como «formato salón» para los clubes de lectura, donde nos sentamos unas doce o catorce personas a charlar de forma horizontal. Cuando hay presentaciones, lo desmonto todo y lo pongo en «modo teatro»; así caben unas treinta personas sentadas. Casi todas las semanas monto y desmonto varias veces.

Esa es la contrapartida que permite que la librería sea sostenible. Ya no dependes tanto de los impulsos estacionales, sino de una comunidad que te conoce. Hay algo de barrio que me hace sentir muy orgulloso: gente que quizá no está en el circuito cultural más estrecho, pero que tiene una compra consciente. Entienden que el hecho de que la librería esté aquí hace el barrio mejor y, por eso, deciden venir a pedir sus libros aquí en lugar de hacerlo en Amazon.

María Trapero: Ahora que sacas el tema del barrio, quizá podrías explicar a los oyentes que no son de Zaragoza dónde estamos exactamente… ¿Puedes hablarnos del Gancho, de cómo es este barrio, de cómo son tus lectores y del papel concreto que tiene la librería La Montonera en el barrio?

Raúl Royo: No sé si soy la persona adecuada para decir eso, pero digamos que este es el Barrio del Gancho. El barrio de San Pablo es una de las zonas más antiguas de la ciudad; me siento muy orgulloso de la historia de mi ciudad y este es el barrio de expansión tras la conquista cristiana. Estamos hablando de hace ocho siglos. Es el primer barrio que se construye extramuros, así que es muy antiguo. A mí es un barrio que me gusta mucho porque he hecho mucha vida aquí y he vivido en estas calles. Aunque ahora vivo en otra parte del casco histórico, cuando empecé a pensar la librería siempre creí que debía estar aquí.

Primero, porque no había otras librerías de este tipo y existía un hueco. Segundo, porque quería que fuese una librería abierta a la ciudad y la cercanía del tranvía me lo permitía. Además, es un barrio que tiene una vida cultural y comunitaria que no tienen muchos otros; no solo por la cultura popular, sino por la asociación de vecinos que está justo enfrente y las distintas asociaciones sociales del entorno que forman un tejido muy duro. Pensaba que la librería podía aportar algo, sumarse a ese tejido y funcionar como una caja de resonancia. Siempre pensé que este era el sitio y me gustaría seguir aquí todo el tiempo que se pueda. Era una idea quizá no intuitiva, pero después de cuatro años se ha demostrado que era buena y que se podía hacer.

Al mismo tiempo, yo no soy exactamente una «librería de barrio» porque tampoco sabría hacerlo. Mucha gente piensa que no viene nadie del barrio, pero el perfil es mucho más amplio y rico de lo que dictan los prejuicios. Mi trabajo es saber de libros; igual no tengo lo que buscas, como biblias o textos evangelistas, pero todas las semanas le indico a alguien dónde comprarlas porque es lo que algunos vecinos quieren leer. No las tengo porque no es mi proyecto, pero como mi labor es saber dónde están los libros, a veces les oriento. Para mí siempre fue parte del proyecto, tanto por lo que me apetecía como por lo que pensaba que podía funcionar.

Raúl E. Asencio: Habiendo estado vinculado de alguna manera a la gestión pública y participando de la vida del barrio, siempre nos gusta hacer esta pregunta a personas que vivan fuera de los grandes núcleos como Madrid o Barcelona: ¿Cómo le explicarías a alguien que no es de Zaragoza cómo es su vida cultural o su vida no necesariamente literaria?

Raúl Royo: Creo que Zaragoza tiene épocas de auge y otras un poco más depresivas. No estamos exactamente en un momento de esplendor y, aun así, hay muchísima actividad. Es un debate que todavía no puedo explicar muy bien, pero que surge a menudo con la gente que viene a los grupos de lectura. Zaragoza tiene ahora mismo una oferta cultural muy amplia, pero la comunicación de la agenda es bastante nefasta; tenemos un problema a la hora de conectar audiencias y propuestas. Lo curioso es que, pese a este problema, cada vez que organizas algo coincide con otro evento, lo cual es positivo por la vitalidad que indica.

Sin embargo, la política cultural mainstream de la administración pública actual es complicada. Se ha desfinanciado o cerrado casi toda la cultura comunitaria. No se está cuidando la cultura autónoma, artesana y local, en favor de una política de macroeventos que resultan un poco provincianos y que, al dejar el dinero fuera del territorio, terminan drenando el tejido local en lugar de alimentarlo.

