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En este primer episodio hablamos con Enrique Redel, editor y fundador de Impedimenta. La conversación nace de una cuestión habitual en nuestras charlas: la de la vocación, movilizadora en su pasión ciega y pérfida por lo que en ocasiones sepulta. Empezando la genealogía con un niño de ocho años que fotocopiaba fanzines e iba vendiéndolos a familiares y amigos, Enrique nos cuenta sobre el origen de su vocación y sobre cómo llegó a construir una de las editoriales más queridas y reconocibles del ámbito independiente.

Charlamos sobre la edición de clásicos contemporáneos, e indefectiblemente, sobre la cuestión del canon literario. En este sentido, Impedimenta ha ido forjando su identidad editorial a través de la exploración de un exocanon, o también diríamos en este caso, de una cartografía que es un canon personal. Pequeñas obsesiones que configuran el carácter de la editorial: desde la caza de la cubierta adecuada —ese primer gesto del libro—, hasta el rol fundamental de los traductores como herederos de los antiguos gabinetes de lectura. Todo esto motorizado por la pulsión motriz del entusiasmo, termodinámica editorial la llama Enrique, que consigue atravesar todos los eslabones de la cadena del libro hasta llegar a las manos del lector. Y como no, hablamos sobre la lectura. La lectura como un placer que a veces los editores tienen que reaprender.

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Raúl E. Asencio: ¡Hola, Enrique! ¿Qué tal? Muchísimas gracias por recibirnos en la sede de Impedimenta y por inaugurar este proyecto, esta cosa llamada Epicanto. Queríamos empezar haciéndote partícipe de una de las conversaciones que María y yo solemos tener: siempre que se habla de los trabajos relacionados con el libro, parece que la palabra edición viene acompañada de la idea de vocación, ¿no? Le hemos dado muchas vueltas a este concepto. No siempre estamos de acuerdo. Es verdad que la vocación puede ser un motor muy potente, y el entusiasmo que trae consigo puede llevarte lejos, pero también la vocación opaca y esconde muchas cosas que no son del todo positivas: la falta de medios, la precariedad, los deadlines draconianos y agonizantes con los que trabajamos.

María Trapero: Sí, es también a veces algo identitario, un poco incluso caprichoso, y muchas veces nos aleja de esa primera vocación que nos lleva a la edición, que es la lectura. La posibilidad de compartir esa constelación de libros, de intereses, se pierde porque está la burocracia, están ochenta mil cosas que nos mantienen alejados de ese placer iniciático. Entonces, nuestra pregunta es la siguiente: después de haberte escuchado en varias entrevistas, creemos que la cuestión de la vocación es algo que te atraviesa mucho. ¿Cuál es tu mito fundacional de la vocación y qué relación tienes con ella?

Enrique Redel: Bueno, bueno, lo primero es una de estas preguntas que yo también me hago constantemente. A ver, en esta reflexión hay dos caras. Está la cara de la auténtica condena, que es, en cierto modo, ser editor. Recuerdo unas palabras de José Luis Sampedro, un escritor al que yo admiraba mucho. Cuando le preguntaban: "¿Qué le dirías a un joven escritor que está empezando?", él decía: "Si puede, que lo deje". Puede sonar muy drástico, pero con la edición pasa igual. Es una profesión tremendamente sacrificada, tremendamente vocacional. Yo siempre le digo a la gente que trabaja con nosotros que si no se lo creen lo van a pasar muy mal, porque convives con tu oficio veinticuatro horas al día. Yo sueño que hago libros, sueño que trabajo en una librería, sueño que estoy rodeado de libros y todo mi círculo es de gente del libro. Y eso, al final, marca y carga muchísimo la manera que tienes de ser.

En mi caso, además, la vocación viene de una manera muy natural. No vengo de familia de editores, ni de intelectuales. Mi padre era un señor normal, comercial de una empresa. Mi madre era ama de casa y yo no vengo del mundo del libro.

