Volvemos con un nuevo episodio de epicanto, esta vez en compañía de una figura cuya labor editorial silenciosa —aunque decisiva— ha trenzado una parte de la literatura contemporánea joven que hoy podemos leer en librerías: Luna Miguel.
Quienes la seguimos como autora quizá no sabíamos que detrás de muchas de las voces que hoy leemos con interés hubo antes un gesto primero de disponibilidad y escucha: el suyo. Luna ha sabido detectar, casi como un sismógrafo, dónde vibraban las posibilidades de un nuevo lenguaje y dónde se gestaba ese rumor mínimo que anuncia una posible escritura con recorrido; o bien, dónde —en la academia o en los márgenes de Internet— se encendía una conversación que merecía ser recogida.
Su intuición, su envidia luminosa y su curiosidad alimentan su trabajo como scout, editora, celestina editorial y, en última instancia, como navaja suiza editorial, lo que la convierte para nosotros en una voz apetitosísima y muy interesante para responder a la pregunta: «¿cómo se afina el oído para detectar nuevas voces?».
En la conversación nos adentramos en ese territorio complejo donde escuchar, leer, escribir y editar se confunden y nos detenemos en la otra orilla de su trabajo: la del rescate. Cómo ciertas escritoras desaparecen y reaparecen en ciclos casi mágicos; cómo una comunidad de lectoras, un gesto académico o una manifestación pueden forzar que regresen a las estanterías; y qué responsabilidad compartida —entre editores, lectores, prensa y universidad— existe para evitar que el olvido funcione como una forma suave de censura.
Entre fanzines juveniles, tumblrs improbables, experimentos comunitarios, la experiencia en Caballo de Troya y consejos editoriales que son casi consejos amorosos, Luna traza un mapa íntimo de la edición entendida como escucha y como un constante ejercicio de rescate y conversación.
Dónde escucharlo
Trascripción
María Trapero: Bueno, Luna, muchas gracias por invitarnos aquí a tu casita, por aceptar esta charlita y este espacio de conversación. Hemos empezado estas entrevistas o espacios epicantianos porque, desde hace ya unos mesecitos, Raúl y yo hemos empezado una conversación sobre edición, sobre lectura y, también tangencialmente, sobre escritura.
Hay una pregunta que siempre está por ahí flotando y que es vertebral a todas las conversaciones: la cuestión de a dónde recurrir para encontrar nuevas voces, antiguas voces, voces que ya existen. Está todo bien, pero voces, ¿no? Entonces, eso a lo que, a falta de un término mejor, podríamos llamar «olfato».
Raúl E. Asencio: Estos espacios de alguna manera cambian, se transforman, aparecen nuevos. Nosotros normalmente hablamos con pena, como si se tratara de un duelo, de la muerte de Twitter, porque podemos decir que ha muerto. Lo que hay ahora no tiene nada que ver con ese espacio de conversación, de proliferación de ideas, de literatura.
Creo que no exageramos si decimos que eres una de las lectoras que mejor ha sabido rastrear los espacios, o al menos que ha tenido el interés y la curiosidad de ir localizando estos espacios donde se daban las conversaciones, donde las voces empezaban a escribir o a dar sus primeros pasos. Y cuando no los había, pues también te has animado a crear estos espacios para darles cabida. Como parece ser que el tema de la conversación podría ser el olfato, la primera pregunta quizá podría ser: ¿cómo empieza ese olfato a afinarse en la infancia, o quizás en relación con los libros de la propia casa?
Luna Miguel: ¡Sí, ostras! Bueno, es un placer estar aquí en mi salón con vosotras. Es un salón que normalmente es muy solitario y está todo en silencio, mi hijo está con sus cosas y yo estoy con la escritura o con la lectura. Entonces, cuando se llena de voces hablando de lo que se hace en silencio, se siente mucho placer.
Dicho esto, yo creo que tiene que ver con eso. Hay una mezcla de sensaciones ahí. Yo, más que del olfato, hablaría del sonido, ¿no? Para mí, la edición, la búsqueda de voces, el descubrimiento de talentos, o como queramos llamarlo, tiene que ver más con la escucha. Vas escuchando un sonido que se va repitiendo, que suena bien, que a lo mejor todavía está un poco desafinado. Y ese sonido puede tener la forma de un post en Instagram sobre una cuestión, o de alguien al que has escuchado hablar al otro lado de una mesa enorme llena de amigos y que está contando una historia que merece la pena que el resto de gente conozca.
Es más como yo lo asumo: una especie de escucha. Estás mucho rato en silencio. La lectura requiere silencio, la escritura requiere silencio. Y de repente, sales a la calle y escuchas lo que dicen los otros. O sales a Internet y lees o escuchas lo que dicen los otros. Y ahí te das cuenta de que hay algo, de que hay algo que merece la pena. Sé que suena como un poco vago, pero es un poco la sensación que tengo de tener todas las antenas puestas cada vez que te metes en una red social, o cada vez que vas a una presentación de un libro, a un festival o a una feria: escuchar lo que parece que nadie más esté escuchando.
Raúl E. Asencio: ¿En qué momento cifras tú ese... chisporroteo en la escucha?
Luna Miguel: Pues mira, hay algo que los editores, quizá por vanidad, no ponen sobre la mesa... Yo, como no soy exactamente editora, sino que estoy por detrás un poco asesorando y ayudando a editores a encontrar voces o en procesos de edición —pero no en todo el proceso de edición—, muchas veces eso me permite estar también en la sombra y calcular un poco qué es lo que pasa. Pero en mí hay algo que pocas veces les escucho a los otros, quizá también porque soy autora: un detector de que algo funciona es la envidia.
Cuando envidias muchísimo la escritura de alguien... Me acuerdo en el instituto, el típico premio Coca-Cola de relatos y demás. Lo ganó una de mis mejores amigas y yo leí su relato y sentí mucha envidia, no solo porque hubiese ganado, sino también porque me encantaba lo que había escrito. Sentí muchísima envidia. Y por otro lado pensé: «¡Qué rabia que nadie más...!». O sea, sí, ha ganado un premio, pero ¿quién va a leer a esta chica, no?
Entonces, al tiempo, nos vimos a nosotros mismos haciendo un fanzine en el instituto para leernos entre todos. Y también con esa idea de: «Jope, si yo he sentido envidia, este sentimiento tan aparentemente feo (aunque yo adoro la envidia precisamente por lo bueno que puede traer después), si yo he sentido envidia de ella, otros compañeros a lo mejor también lo han sentido y la van a odiar, pero a lo mejor tenemos que leernos entre todos, ¿no?».
Así nació, por ejemplo, mi primer impulso de querer crear un espacio en el que todos nos pudiéramos leer. Y no hay autor o autora con el que yo haya trabajado del que no haya sentido una pizca de envidia, un «ojalá yo hubiese podido hacer eso». Pero como yo no lo he hecho, y al mismo tiempo estoy en un lugar privilegiado, voy a hacer lo posible para que la gente lea esto, ¿no? Entonces, ese sonido tiene que ver con la envidia.
Raúl E. Asencio: ¿Y cuando aparece Internet en esta búsqueda?
Luna Miguel: Pues mira, me hace gracia porque, bueno, vosotros sois más jóvenes que yo, pero hubo un momento en el que no había Facebook y en el que los blogs tampoco se leían tanto. Usábamos Fotolog, usábamos MySpace, usábamos LiveJournal, unas cosas terroríficas, ¿no? Por ejemplo, Fotolog solo te dejaba poner una foto y un texto al día. Ni siquiera podías estar tú ahí todo el día metido, y además creo que si lo borrabas luego ya no te dejaba volver a publicar; era una cosa tremenda.
Entonces, en esa época, mi interés también era volcar esas cosas que habíamos hecho en papel, también en Internet. Y no sé si tiene que ver con que yo crecí en una ciudad muy pequeña en la que era muy difícil acceder a ciertos libros y a cierta cultura, que era la que yo creía que me podía interesar.
A través de Internet, de repente, empecé a conocer a otras personas. Una de mis mejores amigas actualmente, Laura Rosal (fotógrafa, poeta que vive aquí en Barcelona), la conocí en esa época. Cuando todavía estás en el instituto y de repente te encuentras con un blog de una chica que sube poemitas y sube fotos y habla de libélulas... Y esa persona me ha acompañado en libros, me ha acompañado en vida y sigue siendo alguien que está ahí.
En esa época me di cuenta de que Internet era gratis y me permitía reunir textos como yo quisiera, así que abrí varios blogs. Uno se llamaba El bote de Colón (por la canción de Alaska: «Quiero ser un bote de Colón»). No sé por qué llamé así a uno de mis primeros espacios; luego Huella indeleble. Espacios muy raros, con nombres muy raros, en los que yo simplemente tenía un mail y la gente mandaba textos. Lo que me gustaba lo publicaba. Esto también te hace ganar enemigos, porque hay cosas que no te gustan, no las publicas y la gente te puede odiar un poco. Pero claro, una chavala de dieciséis años desde Almería con un Bote de Colón en Blogspot... Tampoco te crees importante para nada, porque no eres importante, pero el hecho de que haya mucha gente publicando en un sitio hace que parezca que ahí está pasando algo y quieren participar.
Esa voluntad de querer participar también me iba llevando a pensar: «¿Y ahora qué hago? Venga, pues ahora vamos a abrir un Tumblr, y ahora tendrá que tener un poco más de sentido, no puedo publicar todo lo que me llegue». Pues venga, vamos a hacer uno solo de gente menor de veinticinco años. Venga, vamos a hacer un Tumblr sobre la menstruación y os pido textos sobre la menstruación. Ahí conocí a Sara Torres, por ejemplo, porque me mandó... Le pedí un poema sobre la regla y me lo mandó, y lo saqué en este Tumblr de, a saber, hace muchísimos años. Entonces, Internet se convierte en un espacio para poder hacer muchas locuras.
Raúl E. Asencio: ¿Y en el fanzine también estaba esta idea de catálogo, o va apareciendo, como en los blogs, que puedes estructurar mejor lo que te va llegando.