María Trapero: ¿En qué medida puede ser la literatura política y qué es, para ti, la literatura política?

Raúl Royo: Es una muy buena pregunta. Es fácil decir que todo es político, pero me interesan mucho los filtros de la cultura pop. No se trata solo de que algo sea explícitamente político, sino de cómo uno expresa constantemente sus condiciones de época. En ese sentido, es imposible no ver esas condiciones en cada escritor o escritora, incluso en las formas más evasivas de la literatura.

Si nos referimos a la no ficción, yo diría que no existe una que no sea política; toda la no ficción es, directamente, literatura política. En la ficción la cosa es más peliaguda. Me interesa mucho, por ejemplo, lo que se debate sobre la cancelación o la relación entre obra y autor cuando el autor se vuelca explícitamente en su trabajo. En un mundo dominado por la autoficción, donde todo el mundo se pone a sí mismo en primera persona, la política es mucho más explícita. Si todos los personajes de un autor son el autor mismo, es obvio que hay que identificar la obra con su pensamiento. Es una reflexión que surge a menudo en nuestras discusiones sobre cómo impacta esta época tan «yoica» y autoficcional.

Raúl E. Asencio: ¿Qué relación guarda este territorio político de la literatura con los géneros populares y el mainstream? Podríamos citar el podcast de Pol&Pop, que se graba aquí mismo, forma parte de la identidad de la librería y ensambla estas dos cuestiones: el pensamiento político de la no ficción con la literatura de género y la cultura pop.

Raúl Royo: Es un podcast que llevamos haciendo casi seis años con David Villa en distintas fases. Yo grabo aquí generalmente y David ahora vive en Sevilla, así que lo hacemos a distancia. En nuestra área política siempre hubo una obsesión, heredada de autores que nos gustan mucho como Nacho Segarra o Eloy Fernández Porta, por hacer tanto la política pop como el pop política. La gran línea que conecta nuestro programa es analizar qué elementos de la cultura pop reflejan o explican nuestra época. Partimos de la intuición de que no es solo que la vida sea la materia de la literatura, sino al revés: la gente tendemos a organizar nuestra vida con los códigos de la ficción que hemos aprendido. Ese pliegue es lo más interesante del mundo.

Ahí hay mucho juego de desentrañar y, a veces, de jugar a la sobreinterpretación. Si en un podcast que uno hace en su tiempo libre no puedes ser libre para eso, ¿dónde vas a serlo? Aprender los códigos de la literatura me sirve para explicar cómo operamos como sociedad, porque es la materia que tocamos. Por ejemplo, la estructura del «viaje del héroe» la gente la aplica constantemente. Hace poco viendo la película de Alba Flores —sin hacer spoilers— se ve un elemento narrativo claro; esa gente se está explicando su propia vida bajo una subversión del viaje del héroe muy concreta.

Nos centramos mucho en los procesos de subjetivación en una sociedad con un nivel cultural altísimo. Y no solo por el éxito de la escolarización, sino porque, como dice el chiste, «has visto más películas que Boyero». Cualquier persona con una suscripción a Netflix ha visto muchísimo cine y tiene, intuitivamente, unos criterios increíbles para entender qué está pasando. Lo interesante es cómo eso se incorpora a nuestros procesos vitales y a nuestras maneras de narrarnos individual y colectivamente. Por eso a veces merece la pena ver «La isla de las tentaciones»; no solo porque sea divertido, sino porque expresa muy bien cómo están mutando las relaciones de género en nuestra época. O como cuando hablamos de la serie «Entrepreneurs» de Pantomima Full: más allá del chiste sobre los «flipados», lo relevante es darte cuenta de cómo te estás contando tú tu propia vida y de que, al final, casi todos sacamos los códigos del mismo sitio: la ficción. Esa es nuestra obsesión.

Raúl E. Asencio: Dentro de todo este compendio de rutinas y procesos, ¿qué queda de la lectura cuando lees para ti?

Raúl Royo: En la librería no solo no me da tiempo, sino que soy incapaz de leer, excepto en momentos muy concretos. Después de cuatro años he conseguido llegar a una suerte de equilibrio. Al principio lo pasaba mal; incluso meses antes de abrir, estaba bloqueado y no podía leer. Ahora he alcanzado un punto de encuentro entre la necesaria y sana lectura prospectiva y la lectura por placer.