Recuerdo una vez, hace un tiempo, que de pequeño, con ocho años en Hoyo de Manzanares —un pueblo que está aquí cerquita, donde mi familia tiene una casa—, mientras que mis primos se dedicaban a jugar al fútbol o al escondite, yo me metía debajo de una encina. Hacía libros: los dibujaba yo mismo, plagiaba cosas. Hacía de todo. Pedía dinero prestado a algún familiar o a mi padre, fotocopiaba los cacharritos y luego los vendía. En cuarto de EGB yo tenía un negocio montado de vender cosas: vendía periódicos usados, hacía fanzines. Siempre fue algo que estaba dentro de mí y de ahí viene un poco. Es decir, el hecho de utilizar el talento ajeno —en mi caso, yo que sé, Espronceda, al que plagiaba y firmaba con mi nombre—, reproducirlo por un medio mecánico y venderlo para sacar un beneficio económico. O sea, ya estaba dentro de mí. Y luego, además, era el que siempre recomendaba en clase con pasión los libros que leía, el que siempre estaba intentando convencer a los demás de que leyesen.

Con lo cual, para mí la edición es algo consustancial. Pienso muchas veces que me da envidia esa gente que se va a casa y se olvida de lo que hace. Y a la vez me da mucha pena porque no tienen como una especie de objetivo en la vida. Yo no podría dejar de editar. No soy escritor porque no me importa escribir, pero no estar rodeado de libros y no estar siempre ideando cómo hacer que esto funcione mejor, para mí, es consustancial.

Pero eso, al final, tiene ese reverso oscuro: el estrés. No hay ni un día que no piense en dejarlo. De verdad. Hay días buenísimos en los que soy tremendamente feliz y días en los que soy tremendamente desgraciado. Y tiene que ver con los libros que vamos publicando, con si consigo un autor, si consigo que una portada quede bien, si consigo que haya esa especie de flujo energético que es tan interesante. Hay veces que me hacen muy desgraciado, pero luego no puedo vivir sin los libros. Es una condena, ¿no?

Raúl E. Asencio: ¿Y cómo madura esta vocación desde esos primeros plagios comercializados con ocho años? ¿En la adolescencia se sigue materializando? ¿Ha evolucionado esto hasta que montas la editorial o empiezas a trabajar en el mundo editorial?

Enrique Redel: A ver, yo de manera natural hacía fanzines, dibujaba, hacía cómics, organizaba también cómics en mi clase, era el que hacía la revista del colegio. Era un poco la manera natural. Luego me meto en Derecho, una cosa que... bueno, que hay que buscarse un poco el futuro. Me convencen de que con Derecho voy a tener mucho futuro, me meto en la carrera y conozco a Pilar —mi mujer ahora, Pilar Adón, que es escritora—. Ambos nos complementamos. Ella tampoco quería hacer Derecho, pero acabamos la carrera y yo durante esa época me dedico un poco a corregir sus textos, a opinar. Empiezo a estar metido en este mundillo.

Y mientras ejerzo —a los veintitantos años— me hago muy groupie de editoriales, voy a las presentaciones. Participo en concursos de informes de lectura que gano. Pilar ganaba todos los premios literarios. Yo ganaba siempre los de la editorial.

A los treinta años, ya muy rebotado del mundo del Derecho, en el que además todo el mundo me decía que no servía para eso...

María Trapero: ¿Ejerciste?

Enrique Redel: Ejercí, además del lado de la patronal, o sea que era malvado. Pues a los treinta años empiezo a trabajar en una editorial y empiezo a aprender a golpes, que es como se aprende. A mí nadie me enseña realmente, nadie me da un curso, nadie me dice: "Oye, mira, esto va de tal manera". Yo empiezo a maquetar por las bravas, a corregir, a hablar con distribuidores, empiezo a ir a las librerías, a elegir títulos, hasta que en el año dos mil siete, después de siete años trabajando por cuenta ajena, monté Impedimenta con Pilar y con otra socia que ahora ya no está.

Siempre ha habido una especie de labor en la que yo he estado muy encima del mundo no literario —porque muchas veces lo literario no tiene nada que ver con la edición—, en el mundo del libro, de librerías, de compaginar un poco tu vida con lecturas, con recomendaciones, con ir un poquito más a rascar. Fui lector de varias agencias literarias, fui lector de Alianza Editorial, por ejemplo. Te empiezas a dar cuenta de que tu vida verdadera está ahí. Trabajaba de una cosa y mi vida era otra, hasta que empecé a vivir también de lo que me gustaba, que es esto, ¿no?

María Trapero: Y por rascar solo un poco, ¿cómo fue esa primera experiencia editorial, ese tiempo que estuviste trabajando por cuenta ajena? ¿Cómo era entonces el mundo editorial y cómo era para un joven muchacho?