Luna Miguel: El fanzine era un lugar de encuentro de colegas, de querer ver qué creamos, qué está pasando, qué somos capaces de escribir. Claro, mi mamá tenía una editorial, entonces yo quería imitarla al fin y al cabo, y hacer mi propio catálogo y demostrarle que yo también podía encontrar a gente que escribía. Otra vez, la envidia. La envidia a mi madre, ¿no? Ella tiene un espacio en el que puede hacer lo que quiera, pues yo también quiero hacer lo que quiera, ¿no?
Yo no sabía lo que era crear un catálogo, esa voluntad, esa cosa más pensada. Como lo que te decía, ¿no? «Ahora quiero gente que escriba sobre la menstruación, sobre tal. Ahora quiero hacer algo, por ejemplo, esta antología, Vomit. Quiero antologar a poetas menores de treinta años de Estados Unidos: Tao Lin, etcétera», autores que luego han sido súper conocidos, cada uno en su ámbito. Eso no lo aprendí hasta más tarde. Antes era como un poco popurrí de: «No hay sitio para nosotros, pues aquí nos juntamos». Pero ahora que hay más sitios, pues vamos a hacer cosas más específicas, más especiales y más temáticas, que además justifiquen poder, yo que sé, pedir una ayuda al propio instituto para que nos financie un recital, o poder presentarlo a un periodista y a ver si les hacen una entrevista a estos muchachos, ¿no? De repente, poder con ciertos proyectos llamar más la atención y poder hacer más ruido en diversos lugares.
Raúl E. Asencio: En esta mesa maravillosa llena de libros… Creo que está por aquí la antología Tenían veinte años… Sí, aquí está. Esta antología también nace de ese encuentro en Internet. Bueno, no sé si quieres contarnos.
Luna: Sí, pues esto viene de... A los diecinueve, creo que veinte, me dieron un premio de poesía. Y eso generó más ruido. Publiqué en la editorial DVD, que ya no existe. Era una editorial muy importante en el momento; ahí estaba todo Dios. Era un poco el catálogo de lo que significa hoy La Bella Varsovia, probablemente, lo que significaba DVD al principio de los dos mil, ¿no? Y yo fui una de las últimas antes de que cerrara la editorial. A Sergio Gaspar siempre le agradeceré la confianza que puso en unos poemas de adolescencia, ¿no? Supongo que él también escuchó algo ahí.
En esa época recuerdo que precisamente fue, creo, Andrés Seoane de El Mundo, un periodista del El Mundo que entonces estaba en El Cultural… Recuerdo que me entrevistó. Me hizo una entrevista y fue muy viral (viral en su época, en Facebook). Pero llamó mucho la atención y mucha gente hablaba de algo que a mí me daba mucha rabia, que era como si yo fuese la única que estaba haciendo algo.
Veníamos de una tradición lírica en este país en la que parecía que siempre había una chica joven que salía nueva y que estaba sola: Carmen Jodra, Elena Medel y, de repente, yo. ¿Y qué había pasado con esas mujeres? Pues que las habían destrozado en la prensa, las habían criticado, les habían provocado mucho dolor. Había críticas nefastas. Por un lado, eras la estrellita brillante, la chica de diecinueve o veinte años que publica un libro y que todo el mundo lo compra y lo comenta. Pero por otro lado también critican tu físico, critican a tu familia, critican todo. Una especie de virulencia tremenda.
Como yo sabía, como yo había leído mucho a Carmen Jodra y era amiga de Elena Medel y sabía que el mundo podía deparar una cosa así, dije: «¿Qué puedo hacer también para demostrar que no somos una estrella fugaz, sino que formamos parte de algo?»
En aquel tiempo no fue solo Teníamos veinte años y estábamos locos, sino que yo empezaba a conocer a muchísima gente: Laura Casielles, Berta García Faet, Ernesto Castro. Estábamos todos empezando, terminando nuestras respectivas carreras, escribiendo nuestras cositas. Y no solo eso, sino que recuerdo que con el dinero del premio, que yo pensaba que me iba a durar toda la vida (creo que eran cinco mil pavos, que luego con el IRPF se queda en tres mil y pico), me metí en Iberlibro. Me lo dejé todo ahí en comprar libros de Tao Lin, de Laura Vazquez (que es una poeta francesa a la que, de hecho, le dieron el Premio Goncourt de Poesía hace poco y que acaban de editar su primera novela aquí en demipage). De repente dije: «Venga, ¿qué está haciendo la gente de entre dieciocho y treinta años en el resto del mundo? Me voy a comprar todos sus libros.», y aquí los sigo teniendo, ¿no? Lysiane Rakotoson, Ana Carrete. Vi que había muchísima gente haciendo cosas y dije: «¿Qué tal si empiezo a traducirlos en un Tumblr?»
Y ahí nació Estaban locos, empiezo traduciendo a Ellen Kennedy. A partir de ahí me empezó a contactar gente de México, de Perú, de tal. Luego fuimos el grupo de Los perros románticos, donde participó también Rodrigo G. Marina. Se iba uniendo gente: Óscar García Sierra, Vicente Monroy. Me mandaban cosas. ¿Cómo un Tumblr podía convocar tantísimos talentos tan raros y tan de tan diversos lugares? La gente se me ofrecía para traducir a poetas de Rusia, de no sé dónde. Yo creo que hasta se los inventaban, ¡no podían existir tantos poetas!
Y a partir de ese Tumblr hablé con Elena [Medel]. Justo ella quería... Ella no tenía ni distribución ni nada. Era una editorial muy pequeñita, La Bella Varsovia. Y me dijo: «Vamos a empezar con una distribuidora, así que, si quieres, podemos hacer esta antología que tú me has propuesto y que sea también el lanzamiento un poco de la editorial a lo grande. Vamos a sacar mil ejemplares», ¿sabes? Mil ejemplares de algo de poesía. Creo que llegó a dos o tres ediciones, ¿no?
Y así nació la antología, que claro, ahí llegó el problema: en Internet todo cabe, pero aquí había que elegir. También recuerdo llevarme grandes disgustos con personas. O porque me parecía que sus obras no eran tan representativas, o que todavía no habían cuajado, o que entre dos poetas que escribían algo muy similar, pues tenías que acabar eligiendo, ¿no?
Eso fue un proceso un poco más doloroso, pero ya es donde tienes que afinar ese oído. Ya no es solo el oído, ahora tienes que afinar también qué es lo que crees que va a sobrevivir y que va a llegar más adelante, y qué es lo que crees que tiene que estar representando al resto de esa marea de voces. Y así nace, contexto 15M... Era un momento poscrisis de 2008, como que había cosas muy interesantes pasando, además. Y bueno...
María Trapero: La siguiente pregunta, un poco en esta línea del oído: ¿en qué momento se profesionaliza el oído o cómo llegas a Penguin? O si te apetece hablarnos un poco de los primeros libros que hiciste también con la editorial de tu madre.
Luna Miguel: Pues yo llego a Random House en 2011.. Y llego como becaria para Claudio López Lamadrid. Él es mi guía espiritual, es un hombre muy importante en el mundo de la edición, muy querido y muy odiado, depende de a quién le preguntes, ¿no?
Y fue precisamente cuando ese dinero del que os he hablado no me duró tanto como yo pensaba que dije: «Mierda, tengo que encontrar trabajo». Yo estaba estudiando Periodismo, que no me interesaba para nada. Había colaborado en Público, había hecho algunas cosas, y lo que hice fue mandar el currículum a Random House, Mondadori entonces. Me contestaron y me dijeron que sí. Claudio había seguido lo que habíamos hecho con Tenían veinte. Me conocía de haber leído alguna cosa sobre mí en la prensa y demás, y pensó: «Pues esta chica parece que tiene ojo».
Y mi trabajo como becaria no era pegar sobres ni hacer solo informes de cosas mecánicas, sino que desde el principio él me pedía que le contara qué estaba haciendo la gente. De nuevo, porque eran cosas a las que él pensaba que no podía llegar. Y creo que desde entonces mi trabajo ha sido ese. Desde los veintiuno que cumplí nada más llegar, mi trabajo sigue siendo contarle a los editores que están en una oficina lo que ellos no pueden ver, precisamente por estar en esa oficina, y lo que no pueden ver porque no forma parte de un sistema de agentes literarios, de un sistema de traducciones. Bueno, lo que no llega a Frankfurt, lo que no llega a los scouts más especializados.
Así fue como se profesionalizó casi por casualidad. Un poco invertir esa bola de adivinación que yo tenía en mi casa, llevarlo un poco más allá y sacarla también de todo lo que a mí personalmente más me emocionaba. Que esto es una cosa que dice también mucho María Fasce, que es mi editora y mi jefa actualmente: que el catálogo de un editor no es solo lo que le gusta, no puede ser solo lo que a él le gusta como lector, ¿no?
Y eso lo aprendí trabajando directamente. Dejé la carrera, me dediqué simplemente a trabajar como freelance para Penguin Random House. Luego di unos vuelcos por Playground que me sirvió mucho también, porque ahí con Eudald Espluga y con Xaime Martínez en Playground Books hacíamos lo que nos daba la gana y publicábamos textos de otros. También intentamos que un medio viral tuviera literatura. Y toda esa mezcla, ese magma de los fanzines, las antologías, hacer yo de scout para otros y hacer lo que me daba la gana en Playgroundtambién con esta sección de libros y literatura, pues ahí surgió toda esta cosa que es lo que sigo haciendo. Es que llevo el pelo igual, me visto igual, me maquillo igual, como lo mismo, mis amigos son los mismos y trabajo en lo mismo desde que tengo veinte años. Y casi que cobro lo mismo… Ja, ja, ja. Bueno, un poquito más, pero tampoco tanto.
María Trapero: ¿Y cómo fue Caballo de Troya?
Luna Miguel: Caballo de Troya fue una locura también… Estábamos mi expareja Antonio y yo trabajando en Playground y Claudio nos dijo: «¿Os apetecería hacer a vosotros esto? Es un sello que necesita que se le inyecte energía». Por mucho que suena muy idílico, esto de un escritor que elige autores no siempre va tan bien, no siempre es tan fácil. Las condiciones tampoco es que sean las idóneas, porque un catálogo que va cambiando tanto, tan habitualmente, a lo mejor los lectores no saben muy bien a qué atenerse. Y Caballo de Troya necesitaba, según Claudio, una vuelta, no solo estética, sino también de contenido.