Tengo un suelo de cuatro o cinco libros al mes que leo por obligación: los de los clubes de lectura y los del podcast, porque quiero discutirlos con alguien. A eso sumo lo que debo leer para «saber por dónde va la vaina» en el sector. A veces leo libros de segunda fila; si un libro lo está leyendo todo el mundo, ya sé que tiene algo bueno y mi trabajo es entender qué es ese «algo», aunque no necesite experimentarlo personalmente. Eso lo puedo descifrar hablando con la gente o leyendo sinopsis. Pero hay otros libros que quiero descubrir y proponer porque no están en la discusión pública; esa es mi lectura prospectiva.

Aun así, estando yo solo en la librería, no me da la vida para todo. Intento mantener el equilibrio porque leer ha sido y es uno de los grandes placeres de mi vida. Necesito leer con libertad, sin obligaciones; si luego eso le viene bien a la librería, perfecto, y si no, también. He logrado resolver ese conflicto hace poco y ahora me siento feliz en esa «entente» entre mis deberes como librero y el placer personal.

María Trapero: ¿Y qué lees por placer?

Raúl Royo: Leo muchas cosas. Por ejemplo, estoy muy al tanto de la fantasía actual; es uno de los grandes géneros de nuestra época y se están haciendo cosas muy buenas. Eso sí, nada es corto: nadie te explica un lore en menos de cuatrocientas páginas. Si quieres construir un mundo completo, a menos que tengas una prosa muy sintética, necesitas espacio para contar cosas.

También he aprendido a leer de otra manera estando aquí. Gracias a los clubes de lectura y a las discusiones semanales, me he sumergido en géneros en los que antes no me habría atrevido. El costumbrismo, por ejemplo, no es mi gusto directo, pero lo estoy disfrutando mucho y he conectado con él. Además, leo mucha ciencia ficción y, como me gusta mucho la historia, consumo bastante ensayo histórico, por ejemplo, sobre los orígenes del cristianismo. ¿Por qué no?

María Trapero: Para esta charla hemos querido inventar un pequeño juego. Queremos tocar las fibras de tu temperamento como librero y conocer tu capacidad de recomendación rápida. Te lanzamos un pretexto de lectura y, a golpe veloz, a ver qué nos propones.

Raúl Royo: ¡Perfecto!

Raúl E. Asencio: Imagina que entro y te hago la típica pregunta: «Para un primo que no lee, ¿qué me recomiendas?».

Raúl Royo: Siempre pido que me digan su edad y género para hacerme una composición de lugar. Me hace gracia porque, sinceramente, creo que no hay que regalar libros a la gente a la que no le gusta leer; hay que respetar los gustos de cada uno y no pasa nada si no te gusta la lectura. Pero si lo que sucede es que esa persona quiere reconectar con el hábito o lo ha perdido, creo que necesita un libro rápido, no muy largo y con un plot twist ágil.

En ese sentido, creo que los libros de la saga Blackwater podrían funcionar muy bien. Son ágiles, se pueden leer en ratitos pequeños y enganchan. 

María Trapero: Seguimos. Un concepto tuyo que te lanzamos ahora: un libro «de toalla», para la playa o la piscina.

Raúl Royo: Los libros para playa, poza y piscina tienen que ser ligeros y, sobre todo, capaces de sobrevivir a las interrupciones. Todo el rato te van a tirar una pelota o a traer una cerveza, así que necesitas algo que puedas leer a trozos sin perderte. No puedes estar leyendo a Heidegger en la piscina (aunque es mejor la piscina que Heidegger).

Para esto me viene todo el rato a la cabeza El descontento. Es un libro maravilloso, divertidísimo y con muy buenas virtudes. Es una primera novela con sus defectos comprensibles, pero te la llevas a la piscina y la disfrutas un montón. Es fácil retomarla a los cinco minutos y seguir enganchado. Esa es mi recomendación para piscina, playa o poza.

Raúl E. Asencio: ¿Y si lo que me apetece es un «tochazo»?

Raúl Royo: El que estoy recomendando como si estuviera introduciendo a la gente en el fentanilo es Carl el mazmorrero, de Matt Dinniman. No son nada cortos, pero vienen seis más; es un género llamado LitRPG, que consiste en ficcionalizar un juego de rol. Tiene todos los elementos de la tradición de la ciencia ficción humorística muy bien pillados. Es un libro suficientemente ligero y «tonto» en apariencia como para leerlo con rapidez, pero con un montón de capas e ideas interesantes y un manejo de los tiempos genial.