Enrique Redel: A ver, yo estaba fascinado, aquello me encantaba. Yo adoraba a todo el mundo. Yo sufro insomnio. Ahora ya lo voy domando, duermo mejor. Pero durante una época yo dormía fatal y el momento en que empecé a dormir un poco mejor fue cuando empecé a ser editor, porque de repente todo me salía de manera natural. Yo entonces me creía muy listo, me creía un genio total. O sea, no tenía ni idea. Ahora, después de muchos años, es cuando estoy empezando a dudar de todo. Ya no tengo muchas certezas.

Pero recuerdo que ese aterrizaje para mí fue fascinante, también muy contingente, porque yo no me llevaba bien con mis jefes. Yo siempre fui una piedra en el zapato. De hecho, de las dos primeras editoriales en las que yo trabajé me despidieron. No porque fuera malo, sino porque suplantaba al jefe. Yo llegaba y suplantaba. Y fue como un momento de mucha lucha también con los criterios que me querían marcar, que yo no veía que fueran correctos. Y de hecho, durante esa época yo ya tenía unos cuadernos donde iba apuntando cosas, y cuando monté Impedimenta tenía cientos de títulos planteados. Sabía perfectamente lo que iba a hacer y ya por fin dije: "Bueno, lo voy a hacer a mi manera".

Fue como una especie de aprendizaje, de lento aprendizaje —parafraseando a Pynchon— que me hizo editor. Al final, la edición es una vocación, pero también es un oficio, un montón de oficios. Tienes que ser un buen diseñador, un buen vendedor. Tienes que tener un poquito de cabeza para los negocios, para el dinero, tienes que tener mano izquierda para las relaciones públicas. Tienes que entender bien a los libreros, a los escritores. Al final, todo eso es un montón de cosas que vas aprendiendo a base de roce.

Raúl E. Asencio: Ahora que has mencionado el diseño: otro de los grandes pilares del éxito de Impedimenta creo que tiene que ver con la idea del libro bello, ¿no? Al comienzo tenían esta imagen modernista, vibrante, con motivos florales, animales... ¿Cómo se concreta esta estética en el origen de Impedimenta y cómo ha ido evolucionando? Los lectores atentos se habrán dado cuenta de que ha habido una evolución. Recientemente habéis cambiado la caja, el diseño. También ha aparecido la colección nueva, quizá más sobria, más minimalista... ¿Cómo se concibió en el origen y cómo ha ido evolucionando?

Enrique Redel: Claro, yo, como os he dicho, era dibujante. Cuando era adolescente dibujaba y siempre he tenido una especie de ojo estético. Yo me he comprado los libros por la pinta. Hombre, evidentemente no voy a comprar algo que no me interese, pero de repente, si el libro era bueno y bonito, yo lo compraba. Yo me he comprado libros por la pinta. Entonces, para mí el libro no es solamente un contenido, sino que también es un continente. Y la historia está en que, cuando monté Impedimenta, yo ya venía haciendo lo mismo en las editoriales donde estaba. Intentaba que las portadas fuesen chulas, bonitas, que fuese agradable pasearlas, que fuesen un objeto de deseo.

Y para mí era fundamental. Esto nos ha marcado mucho a todos los niveles. Elegíamos unos materiales imposibles, unos verjurados... El verjurado es un papel poroso que, como no está plastificado, chupa la tinta y la tinta, cuando entra dentro —esto lo aprendes a golpes—, no se ve, no aflora. Entonces hemos tenido que buscarnos la vida muchísimo.

Está claro, a mí lo que más me gusta de este oficio es hacer portadas. Soy muy feliz. Soy muy feliz y muy desgraciado. Soy muy desgraciado haciendo portadas, lo paso muy mal, pero cuando de repente encuentro una portada que está bien, soy feliz, soy dichoso. Es el momento casi como de la caza, como de encontrar un libro que te gusta y transformarlo. Luego ya, cuando llega y veo que ha quedado bien, estoy feliz. Y lo que pase con él, de verdad, creedme, ya me importa bastante poco. Intento que funcione, pero para mí lo interesante es que el libro sea bonito. Y además creo en las editoriales que hacen libros bonitos, porque es un asunto de respeto. Si alguien se ha tirado cinco años escribiendo una novela, qué menos que un editor apueste por un libro bonito, bien cuidado, con una buena caja, una buena maquetación, bien corregido, que se abra bien, que no sea una cosa asquerosa. Todo va de la mano. Al final, es una cuestión de respeto a los oficios del libro.