Entonces, nos propuso hacer dos años juntos y ver qué pasaba. Y además nos dijo: «Podéis publicar ensayo, poesía…». Me dijo incluso que podía publicar si quería poetas. Y lo que nos propusimos Antonio y yo en ese momento fue proponerle a gente que nos molaba cómo escribía: «¿Cuál sería el libro soñado?». Eso es una cosa que pocas veces se puede hacer, porque no hay pasta, porque no hay tiempo, porque no hay una infraestructura. Caballo de Troya es una editorial pequeña e independiente dentro de uno de los grupos más grandes del mundo, entonces, bueno, algo puedes permitirte, ¿no?
Cuando le preguntas a alguien cuál sería el libro que te gustaría hacer, pues es como, «¡Ostras, voy a ver qué locura sale!», ¿no? Y ese fue un poco nuestro propósito.
Y está lo del oído. Yo había oído (es decir, leído en Twitter) que Aixa de la Cruz tenía un libro que nadie iba a querer leer. Me acuerdo perfectamente de ese tweet: «He terminado un libro que nadie va a querer editarme». Y yo... Claro, Aixa de la Cruz... Antes hablaba de 2010 y Tenían veinte y todo eso, pero yo recuerdo que yo estaba todavía en el instituto cuando ella publicó su primera novela. Y recuerdo que en nuestra estantería de la casa en la que me mudé con mi pareja en aquel momento estaba David Foster Wallace, estaba Tao Lin y estaba Aixa de la Cruz, porque era como la única mujer de nuestra generación. Poetas sí que había, pero narradoras era la única. Prácticamente no había publicado casi nadie de esa época. Quizá Gómez Bárcena. Pero era como si no hubiese nadie… Solo ella. Superalabada por Lector Mal-herido. Era alguien que estaba ahí, pero también muy escondida.
Y cuando yo vi este tweet dije: «Gracias, gracias algoritmo por darme este tweet». Y le escribí, y me dijo: «Claro, te lo mando». Y dije: «Pues tenemos que abrir con esto». Esta va a ser la línea editorial. La línea editorial no la marcó nuestra voluntad, sino el primer libro que leímos y que decidimos: esa punkería que tenía ahí Aixa, esa cosa del «yo» que no estaba tan explorada… Esto lo cerramos en 2018. En ese momento la autoficción, como la entendemos ahora, más memorística, más combativa, tampoco era tan evidente. No había ganado el Nobel Annie Ernaux, para entendernos. No era tan celebrado como a lo mejor ahora puede serlo. Estamos hablando del 18, es el año del Me Too. Todo parece que venía. La línea editorial nos la dio el contexto político, este libro y también el darnos cuenta de que las editoriales independientes, que hasta entonces habían sido las más descubridoras, estaban muy anquilosadas en publicar a la misma gente todo el rato. Y joder, no había espacio para la gente menor de treinta y cinco años en las editoriales. Ahora sí, pero antes no.
Raúl E. Asencio: ¿Dirías que tuvo que ver algo para la industria editorial en cómo se percibía a la generación al ver que Ana Pacheco, Aixa de la Cruz, esas voces, no solo vendían, sino que interesaban y que conectaban quizás con un tipo de lector al que no se estaba terminando de llegar?
Luna: Sí, para mí esos libros han sido fundamentales. Creo que lo que está pasando ahora con Reservoir Books, con algunas de las líneas de Temas de Hoy, incluso con Barret y Andrea Abre era una necesidad. No es casual que todo esto haya pasado de repente.
Bueno, y el premio a Cristina Morales. Yo recuerdo mucho cuando Lectura fácil ganó el Nacional. Esa sensación de: «Todas pensamos que lo habíamos ganado nosotras». Era una sensación de, hostia, este premio en realidad estoy tan contenta que lo siento como si me lo hubiesen dado a mí. Era una sensación compartida de felicidad absoluta, también por una voluntad, un juego, una cabronería y un divertirse con la literatura, ¿no?
De repente había algo ahí. No solo eso que mucha gente te diría: «Claro, ahora está de moda publicar mujeres», no. También hacía falta algo más. Hacía falta algo que tenía que ver con el lenguaje mismo. No es solo que sean mujeres, es que utilizan otro lenguaje, y que también lo están utilizando otros chicos. Ahí están otros tantos autores, ¿no? Ahora mismo, no entenderíamos el último año editorial sin Luis Mario, o ahora sin lo que está pasando con Angelo [Néstore], etcétera.
Hay algo más allá. Yo creo que era una necesidad de un nuevo lenguaje, no tanto que tuvieran treinta años o treinta y dos o veinticinco, o no tanto que fueran de Barcelona o de no sé dónde, sino una renovación de cómo... Algo más experimental, algo más divertido donde el humor esté presente. Es más una revolución del lenguaje que de cualquier otra cuestión.
Raúl E. Asencio: La hibridación, la auto-teoría, el humor que dices, también, evidentemente, en clave generacional. La destrucción de los géneros también, ¿no?
Luna Miguel: Para mí, uno de los momentos clave es cuando teníamos que hacer el segundo año de Caballo de Troya, y claro, son doce libros en total. Recuerdo que a Elizabeth Duval la conocí también por alguna red social o algo así. En Playground hicimos un 8M, una antología de poesía trans, y en aquel momento también recibimos muchos palos. Hicimos una antología con poemas de Alana Portero y de Elizabeth Duval.
Y cuando empecé a hablar con ella, en ese momento dije: «Ostras, yo creo que esta chica, más allá del género...». Ella solo publicaba poesía en aquel momento y colaboraba. Tenía un Tumblr o alguna plataforma donde publicaba ella sus poemas, y de repente vi que tenía algunos textos de crítica también.
Y fue un poco la pregunta. Me habían invitado a una cosa en París, y ella justo empezaba la carrera. Le dije: «Oye, ¿cuál sería tu primer libro soñado? Si alguien te dice a tus diecisiete años... ¿Cuál sería el primer libro que te gustaría publicar? ¿Qué sería?».
Me empezó a contar que ella estaba en contra precisamente de la autoficción y de tal. Y le dije: «¿Y por qué no empiezas un diario de tu escritura? O sea, de tu vida como estudiante en París, estudiante de Filosofía, y a ver qué sale de ahí», ¿no? Esto fue en octubre y me acuerdo que en diciembre, volviendo de la FIL de Guadalajara en el 19, me había mandado un libro terminado. O quizá un poco más. Pasaron como cinco meses y de repente había un libro.
Y toda esta parte que tiene contra Paul B. Preciado, toda su teoría, incluso contra la línea editorial que estábamos marcando con Aixa de la Cruz y con otras autoras... Es decir, había una autocrítica y una crítica a su generación o a los coletazos porque ella es del 2001 y estas otras autoras son de finales de los ochenta. Pero había una autocrítica también. Y dije: «Joder, qué inteligente es esta persona». Pues, evidentemente, tiene que ser también nuestra apuesta para este segundo año de Caballo de Troya, con la mala suerte de que salió el mismo día que empezó la pandemia. Pero bueno, estas cosas no se pueden prever.
María Trapero: Bueno, el otro día estuvimos leyendo una entrevista que le hicieron a María Fasce en la que hablaba de su equipo y hablaba de ti como editora at large. No sé muy bien cómo se pronuncia, pero nos entendemos: ¿qué hace un editor at large? ¿Cómo es, en el fondo, tu etapa ahora mismo trabajando con Penguin?
Luna Miguel: Pues no tengo ni idea de cómo se define normalmente. Me han contado que es lo que se dice cuando un editor se jubila en Estados Unidos o en el mundo anglosajón y se queda como supervisor, todavía proponiendo cosas. Pero básicamente mi trabajo, alguna vez lo digo, es como de navaja multiusos.
Principalmente hago labores de scouting. Eso, afinando ese olfato o esa escucha, todos los sentidos, para resumirlo. Y muchas veces, de las cosas que propongo, a veces edito esos libros, o a veces ellas me proponen editar otros, ¿no? Participo en distintos procesos de, yo que sé, de Los escorpiones, o de repente ayudando a la promoción de un libro de una autora joven.
Normalmente, si he estado detrás de un libro, suele haber un blurb a lo mejor. Nunca hay firma, porque tampoco los editores firmamos los libros, si no sería muy egoísta. Pero muchas veces, cuando he participado en un libro, el autor o el propio editor que lo ha editado me pide que ponga alguna frasecilla porque me lo conozco, he estado ahí.
Luego también hago muchas labores para ayudar en prensa, muchas labores para ayudar sobre todo en grandes ferias. Lectura muy exprés de manuscritos: de repente te llegan treinta libros en inglés o en francés y tienes que hacer una labor muy de «vamos a ver qué pasa», porque si no te llega otro y te lo compra y chao.
Un poco de todo, la verdad. Pero mi labor principal es la de, todos los meses, hacer un informe, lo que llamamos informe de tendencias, en el que escribo un texto de unas dos mil quinientas palabras más o menos (es el límite que yo me he puesto, aunque a veces es más largo y otras veces es más corto). Resumo lo que ha pasado cultural y políticamente en España y, a veces, también en América Latina, sobre todo si he viajado a alguna feria de fuera. Y va acompañado de unos diez nombres, que van desde ensayistas, narradores, poetas a veces, o ilustradores, que yo creo que pueden casar con algunos de los sellos, ya sea Taurus, ya sea Debate, ya sea Random House o ya sea Lumen, Alfaguara, etcétera. Sí que es verdad que con Lumen, que además soy autora allí, y con Reservoir tengo una cercanía mayor, pero al final acabo haciendo cosas para todos.
Y eso no sé si responde a qué diablos es editor at large, pero supongo que es alguien que trabaja en pijama desde su casa. Esa podría ser otra definición, ¿no? Sí.
María Trapero: Y para cerrar un poco... Bueno, seguir hablando, ¿no? Pero sobre todo tu relación actual con el mundo editorial. Te queremos preguntar por tres figuras: Ana María Santos Payán, Claudio López Lamadrid y María Fasce.