También he traído The Alchemist de SenLinYu, un libro de ochocientas páginas en el que estuve enganchadísimo una semana entera. Es lo que llaman Dark Fantasy, con un tono oscurillo. En su origen fue un fanfic de Hermione y Draco Malfoy que imaginaba qué pasaría si ella sobreviviera como prisionera de guerra tras la derrota de los magos. Al publicarse como libro cambió la propiedad intelectual, pero mantiene una estructura narrativa increíble. 

María Trapero: Un libro para entender políticamente los últimos quince años.

Raúl Royo: Es muy buena pregunta. Si quieres entender el mundo, creo que En las ruinas del neoliberalismo, de Wendy Brown, da las claves fundamentales. Explica cómo seguimos viviendo bajo un neoliberalismo del que no nos hemos liberado, pero en una especie de transición autoritaria de las reglas del juego.

Si buscamos algo más localizado en el Estado español, citaría Un país entre dos tiempos, de Vicente Rubio-Pueyo, y El Estado feroz, de Pablo Elorduy. Son dos libros imprescindibles para entender cómo hemos llegado hasta aquí.

Raúl E. Asencio: Un libro para alguien que quisiera empezar a leer filosofía.

Raúl Royo: Aquí quiero hacer una prevención: existe la idea de que la filosofía es una escalera donde hay que empezar por el primer peldaño. Yo creo que a la filosofía hay que cogerla por el medio, por donde uno quiera. Te peleas con el autor, no entiendes nada y vas a buscar ayuda a otros libros. Nadie debería obligarse a leer a los presocráticos para llegar al siglo XX porque se morirá por el camino.

Recomiendo libros que no sean muy largos y que sinteticen bien las ideas. Realismo capitalista, de Mark Fisher, es uno de los grandes libros de nuestro presente; es un gran sintetizador de su momento. Si interesa la economía política o el género, Capitalismo caníbal, de Nancy Fraser, es una puerta de entrada brillante. Nancy tiene la habilidad de explicarte las cosas tan bien que te hace sentir listo, y eso es muy agradecido al leer.

De Marina Garcés recomendaría La pasión de los extraños, una filosofía política de la amistad. Es una pensadora relevante que mira el mundo con compasión para poder entenderlo, sin que eso exima la crítica. También destacaría a un autor joven que me encanta, Grafton Tanner, con Las horas han perdido su reloj, una historia política de la nostalgia. Es un libro hermoso que se lee casi como una novela. Hay que empezar por donde uno quiera; es como el gimnasio: si te pones 180 kilos el primer día, te vas a hacer daño. Hay que empezar con una mancuerna.

María Trapero: Un libro de ciencia ficción que nos ayude a imaginar otros futuros posibles.

Raúl Royo: Canónicamente hay que hablar de Ursula K. Le Guin y de Los desposeídos. Es imprescindible porque huye de las narrativas distópicas para construir futuros que «no sean una mierda». Ella es la gran matriarca del género. También traería a Kim Stanley Robinson con El Ministerio del Futuro y a autores más jóvenes como Cory Doctorow o Becky Chambers.

Raúl E. Asencio: Un librito para leer de una sentada, en una sola sesión lectora.

Raúl Royo: Me flipa Esther García Llovet. Escribe libros muy cortitos y sugerentes. Recomendaría Los guapos o cualquier otro de su obra. Bueno, excepto uno, pero no voy a decir cuál es.

María Trapero: Una pregunta que ya es clásica en este podcast por mi fervoroso capricho: ¿Cuál es tu rutina de trabajo? Pero no solo la profesional; quiero saberlo todo: qué desayunas, a qué hora, cuánto duermes, dónde meriendas... tienes que ser extremadamente exhibicionista y desvelar tus secretos.

Raúl Royo: Nunca he sido de madrugar mucho, siempre he sido muy nocturno. Como suelo estar operativo hasta las nueve de la noche, mi «excusa» es levantarme sobre las nueve y media, aunque ahora estoy intentando adelantar un poco el horario. Suelo llegar a la librería a las diez y cuarto o diez y media. Vengo sin desayunar y me tomo aquí un café con leche con una barrita; ahí empieza mi día.