Raúl E. Asencio: Si me permites, quiero contar una anécdota que me sorprendió mucho cuando coincidimos en Polonia. Me contaste que habías pasado la noche anterior prácticamente sin dormir, buscando las cubiertas en Pinterest, en portafolios de ilustradores para concebir las novedades que estaban a punto de salir.

Y recuerdo que en los ratos muertos sacabas el móvil y nos decías: "Mirad estas, ¿cuál os gusta más? ¿Esta?" Y claro, yo ahí dimensioné un poco la importancia que tienen las cubiertas para ti.

Al margen del respeto por el autor, también nos gusta la idea de que el libro es una obra colectiva y hacer partícipe a un ilustrador de ese objeto libro refuerza esta idea. Pero en un término ya casi más pecuniario: ¿cuánto puede influir una portada en el funcionamiento del libro?

Enrique Redel: Totalmente. Al final, esto a lo mejor es una simplificación, pero yo tuve un profesor de edición —fui a un curso que se convirtió más en un diálogo que en una mentoría—. Este señor, José María Rodero —el hijo del actor famoso clásico—, decía: hay una frase clásica en la edición: "Los lectores son como los cuervos, van a lo que brilla". Es muy simplificado, simplifica mucho todo. En una mesa de novedades ves muchas cosas y tú te vas a lo que realmente te llama la atención.

El hecho de que haya una portada bonita significa que mucha gente va a tener el impulso de tener ese libro en las manos. Yo mismo, si veo que un libro está mal hecho, no me lo compro. Es así. Y sin embargo, si veo un libro bien hecho, curioso, jugoso, me llama mucho la atención, me lo compro. Hay gente que dice: "No, no, es que los libros hay que hacerlos también un poco feos, sobrios...". Yo no creo en eso, ¿vale? Yo creo que un libro bonito... hay un veinte o treinta por ciento de gente que se lo va a comprar más que un libro feo. O sea, eso es a nivel comercial y me daría mucha pena que un libro pasara desapercibido.

Y hay muchas veces que tengo libros aquí por la pinta, libros que no voy a editar y me gustan. Es decir, creo que esa parte un poco irracional que es el flechazo, la tengo muy clara. Para mí, la literatura o la edición es también un deporte de contacto.

María Trapero: Sin duda, las cubiertas son la primera puerta, el primer acercamiento, la primera voz que repiquetea alrededor de un libro.

Enrique Redel: Sí, sí, claramente hay portadas grandiosas y hay libros que te llaman la atención por lo curiosas que son, por la idea que transmiten o por las sensaciones. Eso está muy claro.

María Trapero: Siguiendo la estela de publicación de Impedimenta, creo que no sería inapropiado decir que es una editorial de clásicos contemporáneos. Y, de alguna manera, cuando pensamos en el concepto de clásico contemporáneo, asoma muy rápido otra idea: la del canon literario. ¿Cómo te relacionas con él? ¿Crees que en Impedimenta buscáis construir un canon literario de literatura contemporánea? ¿O es, más bien, un exocanon?

Speaker 1: Sí, claro que es eso, un exocanon. Mira, hay una idea, el concepto Impedimenta, que es muy interesante. Lo pillamos así un poco porque había una broma privada entre Pilar y yo. Yo, cuando salgo, siempre voy —bueno, no sé si al despacho— pero siempre voy con una mochila cargada de libros. Siempre salía con los libros. Y, bueno, así estamos todos de la espalda: editores, libreros... es un trabajo muy físico. Yo siempre iba con los libros que me iban a acompañar a lo largo del día o la semana.

Además, todos tenemos una biblioteca que se conforma con los libros que elegimos y que definen nuestro gusto. Yo lo que quería con Impedimenta era conformar el gusto de un lector como yo, libros que yo consideraría fundamentales para mí. Y en ese sentido, casi todos los editores que admiro son creadores de una idea, de un camino, de un itinerario. Y ese itinerario es un canon personal, unos gustos que compartes con tus lectores o con tus amigos, con aquellos que quieres.

El criterio fundamental a la hora de elegir un libro es que me mueva y me llene, que sea un libro que yo consideraría necesario para mí.