Luna Miguel: Vale. Pues mira. Es que claro, Ana es mi mamá. El otro día me hizo mucha ilusión porque en el Back to the Book fui a ver una charla de Ana Gorría con otro poeta y estaban hablando de cómo muchas veces los poetas más experimentales pueden existir gracias a editores que también experimentan y lo arriesgan todo. En esa mesa, yo creo que sin saber que yo estaba allí, empezaron a hablar muy elogiosamente del riesgo editorial de las ediciones que hacía mi madre en El Gaviero, ¿no? Y de la colección, específicamente, Cartoné, que eran libros anillados. Y ahí está Raúl Quinto, que es uno de los últimos Premios Nacionales en este país. O Juanma Gil, que ganó el Premio de Seix Barral hace unos años. Ahí está Ana Gorría y está Begoña Callejón. Bueno, muchos nombres, ¿no?
Ese riesgo y esa capacidad de hacer libros raros y de dar cabida a proyectos que no hubiesen podido estar en otros sitios, pues también lo he aprendido de su riesgo. Me hizo mucha ilusión y se me escaparon las lágrimas mientras Ana, tantísimos años después de aquel libro, lo sigue recordando como un espacio de libertad creativa. Sigue recordando que alguien confió en ella y que confió en un libro raro, con partituras, con movidas chungas, ¿sabes?
Y también pienso: poéticas como la de Lola Nieto. De hecho, iba a ser autora de El Gaviero. Lo que pasa es que cuando mi madre murió y yo estaba embarazada, tuve que tomar la dolorosa decisión de abandonar ese proyecto, porque uno, no era mío, y dos, por mucho que yo fuera su hija, la vida no me daba para hacer las locuras que ella hacía, ni la vida ni el dinero.
Esa es otra cosa. Son editores independientes, tipo La uña rota, que lo ponen todo. Y yo en ese momento no podía ponerlo todo. Entonces, todas esas poéticas que ahora ha continuado Lola Nieto y demás, yo creo que también han sido posibles en parte porque ha habido editores que han confiado en libros raros, ¿no? Tú mismo, Raúl.
Pues Claudio [Lamadrid]... La persona más divertida que he conocido en mi vida. Su mayor consejo fue: «Cásate muchas veces», cosa que voy a hacer al menos dos veces. Ja, ja, ja. No sé si llegará una tercera... Pero fue un consejo que me dio, creo que también como metáfora: que hay que ser un poco promiscuo con el amor editorial. A veces tus autores se van, y esos amores que parecen para toda la vida... [Aixa de la Cruz] sí que se ha quedado en Alfaguara y puedo seguir teniendo una relación con ella, aunque yo no edite sus nuevos libros, pero otros autores se han ido a otros sellos y no pasa nada. Ese poliamor literario tiene que estar ahí, ¿no?
Y Claudio también es quien me ha dado la oportunidad de trabajar y la libertad de no tener que terminar una carrera que no me estaba gustando nada, de la que no estaba aprendiendo nada y de la que no había salido nada bueno. Y la libertad también de tener un trabajo y de aprender trabajando, como a la antigua usanza. Yo siento que para mí esas prácticas con él fueron mi formación profesional, literalmente.
Y con respecto a María [Fasce], también le debo muchísimo. Es mi editora, eso también es raro, porque no solo es mi jefa, sino que es quien me edita, y para mí es como una figura materna bastante importante que aúna las excentricidades de Claudio y las excentricidades de mi madre, ¿no? Para mí es como mi madre argentina, por así decirlo. Y se fía mucho de mí. Y eso es un mundo de envidias, y en el que se piensa mucho en la venta y en el éxito y tal. Alguien que se fíe de mis pequeñas locuras también está muy bien. Y gracias a que se ha fiado de mí pues han salido cosas… Yo las llamo las Saras, por ejemplo. Recuerdo la primera vez cuando le hablé de Sara Torres y cómo se lo apuntaba en su cuaderno y decía «Qué mujer tan interesante, ¿no?». O cuando Sara Barquinero nos mandó su primera novela para Caballo de Troya... Claro, las novelas de Sara son así [gesto de libro gordo], los libros de Caballo de Troya son así [gesto de libro finito] y yo no podía publicarla. Pero yo sabía que esa mujer tenía que encontrar un lugar. Y que María escuche esas intuiciones y me haga caso para mí es genial, ¿no? Entonces, sí, son tres figuras increíbles.
Raúl E. Asencio: Hemos hablado un poco del olfateo, rastreo, visualización en el horizonte de voces jovencísimas palpitantes. Pero también hay algo que te ha llevado mucha atención y tiempo, que es la idea del rescate, la idea de traer del olvido, de ese limbo de la lectura, a figuras que a día de hoy no salen. Quizá podemos empezar hablando sobre qué es un rescate, o cuándo un rescate se ha terminado, o por qué permanentemente hay que estar rescatándolas, o incluso si la propia idea del rescate no es en sí problemática.
Luna Miguel: El otro día, me voy a repetir a lo mejor para ti, Raúl, porque creo que lo escuchaste la última vez que nos vimos, pero cuando salió [la novela de] Regina Ulman, se cita una crítica, creo que es alemana, que habla de cómo a las escritoras se las recupera cada veinte años. Las escritoras existen, se olvidan, se recuperan, existen un poquito, se olvidan, se recuperan, y hay como ciclos de veinte años constantemente en los que de repente las citamos, las queremos… Esto pasa por varios motivos, entre ellos que quizá no llegan nunca a la academia, ¿no? Me gusta contar mucho esa historia de Ivelisse Álvarez, esta académica puertorriqueña que cuando ella quería escribir su trabajo de fin de máster sobre Rosario Ferré su profesor le dijo que ya había varios trabajos sobre ella y que mejor se enfocase en algo que se hubiese estudiado menos y que todavía tenía mucho campo de estudio, como lo es Borges, ¿no? En fin. Una de las cosas que pasa es que, al fin y al cabo, el mundo editorial es el mercado, y una cosa está de moda y al día siguiente no, y nos olvidamos enseguida. Pero para mí, uno de mis grandes retos es cómo podemos comunicar la academia con el mundo editorial, porque muchas veces hay una falta de comunicación tremenda, y dependemos el uno del otro precisamente para estas recuperaciones.
Cuando mi pareja, que trabaja en una universidad, me cuenta que hay alumnas que están haciendo másteres o trabajos de fin de máster sobre Annie Ernaux, o sobre Paul B. Preciado, o sobre Hilda Doolittle... Y de repente dices: «¡Ostras, qué bien que exista eso!». Y menos mal que hay profesores que no paran los pies a estas alumnas, porque así es como a lo mejor conseguimos que verdaderamente esos nombres no desaparezcan, ¿no?
Por ejemplo, yo qué sé, ahora Cátedra va a reeditar... Bueno, no, va a editar por primera vez, que de esto me he enterado hoy, que incluso yo misma he caído en ese error. Va a editar por primera vez La risa de la medusa, había una antología antes previa de textos de Hélène Cixous que se llamaba La risa de la Medusa, pero que no era La risa de la medusa. De hecho, ese libro es la primera vez que se está publicando en castellano y me escribía la editora para decirme: «Bueno, sé que tú has hablado mucho de este libro, pero porfa, dilo bien ahora porque hay que hacer hincapié en que nunca se había publicado esto», ¿no?
Entonces también la recuperación va un poco de eso. Intentar contar bien las historias, intentar llevarlas a los sitios y intentar ser conscientes de todo el machaque que ha habido muchas veces hacia esas grandes autoras y no dejar de encontrar comunicación también con quienes la están estudiando en las universidades, porque si no un libro que sale y que está en una mesa de novedades se olvida. Esas personas no están vivas para defenderlos y a no ser que te llegue alguien y te escriba una columna en El País Semanal y te cite ese libro y se venda, pues a lo mejor no va a llegar a nadie si no hacemos un esfuerzo entre todos, entre los académicos, entre los periodistas, entre la gente que lleva clubes de lectura y los propios editores, ¿no? Entonces ese trabajo de recuperación nos implica a todos, no solo a la buena voluntad de las chicas de Bamba Editorial sacando a Elena Garro y a Hilda Doolittle constantemente. Si nadie les hace caso, si nadie escribe sobre esas mujeres, más allá de lo que ellas editen, los libros desaparecerán. Por desgracia.
María Trapero: ¿Cómo son los mecanismos para dar fuerza o emprender un rescate? Es decir, es un proceso en parte colectivo. Me imagino que bebe de una tradición, puede ser académica, puede ser de lectoras. Me imagino que hay rescates que también surgen de viajar, de conocer otra comunidad de lectoras en las que hay una relación muy viva con una autora. Y aquí, por ejemplo, no tenemos esa relación, ¿no? O sea, ¿cuáles son los distintos mecanismos de rescate?
Luna Miguel: Pues me gusta mucho lo que pasó, por ejemplo, con Marvel Moreno, que es una escritora colombiana a la que admiro muchísimo. Con el lenguaje blurbero, que es el que tenemos, escribí un artículo de S Moda diciendo que era un poco la «Anaïs Nin hispana». Es un poco para llamar la atención. Me arrepiento un poco de ese lenguaje, pero bueno, a veces funciona. Marvel Moreno forma parte del fin del boom, ella también se va a vivir a París, ella también tiene un realismo un poco mágico en algunos puntos, ¿no?
Y la recuperación de una de sus grandes novelas, El tiempo de las Amazonas, vino de una manifestación en una Feria del Libro de Barranquilla, que es su ciudad natal. Hicieron un homenaje por el X aniversario de su muerte o de su nacimiento, no recuerdo bien ahora. Y en la mesa de conversación estaba su exmarido, su exnovio, un señor y otro señor que era no sé quién. Ninguna lectora y nadie de quienes la están estudiando en Colombia, fuera de Colombia, o ninguna editora. Nada, ¿no? Y precisamente ese exmarido que se llama Plinio no sé qué, o sea, con un nombre bastante curioso, ese exmarido es el que estaba reteniendo la novela El tiempo de las Amazonas porque decía que no estaba a la altura de su otra novela conocida, En diciembre llegaban las brisas, y que no merecía la pena publicarla. Es como: tenemos hasta la lista de la compra de Bolaño y no podemos disponer de una novela que ella además quería publicar. O sea, no es de estas personas que dice: «por favor, no publiquéis esto», sino que trabajó incluso enferma para que esa novela póstumamente pudiera publicarse. Claro, como es una novela que critica mucho al macho y critica mucho al escritor macho colombiano, probablemente Plinio se vio ahí reflejado y dijo: «esto fuera», ¿no?