La rutina de la librería es muy estacional. Cada semana toca algo distinto: hay una semana centrada en las devoluciones —un proceso bastante intenso del que no hemos hablado—, otra en las facturas y otra en la entrada de novedades. El secreto de mi existencia es un Trello larguísimo que comparto conmigo mismo; lo lleno de notas para que el «Raúl del futuro» sepa por qué el «Raúl del pasado» tomó una decisión, porque si no, no me acordaría.

Además, hago muchas cajas. Cuando se romantiza el oficio de librero, no te cuentan que básicamente vas a estar gestionando cartones mucho rato. Trabajo hasta las dos, voy a casa, preparo la comida, limpio la cocina y me echo una siesta, que para mí es sagrada. Vuelvo a las cinco y me quedo hasta las nueve. Por las tardes suele haber más actividad: clubes de lectura, presentaciones... Al cerrar, pues o se toma algo por ahí o se va a casa a leer. Me acuesto tarde, sobre las dos de la mañana.

Raúl E. Asencio: Para cerrar, algo que suene cursi: después de estos años en La Montonera, ¿qué has aprendido que le habría sido muy útil saber a aquel Raúl del pasado que estaba a punto de empezar?

Raúl Royo: Es una pregunta difícil... pero creo que le diría que estaba bien, que era razonable tener miedo, pero que se podía hacer. Y algo muy práctico: que su herramienta principal de trabajo iba a ser un cúter.

Al Raúl del pasado le diría que no tuviese miedo en invertir pronto en herramientas. Alguien me dio un consejo que le agradeceré toda la vida: «No empieces con un Excel». Invertir en una herramienta informática adecuada y en un buen escáner marca una diferencia abismal en el día a día. Parece una chorrada, pero comprarme ese cúter de tapicero que corta como un bisturí desde el primer día me habría ahorrado mucho esfuerzo, porque hay que usarlo constantemente. Así que eso: que no escatimara en herramientas y que, efectivamente, la persona que me salvó del Excel es mi auténtica heroína.

María Trapero: En cada entrevista confeccionamos poco a poco una biblioteca de libros queridos. ¿Podrías hablarnos de un libro que haya sido importante para ti? Uno que signifique algo personal y, si quieres, otro que como librero te haya dado claves industriales o técnicas.

Raúl Royo: Me gustaba mucho leer desde niño, pero el primer libro con el que recuerdo haber dicho «¡guau!» lo encontré en la biblioteca de mi casa. Era una de esas librerías proletarias de este país, hecha a base de colecciones de periódicos y de Círculo de Lectores, que nos dieron a todos una suerte de experiencia y manera de leer común. El libro era de un autor que entonces desconocía: Perro mundo, de Carlos Alberto Montaner.

Era la historia de un opositor político en un campo de concentración con un «viaje del héroe» muy interesante, pero sobre todo con mucha estrategia narrativa donde los planos de conciencia se iban desdoblando. Vi esa sofisticación y pensé que ahí había algo increíble; lo recordaré toda la vida. De hecho, cada ejemplar que encuentro en un rastrillo lo compro para poder regalarlo. No es el mejor libro que he leído en mi vida, pero me marcó muchísimo.

En cuanto a la faceta de librero, lo he reflexionado bastante porque no soy muy «literario» en el sentido de la tramoya o la bohemia; la vida de los escritores me suele producir incluso algo de vergüenza ajena. No me ha influido tanto esa parte, aunque pongo en valor La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Cuando lo leí de adolescente, esa idea del Cementerio de los Libros Olvidados o el viejo Sempere me conectó con una visión romántica del oficio, aunque no me pareciera lo más sofisticado del mundo.

Sin embargo, lo que más me ha influido es entender el libro como objeto. Recuerdo un manual de edición que tuve que comprar para un máster; me descubrió que me gustan los libros y me gusta leer, pero que no son la misma cosa. Me apasiona el libro como tecnología, no solo como una superficie de inscripción o el «cuenco donde pones la fabada». Esta librería es para la gente a la que le gusta comprar libros. Coleccionar libros es uno de los fetiches culturalmente mejor vistos —si coleccionas cromos no te miran igual—, y yo tengo esa relación física con el objeto, con exacerbar la colección a un nivel comercial. Esa es mi propuesta.

Raúl E. Asencio y María Trapero: Muchísimas gracias, Raúl. Ha sido un gusto.

Raúl Royo: Un gusto para mí también. Invito a todo el mundo a venir a la librería cuando quiera. ¡Hasta luego y gracias por escucharnos!

© Epicanto. 

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