No os imagináis la cantidad de libros que me han ofrecido, no me han gustado y luego han sido ultra éxitos. Y soy feliz y dichoso cuando eso ocurre. Escribo a los autores y les digo: "¡De verdad, enhorabuena, lo habéis petado!". Porque para mí lo importante no es hacerme rico con los libros, sino sacar los libros que me interesan. Ese canon es, al final, lo que yo comparto. Es un deporte de contacto, una cuestión de crear tu propia estantería. Y para mí eso está claro.

Por eso también el catálogo ha ido cambiando. Empezó con clásicos como Stendhal, Flaubert o Sōseki, y ahora casi todos nuestros autores son autores vivos que intento que tengan recorrido. Compramos varias obras de los autores: de Gospodínov tenemos cinco obras, de Evelyn Wood tenemos unas cuatro, de Starobinets cuatro obras por publicar. Compro autores más que libros, porque al final crees en esa trayectoria más que en el libro que va a ser un bombazo. E incluso hay autores y autoras que funcionan peor, pero yo apuesto por ellos, los adoro y venden poco, pero da igual.

María Trapero: Una pregunta en relación a eso. Ese canon personal, ¿de alguna manera se alimenta de los olvidos del canon general? ¿Qué olvidos son esos? ¿De qué se ha podido alimentar Impedimenta? ¿Qué coyuntura editorial existía en ese momento para que ahora exista el catálogo que tenéis? ¿Qué huecos había?

Enrique Redel: Claro, es que en aquella época —hay muchas editoriales que nos llamamos editoriales de rescate: Libros del Asteroide, Nórdica, Periférica... algunos estamos en Contexto— había muchísimos libros. Yo recuerdo que en ese cuadernito tenía apuntados títulos a mansalva. Y después de quince o veinte años, el noventa por ciento han sido publicados ya, aunque no por mí, sino por otras editoriales.

Y lo primero que hice cuando monté Impedimenta fue irme al catálogo de... Mira, tengo ahí las fotocopias de Penguin Modern Classics, de Adelphi, de Gallimard. Me descargué el catálogo histórico entero, un tocho así. Iba revisando, mirando si estaban publicados o no, y al final vas al hueco. El poder que tenemos los pequeños es que, cuando vas a las ferias, te ofrecen diez libros al final. Pero si te vas a las librerías... yo recuerdo en la Feria de Londres ir a Down books y hablar con el librero y decirle: "Oye, ¿qué es lo que hay aquí? ¿Qué es lo que mola?". Me decía: "Este, este, este y este". Y decía: "Pues fíjate". Nadie se había fijado. De repente ves libros que han pasado súper desapercibidos. Yo voy a la feria y digo: "Sácame el backlist". No quiero el frontlist, quiero el backlist. Me miran raro, pero creo que esos libros que son chulos, que no han funcionado a otros, son buenísimos y muchas veces sacas cosas muy buenas.

La librería de Penelope Fitzgerald era un libro desechado por una gran editorial. Tenían la traducción ya hecha y pagada, pero como no les había funcionado otro libro de la autora, dijeron: "No nos interesa". Y nosotros hemos llegado a vender cincuenta mil ejemplares. La hija de Robert Poste, que fue nuestro primer libro que vendió mucho, es un libro que yo me compré en Oxford, del año treinta y cuatro, y nunca se había publicado en España porque nadie había apostado por él. ¿Por qué? Porque no estaba en las grandes apuestas de las agencias literarias. Hay que ir, como sabéis, por los márgenes y por la parte de atrás a ver qué se ha dejado la gente, que muchas veces son maravillas y puedes vender cuatro o cinco mil ejemplares. ¡Eso es una pasada para una editorial como nosotros! Entonces, sí, va por ahí.

María Trapero: ¿Dirías que hay una tendencia rescatista ahora mismo? ¿Como que hay muchas editoriales de rescate?

Enrique Redel: Sí, y eso está muy bien. A mí no me da reparo que haya editoriales buenísimas que estén sacando cosas. Yo cada vez que veo el catálogo, por ejemplo, de Capitán Swing o de Errata Naturae, o de los compañeros de Contexto, flipo. Hay veces que tengo esta especie de competencia sana y pensamos: "Oye, pues mira, fíjate, este ha sacado a Mary McCarthy o a Elizabeth Taylor". Qué bien pensado, ¿no? "Pues yo voy a ver a esta compañera de generación, Muriel Spark". Y ya está. Eso está muy bien y me parece muy enriquecedor, entre otras cosas porque todo lo que vendan estas editoriales no me quita ventas a mí, sino que está haciendo que el negocio funcione en un determinado contexto.