Entonces, en ese acto, llegaron un montón de chicas de la universidad con camisetas que ponían El tiempo de las Amazonas y empezaron a gritar y a manifestarse y a corear: «¡Ha llegado el tiempo de las Amazonas!». Entonces, claro, esa recuperación estaba ahí ya. Alfaguara, que es la editorial que allí publica todo Marvel Moreno, pues se remangaron y dijeron: «Venga, vamos a hablar con la familia, porque verdaderamente es el momento». O sea, no podemos no hacer caso a sus lectoras, que son las que saben además que esto existe y debe seguir existiendo. Y por fin el libro salió. Entonces, bueno, pues esa es una recuperación forzosa, o sea, a la fuerza, que a través de una manifestación llegó, llegó a su espacio. Ahora creo que va a haber varios homenajes también aquí en Barcelona a Marvel Moreno. Entonces, bueno, poco a poco quizá empecemos a leerla un poquito más. Gracias también a todas esas chicas que se hicieron camisetas, ¿no?
Pero bueno, va por muchos caminos. A veces he escuchado historias de quien está leyendo la correspondencia de Rilke y vio que se escribía con una tía y es como: «Ay, ¿quién era esta tipa?». Y de repente descubres que es una poeta y dices: «ostras, vamos a ver si esto puede ir más allá». O de repente ves que alguien cita a alguien y sale por ahí. O de repente a lo mejor es que va con el sentir de la época. Simone Weil llevaba editada completamente muchísimo tiempo en Trotta y ahora es como que todo el mundo, o sea, ahora ediciones más baratas en otras editoriales y demás. Pero ha sido también un boom, un poco también en esta vuelta un poco de lo espiritual. También está esta reflexión también sobre la fe y sobre el arraigo, y sobre la nostalgia y sobre muchas cuestiones. Simone Weil ha vuelto a importar en todas partes, ¿no? Entonces, a veces una recuperación es volver a mirar lo que ya está editado. Simone Weil estaba con su obra completa editada, pero no se leía tanto. Entonces, bueno, hay muchos caminos y todos son frustrantes.
Raúl E. Asencio: En tu último libro, Incensurable, uno de los temas que atraviesan el libro, entre otros muchos, es este, ¿no? De hecho, la trama principalmente es cómo Lolita de Nabokov después de haber desaparecido mágicamente del mundo, casi como vuelve a través de justo conversaciones después del sexo, después de beber, pero sobre todo en relación con otros libros, cómo el texto va apareciendo, ¿no? También está esta idea como de la desaparición, casi como un gesto mágico. Tú lo dices como si Hermione agitara la varita y hubiera desaparecido el libro, el Obliviate y la obliliteratura, ¿no? Entonces, creo que lo comentaste otro día, pero creo que vale la pena volver a traerlo, que hay en esta desaparición de Lolita un gesto irónico con los procesos y los mecanismos de olvido, de censura por dejación de funciones, no tanto por una censura activa, sino por desatención. Bueno, ¿cuáles son estos mecanismos mágicos de olvido?
Luna Miguel: Pues ese profesor que dice que no, que no merece la pena hacer un trabajo sobre una autora porque ya hay otras dos chicas que lo han hecho y no hay mucho más que decir sobre esa autora. Esa editorial que, no sé, como el anterior libro de Silvina Ocampo no llegó a quinientos vendidos, pues no vamos a hacer el esfuerzo de seguir sacando del cajón cosas que no se reeditaron de Silvina Ocampo. O ese otro periodista que es como: «otra autora, qué pesado», y no hace reseña o no pone ese libro a debate en la prensa.
Ese club de lectura al que no va ningún hombre porque no les parece interesante leer o descubrir Los recuerdos del porvenir porque piensa que él ya conoce bien la literatura mexicana y que para el realismo mágico nos vale con García Márquez, ¿no? Esos son los mecanismos que hacen que los libros se olviden y caigan en eso, en lugares en los que luego va a ser muy difícil recuperarlos. También reducir los libros a temas, reducir a las autoras a temas, ¿no? Imagínate, Las afueras con esta recuperación que hace constante de Jane Lazarre, que tiene textos sobre el racismo y sobre la maternidad, sobre todo. Pues imagínate que tú no lo lees porque no te interesa la lucha antirracista porque crees que eso no va contigo, y en realidad te estás perdiendo un novelón. O no lo lees porque estás harto de ya que hay muchos libritos sobre la maternidad y ya estamos hartos de bebés naciendo y de reflexiones sobre la maternidad, cuando eso realmente va más allá y va de otras cosas, ¿no? Entonces, ese rechazo constante a algo porque crees que no va a hablar contigo, hace que... que bueno, que se vaya generando una fuerza y vas empujando esa biblioteca y la tiras al vacío. Al fin y al cabo, ¿no? Todo por prejuicios y todo porque, como ya hay un canon, si tengo que elegir entre Elena Garro y García Márquez, pues obviamente García Márquez, ¿no? ¿Y por qué no los dos? O sea, quiero decir, si es que los libros están en las bibliotecas gratis y te los puedes descargar gratis también de LibGenesis. O sea, tío, es que no pierdes nada por intentarlo, ¿no? Y a lo mejor es que no te va a gustar ni García Márquez ni Elena Garro porque te van a poner de los nervios. Pero joder, ese rechazo frontal a uno versus el otro es lo que bueno, va provocando esa esa obliteración.
Raúl E. Asencio: Quería preguntarte por cómo ves la ola reaccionaria en relación con estos espacios conquistados. Si crees que por fin estas alumnas de conocidos y amigos que están en la universidad en puestos ya de guiar TFM, incluso algunas tesis... O sea, ¿puede ser que no haya que rescatar a muchas autoras dentro de veinte años? Eso por un lado, ¿no? O sea, como todas estas académicas y académicos que están pensando estos temas y están empezando a escribir sobre ello, pero también la amenaza de la ola reaccionaria y el cuestionamiento de estos espacios consolidados.
Luna Miguel: A ver, yo creo que hay varias cosas a tener en cuenta. Uno, que es una cosa que creo que nos preocupa también, que es la convivencia de distintos estilos, épocas, etcétera. Es decir, que leer a unos no signifique borrar a otros, porque también te encuentras a gente que por leer a Annie Ernaux no se va a leer a Ricardo Piglia, por ejemplo. No. Quiero decir que una de las cosas que creo que hay que trabajar contra esa ola reaccionaria es ese: o una cosa o la otra. Yo creo que lo reaccionario también es esa cosa de: «o eres una cosa o eres la otra». No puedes ser muchas a la vez, ¿no? O te gusta esto o te gusta lo otro. No puedes ser bisexual: o te gusta esto o te gusta lo otro. No puedes fluir, ¿no? Creo que en esa ola reaccionaria se nos empuja a tener que elegir o una identidad u otra. No solo a borrar determinadas estéticas y maneras de pensar, sino a tener que elegir o esto u otro. Y ya no hay más. O eres de este bando o eres de este otro.
Entonces, lo que a mí me preocupa, lo que a mí me gustaría es poder trabajar con las lectoras nuevas y con las viejas y con todas, ¿no? Para que esa pluralidad siga primando y siga existiendo. Que no nos perdamos, que no tengamos por qué perdernos tantas cosas, que no tengamos por qué prohibirnos tantas cosas, ¿no? Y que Dostoievski pueda convivir con, yo qué sé, con Anaïs Nin, ¿sabes? Y que leer a uno no sea poner en peligro la existencia del otro, ¿no? Que parece que es lo que se nos ha dicho, que o lees una cosa o la otra, pero todo no, no. Y yo creo que la gente más joven ahora está leyendo cómic, manga, está leyendo ciencia ficción, está leyendo ensayo. Entonces ahora hay un caldo de cultivo muy interesante, que es lo que tenemos que seguir. Creo que guardando que pueda haber muchas más cosas y que en los catálogos editoriales quepan todas esas posibilidades, ¿no? Porque también tendemos a querer copiar lo que ha tenido éxito y entonces como que todo se vuelve un poco parecido, ¿no? Entonces hay que luchar un poco también contra eso, contra esas fórmulas.
Y yo no sé qué pasará dentro de veinte años, pero sospecho que sí, que tendremos que seguir recuperando. Siempre, siempre se tiene que seguir recuperando, ¿no? Y a lo mejor a quien hay que recuperar dentro de veinte años es a, yo qué sé, a Josep Pla. Y a lo mejor hay que recuperar a un no sé qué. O a lo mejor no hay que recuperar nada y hay que recuperar a la gente joven, porque a lo mejor la gente joven no está publicando. O sea, antes partíamos de que en dos mil diez nadie, nadie menor de treinta y cinco años, publicaba un libro. Nadie menor de cuarenta años publicaba un libro, ¿no? Es decir, que cada lucha se irá viendo, pero yo creo que siempre teniendo ese foco, ¿no? De cuantas más posibilidades haya, mejor.
María Trapero: Bueno, no me gustaría que la pregunta estuviese resuelta en la propia formulación o que buscase una dirección como muy nominal pero, ¿qué tienen en común las antiguas (estábamos hablando de recuperación) y las modernas (ahora vamos a empezar a hablar un poco de scouting) que te interesan y que traes sobre la mesa? ¿No? O sea, ¿qué detectas en la mirada de la lectora contemporánea que pueda beber de esos de esos dos espacios? Sé que es complejo, ¿no?
Luna Miguel: Pues fíjate, aquí hay algo que voy a citar a Elena Medel, que ahí en antes habéis dicho una lista de nombres. Yo creo que Elena Medel ahí estaría como hermana mayor también, ¿no? Los otros son un poco mis padres y Elena sería mi hermana, sin duda. Y ella siempre habla de la literatura de las mujeres dentro del mundo literario como una especie de «cadena forzosa, pero al mismo tiempo agradecida», ¿no? En la que si estás dando la mano a una clásica estás dando, cediendo la mano también a la que viene después de ti, ¿no? Como esa cosa de que si no nos apoyamos entre nosotras, chao, ¿no?
Y pienso que cuando estoy leyendo autoras contemporáneas, incluso manuscritos nuevos, etcétera, siempre hay como esa voluntad también de mirar hacia atrás, cosa que muchas veces, pues ahí está Harold Bloom, ¿no? En plan parece que muchas veces el macho quiere, pues eso, la ansiedad de las influencias. «No, no hay mucho más que añadir. Ya hay un libro entero sobre esa cuestión». Y sin embargo, esa ansiedad de la influencia, traducida a la voluntad de las escritoras, es la ansiedad de llevar la carga, de tener que cargar tú aquí con todas tus Elenas Garros, todas tus Rosarios Ferres, todas tus Anaïs Nin. Es decir, tienes que cargar con todos esos libros de manera agradecida, pero también con un dolor tremendo y un peso tremendo y un esfuerzo físico tremendo, porque si no sientes que nadie más lo va a hacer. Porque mientras que el escritor macho lo que quiere es superar a su maestro y ganar, como diría también Rosario Ferré, la escritora fémina parece que quiere «honrar» y eso lo sigo viendo en los manuscritos que leo ahora.
Esa voluntad ahí como una voluntad un poco guerrera y pandillera también en cierta escritura. Y a mí lo que me interesa también es esa otra que no, que se sabe parte de una tradición y que la honra.
Raúl E. Asencio: Aixa de la Cruz tiene esta idea preciosa al pelearse con el canon de Bloom y con la idea de la angustia de la influencia, que dice que «ella nunca ha sentido angustia, sino que ve a sus antecesoras como un patchwork», ¿no? A la que ella, como mucho, suma una pieza de tela más para formar el tejido.
Luna Miguel: Sí, eso es hermoso. Y estoy de acuerdo.
María Trapero: Hemos hablado un poquito sobre tu labor como scouter, pero hay una cosa que también haces, no sé si de manera remunerada o no, pero que es una especie de «celestinaje editorial», ¿no? Como que bueno, llegan a ti manuscritos, voces que quizás no encajen o puedan tener otro recorrido que no sea necesariamente en Penguin y tú te encargas, como una celestina, de poner en contacto esas voces con aquellas editoriales que puedan funcionar mejor como una caja de resonancia de esa voz.
Luna Miguel: Sí, a ver, evidentemente, pues también tengo que conocer la empresa en la que trabajo y yo sé qué autoras y autores pueden estar ahí y cuáles, o porque ya hay autores con voces parecidas o porque ese tipo de escritura no termina de cuajar. Evidentemente, si algo me gusta mucho, si algo lo envidio mucho, como decía antes, y necesito que más personas lo envidien y lo amen al mismo tiempo, pues evidentemente tengo un montón de amigos editores, tengo un montón de amigos escritores, me muevo en este mundo. No sé relacionarme fuera de este mundo, la verdad. Entonces, no me cuesta nada decir: «ostras, pues por qué no le mandas esto a tal». Es decir, que yo también soy autora. Entonces, yo también, como autora de ciertos catálogos, sé lo que cabe en ese catálogo o lo que podría ampliar ese catálogo también. Entonces, es como si alguien me dice que está escribiendo un ensayo raro sobre no sé qué tema. Yo le voy a decir: «mándaselo a Raúl», porque en Debate a lo mejor el tipo de escritura y el tipo de temas que predominan son otros. Entonces, es como que eso no es remunerado, pero tampoco es, o sea, es natural, es decir, es como hay que poner en contacto a la gente que sabes que va a poder crear cosas, ¿no? Y creo que eso es algo que hacemos si nos dedicamos a esto. Pasa naturalmente, ¿no? No sé cómo os conocisteis vosotros, pero entiendo que ahí también hay una red de contactos, de conocidos que dicen: «Ostras, pues vais a trabajar bien juntos», ¿no? Y eso es lo bueno también. Aunque las redes sociales pueden ser muy perversas, cómo a veces facilitan esas dinámicas que pueden hacer que dos personas que a lo mejor no se iban a conocer de repente acaben trabajando en proyectos juntas.
Raúl E. Asencio: Ahora que hablas justo de internet y las redes sociales, ha parecido al principio de la conversación… ¿Cómo ha ido cambiando tu relación con internet, con las redes? No solo como scouter necesariamente o como escuchadora de voces, sino también tu presencia como autora, o como amiga.
Luna Miguel: Pues aunque parezca que no, siento que cada vez los uso menos. Me da vergüenza usarlas porque creo que ya hay poco que decir. O sea, siento que yo, por ejemplo… Me causa mucho estrés y admiración, pero sobre todo estrés, por ejemplo, unas redes sociales como las de Sabina Urraca, que está constantemente escribiendo textos muy interesantes, como pequeñas columnas de opinión en cada post. Y antes a lo mejor yo tenía la fuerza de hacer eso, pero ahora ya no. Me siento expuesta de una manera en la que creo que todo lo que yo pueda decir en redes sociales no tiene ningún interés. Me mandan las editoriales libros y a veces te dicen: «por favor, sácalo en redes, porque si no, no vamos a vender». Es como: «es que no dependéis de que yo lo saque, o sea, dependéis de que a los libreros les apetezca venderlo, que a los lectores les apetezca tal», pero como que de repente se ha vuelto un lugar un poco hostil. Ahora se me ha salvado un poco con Substack que estoy encantadísima. Rosalía se ha abierto un Substack y es maravilloso. Entonces estoy muy contenta como lectora de que eso exista, pero como que me da la sensación de que yo ya pinto poco en redes sociales, o sea, como que las quiero seguir usando como cuando tenía Fotolog a los trece años, que es subiendo fotos y ya está.
María Trapero: ¿Y crees que pintas poco porque tu vida ha cambiado, tú has cambiado o crees que puedes pintar poco porque han cambiado las redes sociales? Es decir, creo que también ha habido un cambio muy grande en los últimos cuatro años, ¿no? En laos que las dinámicas relacionales, las posibilidades de los textos han cambiado mucho.
Luna Miguel: Sí, sí. Aparte, por ejemplo, yo en mis redes recomiendo libros muchas veces y mi recomendación nunca ha pasado por explicarte de qué va el libro. Es simplemente genuinamente porque me apetece. Subo una foto del libro que estoy leyendo y me está gustando o que me parece interesante, o incluso porque me parece que hace un sol bonito ese día y estoy leyendo un libro hermoso o feo pero que todo cuadra. Es decir, que no hay una voluntad. O sea, yo no puedo poner el micro en el lápiz o en un tenedor o hacer algo súper bonito porque no me sale hablar a la cámara. En la pandemia me hice unos vídeos para YouTube leyendo. Ah, pues, okay, pero de eso para mí hace mil años y al fin y al cabo YouTube es como una caja llena de mierda, entonces como que todo desaparece enseguida. Pero en Instagram yo no me veo a mí misma hablando a cámara. No me veo a mí misma utilizando ese lenguaje de TikTok para el que yo ya estoy vieja y ahí ya es mi hijo el que en todo caso controla y sabe. Pero no me veo ahí, no sé hacerlo, no puedo hacerlo, no me gusta hacerlo, me da vergüenza y. Y por suerte hay espacios ahora en los que la escritura vuelve a tener sentido, ¿no? En los que un texto no compite con mil vídeos. Que hay gente haciéndolo fantástico y divertidísimo. ¿Cómo se llama este chico? [Pere] Bueno o Estrella también. Estrella Alonso se llama, ¿no? Un chico con gafas también. O sea, hay como una... Sí. Pues hay gente haciendo cosas divertidas. Hay gente haciendo cosas divertidísimas, recomendando un montón de lecturas a las que de otra forma yo tampoco llegaría. Mucho Caja Negra. Como que de repente también ves ahí un tipo además de libros que antes no tenían prescriptores en redes y que de repente los tienen. Entonces me da la sensación de que yo ahí soy espectadora. No, no puedo participar. Y también pasa una cosa que de esto me di cuenta cuando publiqué mi primera novela, que llega un momento en el que tú ya no eres alguien que recomienda libros, eres autor y entonces no puedes seguir participando de una red social, que es una comunidad de lectores como si solo fuese el lector, porque van a pasar cosas feas también, te vas a sentir mal, vas a ver cosas que no querías ver. Vas a tener que conversar también de una manera en la que se mezclan muchas cuestiones. Y supongo que en mis redes sociales, en todo caso, soy autora.
María Trapero: Como scouter que en algún momento has tenido raíces en las cositas que se hacían en espacios digitales: ¿cómo de disponibles siguen estando esas bellas raíces? ¿Crees que es más difícil acceder a ellas?