Raúl E. Asencio: Comentabas que al principio muchos de los autores eran clásicos y, aunque hoy muchos ya están vivos y tienen un largo recorrido, trabajáis con idiomas de origen muy dispersos: noruego, japonés, francés, inglés, rumano... Seguro que me dejo varios. Entiendo que no lees en todos ellos y que te rodeas de un buen grupo de lectores, traductores, expertos en la literatura de cada país. Pero aun así, la confianza en la mirada y la lectura de estos profesionales supone un salto de fe, ¿no? Apostar por un libro y, más en vuestro caso, que apostáis por un autor y compráis varios libros. ¿Cómo es ese diálogo? ¿Cómo es ese salto de fe y de confianza? Porque muchas veces, hasta que el libro no se traduce, no se tiene contacto real con el texto.

Enrique Redel: Pues mira, es muy interesante porque hay como tres o cuatro traductores —Marian Ochoa del rumano, Luisa Garrido del croata, Tana Oshima del japonés, Carmen Montes del sueco— que directamente me dicen: "Este autor está muy bien, ¿eh?". Y yo me lanzo a la piscina, literalmente, porque todo lo que me propone Marian Ochoa es buenísimo. Previamente te hace un filtro.

Recuerdo el caso de Tatiana Țîbuleac, una mujer que está vendiendo quince mil ejemplares cada dos meses, una burrada. Su libro, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, que ha sido nuestro libro más vendido de la historia, me lo propuso ella. Me dijo: "Estoy fascinada". Y yo le dije: "Bueno, me fío completamente". Estuve en Rumanía en aquella época y todo el mundo estaba hablando del libro. Es un libro que ha cambiado en cierto modo toda la literatura de la región. Me fío a ciegas de este tipo de recomendaciones.

Luego hay otras que, por ejemplo, me busco lectores en ruso o alemán de los que te puedes fiar más o menos. Siempre suelo tirar de traducciones del inglés o al francés, que eso ya lo domino un poquito más. Pero la labor que hacen los traductores, los buenos recomendadores, es impagable. No se pone en su lugar a estos profesionales que son alucinantes. Cuando me lo proponen, lo primero es una enorme alegría, porque suelen ser gente que luego te puede funcionar mejor o peor, pero son buenísimos.

Recuerdo a Steve Sem-Sandberg, un autor sueco del que publicamos una novela, W. Una historia, que nos ha costado un poquito venderla porque es muy complicada. Es una relectura del caso de Woyzeck, inspiración de la obra de Georg Büchner, la historia del soldado que mató a una viuda porque tiene lo que se llama psicosis de guerra de la guerra franco-prusiana. Es un libro que nos ha costado, pero es una maravilla. Y ahora, de este mismo autor, publicamos En los océanos, que es la historia de Rousseau cuando lo exilian a una pequeña isla en Suiza por sus opiniones religiosas. A ver, eso no es un best-seller en absoluto, ¡pero es maravilloso! O Antonio Moresco con Los comienzos, que es un libro dificilísimo, recomendación de Miguel Ros.

Normalmente, los traductores conviven con estos autores meses o años de su vida, y eso ya significa que les van a dedicar un cariño especial. Aparte, oye, no vas a dedicar dos años de tu vida con algo que es un rollo, sino que suele ser bastante interesante. Al final, esa especie de canon oculto se va creando también gracias a los traductores de los que te rodeas, que son los herederos de esos gabinetes de lectura o grupos de recomendadores que tenían Barral o Herralde.

Raúl E. Asencio: Y en esta relación con los autores extranjeros —muchos de ellos muertos, otros no— entiendo que la figura del agente es fundamental como mediadora. ¿Qué relación tienes con esta figura? Y al principio, ¿cómo fue? ¿Estaban tan dispuestos a ofrecerte algunos de estos clásicos contemporáneos? ¿Cómo ha sido esta ganancia de confianza de los agentes?

Enrique Redel: A ver, yo puedo decir que me llevo muy bien con casi todos. Hay alguna excepción, pero es porque, de verdad, hay gente todavía que no entiende... Mira, por ejemplo, el famoso Andrew Wylie, que le llaman “El Chacal". Este señor es teóricamente ultra-durísimo, etcétera. Tengo una excelente relación con Wylie porque he descubierto que, más que el adelanto —que al final te aprietan, porque básicamente ellos también quieren que sus autores ganen dinero—, lo que les interesa es que su autor esté en una casa que crea en ellos, en una editorial que los lance, que los promocione.