Luna Miguel: No exactamente. También hay mucho engaño. Es decir, que alguien hable bien de libros no quiere decir que vaya a escribir bien o que alguien haya publicado un post muy bonito no quiere decir que eso dé para libro. A veces hay que ir más allá. Muchas veces yo veo sellos que publican cuando alguien, yo qué sé, ha publicado tres viñetas chulas. Ya se han montado un libro de cómic, ¿no? Pero quiero decir que eso ha pasado mucho, ¿no? ¿Cuántas imitaciones de Flavita Banana ha habido? De alguien que petó con una viñeta que se viralizó. Y entonces, de repente, parecía que era alguien de la talla de otra persona que lleva toda su puta vida trabajando una línea gráfica muy determinada y muy reconocible, ¿no? Entonces como que muchas veces Internet engaña en ese sentido, ¿no? Y a veces pues eso creo que pasa, sobre todo con la poesía, ¿no? Los «poetuiteros» y toda esta cuestión que también ha bajado. Es decir, que eso fue un boom en un momento y ahora creo que nadie... Pues sí que hay algunas firmas que siguen ahí, pero nadie está viendo a ver cuál es el poeta viral del que hay que reunir cuatro textos. Entre otras cosas porque ahora sabemos que muchas veces son las inteligencias artificiales las que hacen esos textos, ¿no? Entonces, como que precisamente en un momento en el que todo el mundo puede publicar un texto bien redactado porque te lo ha hecho ChatGPT, pues el reto es más, otra vez, el lenguaje, otra vez, la experimentación con el lenguaje. Otra vez, ver hasta dónde pueden llegar. Qué proyectos raros y especiales pueden salir en un momento en el que todo está tan estandarizado y todo el mundo puede escribir su entrada de Substack sobre: «Amo a mi abuela. Hoy he cumplido treinta años». Es como que todo el mundo puede hacer lo mismo y bien hecho. Pues entonces, cuando todo el mundo puede hacer lo mismo más o menos bien hecho merece la pena buscar un poco más. ¿Quién se atreve a hacer otra cosa más allá de lo bien hecho? ¿Quién se atreve a hacer algo mal? ¡No! ¿Quién se atreve a hacer algo feo? ¿Quién se atreve a hacer algo que no brille tanto? Que no tenga las letras perfectas, que no tenga la duración perfecta, el post o el vídeo o lo que sea. Y para mí ese es el reto y me sirve mucho. No solo Substack, donde creo que hay cosas todavía muy muy chulas por explorar, sino que me sirve mucho también. Yo a veces miro revistas universitarias. A veces el lenguaje académico oculta belleza. O sea, del mismo modo que el lenguaje internetero oculta belleza o realza cosas que no son tan bellas. Yo creo que en revistas en las que publican alumnas y alumnos que están trabajando haciendo sus trabajos durante la carrera o el máster, pasan cosas muy potentes. A ti también, como en una editorial que publica mucho ensayo, pues te deben llegar textos que nacieron de ahí. Y ahí es donde podemos encontrar esa relación con la academia de la que hablaba antes, ¿no? Que creo que está tan poco explorada. Parece que los académicos solo publican textos académicos en sellos académicos y que no se pueda hacer literatura a partir de ahí.
Raúl E. Asencio: Mucha gente, además, que viene del mundo de la academia, harto o encorsetado en la prosa académica, que quiere explorar la investigación desde otro lenguaje y desde otras posibilidades que la literatura, la hibridación de géneros, esta cosa liminal entre varias formas de escritura le permite.
Luna Miguel: Sí, y con el periodismo pasa un poco parecido. Pues yo qué sé, yo siempre sueño con un libro de Lorena Maldonado. O sea, qué debe ser un ensayo sobre sobre ser estupendo, ¿no? Ella siempre tiene esta teoría de la autenticidad, ¿no? Que ella detesta los famosos que cuando hacen entrevistas y tal. El tema de la autenticidad siempre está ahí, ¿no? Yo me imagino cómo sería un libro de Lorena Maldonado sobre la autenticidad, ¿no? ¿Una teoría de la autenticidad? ¿Un elogio de la autenticidad? Yo qué sé. Pero como que de repente también lo mismo que pasa en la academia pasa en el mundo del periodismo, ¿no? Que sí, que es verdad que venimos de una época en la que mucho columnistas... Bueno, pues yo qué sé, una podríamos decir que Jabois, Caparrós, Guerriero, etcétera, son como grandes voces del momento que vienen del periodismo. Pues yo creo que todavía hay mucho ahí. Y una Beatriz Serrano que ya venía de BuzzFeed, es decir, que ya venía de un lenguaje de: «cinco gatitos que te sorprenderán» y de repente es best seller esta semana, no sé si en el New York Times, con una novela sobre la ansiedad en cierto modo. Entonces como que ahí también, pues hay que ver, el reto ahí es retarles, valga la redundancia, a que salgan también del lugar de confort un poco y que un periodista publique un libro que no sea solo una recopilación de sus cuatro artículos más exitosos, sino invitarles a que haya algo más, a investigar un poco más, a arriesgarse un poco más en el lenguaje, salirse del lugar de comodidad.
Raúl E. Asencio: Has hablado justo hace un minuto de la confluencia de distintas facetas. Tu faceta como autora se solapa o puede ser problemático con la faceta de editora, de scouter o de prescriptora, ¿no? Nos interesaba la idea también de cómo a la hora de la propia escritura esta exacerbada conciencia de los mecanismos del texto que como editora y como lectora profesional debes tener para localizar inlfuye, aunque en el origen todo nazca una intuición, tienes que poder comunicar qué es lo que funciona, qué es lo que, lo o lo que no funciona para que el autor pueda arreglarlo, ¿no? ¿Esta consciencia o conocimiento de los mecanismos del texto, de alguna manera, se da la vuelta y afectan la escritura? ¿Lo extraña de alguna manera? ¿Te ayuda? ¿Te molesta? Bueno, ¿cuál es esta relación o solapamiento?
Luna Miguel: Sí. A veces es odioso ser autora porque sabes que sabes que no llegas a lo que tú le pedirías a otra persona. Sabes que lo que te interesa a ti podría no interesarle absolutamente a nadie, que es otra vez Luna, hablando de Nabokov, ¿sabes? Pues al final es lo que me gusta. O sea, me gusta porque al final soy la contradicción pura. Me gusta como autora poder seguir haciendo lo que me dé la gana. No hay otra cosa. Todos esos otros lugares a los que sé que yo no puedo llegar porque mi escritura… Porque yo no sé hacer una novela, no sé si convencional, pero una novela… Yo no sé hacer Los escorpiones, yo no sé hacer Cambiar de idea. Yo no sé hacer Pos-coño, yo no sé hacer Reina, yo no sé hacer Olor a hormiga. Yo no sé hacer muchas cosas. Entonces, voy a intentar hacer lo que me apetezca. Muchas veces a los autores les exigimos llegar a todas partes y ganar todos los premios, tener todas las becas, salir en todos los suplementos, hacer todas las cosas. Siguen una serie de pasos. Cuando ya llevas un tiempo trabajando ahí, te das cuenta de que a lo mejor si haces lo que te da la gana y no te no tienes la presión de cumplir con todas esas cosas, pues lo mismo también está bien y no pasa nada. Entonces, de lo único que me he dado cuenta, lo único que me he exigido a mí misma en estos últimos años es: «haz lo que te divierta como escritora». Para cumplir con ciertos estándares ya podrás experimentar también como editora o ya podrás acompañar el trabajo de otras personas que sí, que además quieren llegar, que sí, que les apetece ganar ciertos premios, que sí que les apetece que les traduzcan a no sé cuántos idiomas. Hay gente que sí que desea eso porque es reconfortante también de repente tener todas esas cosas, ¿no? Pero yo creo que no, no es no es lo que quiero ni necesito ahora mismo.
Raúl E. Asencio: Y luego también está, digamos, como la otra cara de la moneda. ¿No? Imagino que las veces en las que estés editando un texto de un compañero de trabajo, de un amigo, de un autor que esté a cargo de Penguin, imagino que también hay una, no sé si decirlo, generosidad o un gesto de concederle o prestarle ideas que como escritor o quizá, bueno, un diálogo, en todo caso, no es tanto como como un regalo, pero sí como poder ponerte en el lugar del escritor y tratar de ofrecer una alternativa o una solución a un problema que tiene.
Luna Miguel: Sí, a ver, al final esos son problemas que son de otro y como tú dices, pues es una especie de: «Oye, qué tal si…». Pues como cuando te cuentan que están a punto de separarse o no sé qué.. Es decir, al final son consejos amorosos pero con la escritura. O sea, es su problema. ¿Sabes? Tú no eres la que se va a divorciar, es tu amiga. O tú no eres la que se va a liar con ese o con ese otro. Es tu amiga, ¿sabes? El dolor lo tendrá que llevar esa persona, no tú. En todo caso, aconsejas y las decisiones las toman los otros. Y eso también está divertido de este trabajo: no imponer. Yo detesto mucho esa manera de editar de: «o lo haces así o esto no saldrá publicado». Me parece un poco cruel también. Me gusta cuando simplemente das otras opciones en plan: «oye, mira, es que aquí estás citando mucho a este autor y a lo mejor no merece la pena que metas tanta cita o que metas tanta movida». Por ejemplo con mi agente. Ella me aconsejó no meter citas en mi último libro, sino parafrasear también para ahorrarnos problemas de copyright y demás. Que es una cosa en la que también piensas, dices: «Joder, si la literatura es citar, la literatura es citar a los otros». Lo hemos dicho antes, es llevar en el ADN como todas esas cosas de las de los que estuvieron antes. Pero me pareció bien porque eso le dio a mi personaje, que al fin y al cabo está haciendo una conferencia, una representación de una conferencia, le dio su propia voz. Ya no era una ensayista citando, sino yo creando un personaje que recuerda una cita. Y pensé: «gracias a Dios que está esta persona me ha dicho que tengo que trabajarlo así para que el texto fluya, ¿no?». María Cardona es mi agente. Y me lo explicó tan bien que tenía que hacerle caso. Y el libro sería otro, sería una cosa mucho más ensayística y mucho más centrada en qué dijeron los otros y no en qué puede decir mi personaje, ¿no? Entonces sí. Si yo consigo que mi vida sea dar esos sabios consejos a los demás, pues estaré contentísima, porque al final el trabajo de un editor también es eso, dar sabios consejos.
María Trapero: De la misma manera. Lectura y escritura se funden, y también aparece ahí la edición. ¿De qué manera las obsesiones de la escritura, que son obsesiones de la lectura, llegan a la edición?
Luna Miguel: Sí. O sea, completamente. Los informes de los que os hablaba antes de tendencias, es lo que tengo que hacer cada mes en mi trabajo, beben también de la escritura, beben de las obsesiones mías y a veces beben también... Y espero que no me escuchen, ¿no? Pero evidentemente hay cosas que yo quiero que funcionen y digo: «esto va a ser tendencia», pero porque yo quiero que sea tendencia, no porque vea indicios. Veo indicios, evidentemente. Pero también quiero que esto exista. O sea, yo estoy convencida de que «los rusos» están de moda. Evidentemente, yo quiero que «los rusos» estén de moda porque me encanta la literatura rusa, pero es una realidad. ¿Cuántos memes hay de «mi novio leyendo Dostoievski» y yo no sé cuántos? Pero está vendiendo una barbaridad el Dostoievski. De repente todos los chicos leyendo Dostoievski, todos los hombres leyendo Dostoievski. Te vas a Forocoches y a todos estos foros de Talk y hablan de libros y siempre están citando a Dostoievski. ¿Qué pasa? Pues ahí hay algo, evidentemente. Yo quiero que la gente lea rusos, quiero que la gente lea. Es una escritura que me encanta, pero al mismo tiempo sé que es una tendencia, entonces como que hago mi trampita por un lado, pero joder, son trampitas que encuentran su justificación de repente, ¿no? Y eso hace que sea muy placentero también trabajar, porque al final es tu obsesión y entonces pues vas a hacer todo lo posible para que todo se mezcle, ¿no? En mi club de lectura, por ejemplo, muchas veces las lecturas que tengo son cosas que que sé que yo quiero trabajar en el futuro o que tienen que ver con lo que estoy trabajando y entonces involucras a treinta personas a leer contigo, algo que en realidad es un poco egoísta porque es algo que a ti te apetece mucho leer. Pero joder, esa gente sí quiere acompañarte y quiere estar contigo y quiere aprender de eso. Pues yo encantada. Y si encima lo que aprendo en el club de lectura luego alimenta mis informes de tendencias que muchas veces pasa.... Muchas chicas de mi club de lectura han publicado libros o forman parte incluso del catálogo de algunos de estos sellos de los que hemos estado hablando. Pues eso ya es maravilloso, porque ahí se mezcla todo. La cosa es no salir de casa y seguir en pijama y llegar a todo en pijama.
María Trapero: Vale, una pregunta casi burocrática. ¿Cómo es un día tuyo? ¿Qué haces? ¿A qué hora te levantas? ¿Qué comes? ¿Cuándo te vas a dormir?
Raúl E. Asencio: Esta es una fijación de María muy fuerte de las últimas semanas...
Luna Miguel: Es que depende mucho. Depende de si estoy con mi hijo, si no, y depende de si estoy en Madrid o si estoy aquí, en Barcelona. Y depende de si aquí está mi pareja o no. Entonces, si estoy sola, me levanto lo más tarde posible. Si estoy acompañada, me levanto muy pronto porque preparo el desayuno, llevo al niño al cole, hago cosas y me estoy todo el día currando. Por la mañana en la editorial y a partir de por la tarde ya empiezo con lo mí. Ya por la tarde pues… Es el club de lectura, pueden ser mis lecturas, puede ser también salir a hablar con amigas, porque hay que a veces soltar. Viajar también… Pero suele ser por la mañana edición, por la tarde lectura y por la noche escritura. Más o menos. Y también depende de la época del año. A mí me gusta escribir en invierno sobre todo. En verano es más bien lectura.
Raúl E. Asencio: Bueno, ya para ir terminando. Luna, no sé si, entre toda esta mesa, quizá quisieras señalar o mencionar o contar la historia de tres libros en los que tú hayas participado y has recomendado, de los que te sientas especialmente orgullosa. Han salido ya muchos. Pero bueno, quizá podamos en esta fase final comentar otros pocos más.
Luna Miguel: Pues a ver, por ir hacia atrás. Este libro raro [El sueño de Vishnu]. Esto es un poemario que salió en El Gaviero. Es un autor mexicano que me escribió en la época de Tenían veinte años y estaban locos para mandarme sus poemas. Me mandó un poema que es una especie de canto generacional hermoso. Él es David Meza, es muy heredero de Raúl Zurita y de una tradición de poema largo en América Latina y demás. Y entonces me mandó un... Me dijo que su poemario tenía como quinientas páginas y que bueno, que lo estaba escribiendo y yo se lo propuse a mi madre. Ella me dijo que le encantaba el autor. Quería publicarlo por partes. Iba a hacer como tres o cuatro libros hasta poder publicar El sueño de Visnu entero. Y entonces cuando mi mamá murió, lo que hice fue decir: «venga, no puedo cerrar esta editorial sin que salga todo El sueño de Visnu entero». Así que pues aquí lo hicimos. Salieron, no sé, no sé cuántos ejemplares. Lo pondrá por aquí. Este es el número ochenta y siete de unos cuatrocientos cuarenta y cuatro o trescientos treinta y tres. No me acuerdo exactamente. Conseguimos traer al autor a España. Era la primera vez que viajaba al extranjero. Y fue curioso, divertido, raro y maravilloso. Y el libro es una locura inencontrable. La verdad, no se ha vuelto a reeditar. Creo que ahora lo van a reeditar en México. Ojalá.
Para ser más breve, pues un libro que me llegó por mail fue Olor a hormiga de Júlia Peró, pero que ha sido un éxito, la verdad. Y ella es maravillosa. Y ahora, por suerte, también buena amiga. Esto que decíamos de que a veces los autores se convierten en amigos. Júlia tenía muchas dudas porque ya había publicado su poesía, pero quería encontrar una editorial con la que trabajar la narrativa. Y antes de que este libro sucediera y encontrara su lugar, pues tuvimos varias reuniones y conversaciones para redirigir un poco el texto. A veces también eso, a veces amigos o conocidos me mandan manuscritos y yo les digo: «a ver, antes de mandar a una editorial intenta corregir esto tal», porque más o menos tengo conciencia de qué es en lo que en lo que sé que un editor se puede fijar y de qué se puede enamorar. Y con ella pues trabajamos eso un poco la forma y demás. Y creo que bueno, que el resultado es bueno. Luego la edición con Berta Pagés ha sido bestial y el libro es muy divertido y terrible.
Y no sé, por ejemplo, Charo Lagares. Este [Sevillana].... Quizá yo no he sido la persona, o sea, no me considero ni scout ni nada. O sea, mi participación aquí ha sido puramente como editora. Estuvimos trabajando el texto juntas mucho tiempo. Hay varias voces en el texto y una de ellas es un monólogo interior de una madre pija sevillana de unos cincuenta y muchos, sesenta años. Y entonces era un reto también escribir una novela que tiene tres voces narrativas distintas. Y fue María Fasce quien me dijo: «Creo que juntas vais a trabajar bien, así que métete de lleno en esta novela». Y claro, yo la conocía como periodista. Ella trabaja ahora en El Mundo, creo, y antes estaba en no recuerdo qué revista femenina de moda trabajando. Y la verdad es que no podemos ser más distintas estéticamente, literariamente. Pero para mí fue increíble. Esta historia trabajarla con ella y creo que fue el primer libro que edité sin que viniera de mí, sin que viniera una autora que yo hubiese trabajado antes o conocido antes. Entonces es una historia que recomiendo muchísimo. Un mundo de pijerío andaluz en Madrid. Fachalecos. Cortijos. Fiestas en cortijos. Como un mundo pijo maravillosamente tratado. Y claro, ella viene del mundo de la moda también. Entonces describe la ropa, describe los olores, describe las texturas de una manera fantástica.
María Trapero: Nos apetecía mucho en estas conversaciones ir haciendo una pequeña biblioteca epicantiana. Te queríamos preguntar si podrías hablarnos de algún libro fetiche.
Luna Miguel: Uf, A ver, yo creo que el libro de mi vida seguramente sea El libro de Monelle de Marcel Schwob. No sé. ¿Fetiche en qué sentido? Es un libro que heredé de mi madre. Mi madre me lo recomendó y tengo su edición de Hiperión. Súper bonita y preciosa. Luego lo traduje para Demipage, hice mi propia traducción de ese libro. Me compro todas las ediciones que puedo. De hecho, me compré también… —Me dejé un dinero que no debería haberme dejado. Pero bueno, por esta cosa del fetiche, ¿no?— En una edición ilustrada por Leonor Fini, que es una pintora surrealista que siempre me ha gustado mucho y que de repente vi que bueno, que esa edición existía y que se podía comprar por internet y que las ilustraciones de mi libro favorito por una de mis artistas favoritas eran accesibles de repente o la magia quiso que fueran accesibles de repente. Entonces ese libro medio filosófico, medio poético, medio de cuento, medio un poco de una relación un poco pedófila también de un poeta de veintitrés años con una prostituta de doce. Bueno, una cosa un poco extraña que a mí me encanta y que forma parte de mi ADN. Y en redes sociales soy @lunamonelle desde que tengo uso de razón. Entonces es como, bueno, el libro de mi vida. Sí.
Raúl E. Asencio: ¿Y un libro sobre libros.?
Luna Miguel: A ver, hay muchísimos. Y contigo, Raúl, nos mandamos whatsapps recomendándonos libros sobre libros constantemente. Pero sabes que hay muchos que odio. Pero a ver, evidentemente El último lector de Piglia para mí es como una especie de religión. No sé, es como toda la teoría sobre la lectura que más me interesa está ahí expresada. También es un libro macho por excelencia. Creo que no habla de una sola mujer a lo largo de todo el maldito puto ensayo, pero seguramente estaría ahí. Aunque si vamos a tirar de novedades, me gustó mucho el de Raquel F. Cobo sobre la conversación literaria, sobre la amistad literaria, sobre la amistad a partir de los libros y de las lecturas. Además, ella hizo creo su tesis sobre Ricardo Piglia. Entonces hay como una continuidad, ¿no? Para quien eche más en falta como una parte más relacionada también con la ternura y los cuidados entre lectores en el Último lector, pues tiene que leer sí o sí a Raquel Cobo. El arte de la conversación literaria, se llama. Y bueno, yo los pondría juntos en esa biblioteca vuestra, los pondría de la manita así, para para ver por un lado la cabronería de Piglia y por otro lado la ternura también cabrona de Raquel.
Raúl E. Asencio: Bueno, pues con este arte de conversar literario yo creo que te podemos soltar ya. Bueno, no se ve en cámara, pero hace calor, no te hemos dejado comer. Gracias de verdad.
María Trapero: Muchas gracias Luna por tu generosidad.
Luna Miguel: Gracias a vosotras, súper bienvenidas.