Así ha habido autores como Gospodínov, que han venido gracias a la agencia. Wylie me llamó y me dijo: "Oye, me interesa lo que habéis hecho con Cărtărescu, lo que habéis hecho con Ugrešić". Han visto cómo trabajo con Ugrešić y que yo confío en ella incluso cuando vendía menos de lo que debería. Entonces vienen estas agencias.

Yo con Balcells me llevo muy bien. Balcells ha sido la típica agencia con la que todo el mundo está muy enfrentado, pero yo al revés, porque saben cuál es nuestro asunto. Pero claro, al principio era muy diferente. Recuerdo haber ido a agencias al principio por autores potentes y que me dijeran con toda amabilidad: "Oye, todavía no tienes caché para publicar a este autor". Yo: "Claro, naturalmente". Pero es que es así. ¿Cómo voy a publicar a Orwell o a tal? No, no puedo. Esto tiene que estar en una editorial que le dé bola.

Y entonces ya, cuando se ha visto un poco cuál es nuestra trayectoria, las agencias quedan contigo y te dicen: "Oye, mira, este autor, al que le tengo un montón de cariño, va a ir con vosotros porque se nota que creéis en el libro". Y eso ha ido cambiando, lógicamente. Y ahora son las agencias las que me llaman a mí más que yo a las agencias. Yo a Fráncfort no voy porque me parece un poco rollo y porque al final prefiero ver a la gente aquí en petit comité. Pero durante la Feria de Fráncfort la gente de Suhrkamp o la gente de Grasset, o la gente de las agencias importantes, me voy a comer con ellos. Me cuentan un poco y muchos agentes me dicen: "Mira, no tengo nada para ti", porque saben de qué voy yo. Muchos me dicen: "Este libro es el gran best-seller, no sé qué", me da absolutamente igual. "Ha vendido cuatrocientos millones". No, me da igual. Si me dicen: "Mira, fíjate, este es un tío medio raro y no sé qué", bueno, eso me encanta. Al final, yo también voy un poco por ese rollo.

Así que sí, sí, las agencias. Yo es que muchas veces prefiero trabajar así. Tengo, por ejemplo, a Jon Bilbao, gran amigo mío. Ayer estuve con él, pero yo a la hora de pelearme prefiero pelearme con su agente, que es maravillosa, antes que sentarme con Jon. Yo sé que su agente me va a exprimir, lógicamente, y yo me pegaré con ella. Y luego me voy a cenar con Jon tranquilamente a comerme unos calamares. O sea que es así. Yo prefiero a los agentes. A lo mejor hablas con otros editores que te dicen: "No, son el demonio", tal... Pero yo no.

María Trapero: Impedimenta publica unos treinta y largos libros al año, ¿no?

Enrique Redel: No, estamos entre veintitrés y veintiocho. Además, siempre sé cuántos al mes: dos en enero, tres en febrero, tres en marzo, dos en abril, tres en mayo, tres en junio o entre junio y julio, tres en septiembre, tres en octubre, dos en noviembre y ya diciembre nada. O sea, son tres títulos más que... no sé, que andan como entre veintitrés y veinticinco.

María Trapero: Vale. Entonces, para que haya veintitantas certezas en un año, ¿cuánto hay que leer y cuánto hay que descartar?

Enrique Redel: Pues mucho. Yo recibo diariamente propuestas de agencias, de amigos y de gente. Yo, por respeto, todo lo que me manda gente en la que me fío me lo empiezo a leer. Pero empezaré a leer fácilmente doscientos o trescientos libros al año. Terminaré como cincuenta o cincuenta y cinco. Y luego contratamos veinte o veinticinco. Muchas veces... A ver, lo que sé que es cierto es que ya parte de lo que publicamos son libros de autores que ya son de la editorial. Ahora, por ejemplo, en otoño tenemos un libro de Starobinets, tenemos un libro de Jon Bilbao, tenemos un libro de Isabel Greenberg. O sea, ya son autores de la casa. Pero luego tenemos a Robert Plunket, que es nuevo. Tenemos un libro Eduardo Berti. Y luego tenemos también un libro de cuentos, de un pool de mujeres escritoras en los años treinta, cincuenta y sesenta. Hay mucha repetición, Maryse Condé siempre empieza el año y muchas veces es más fácil. Pero, en lo que se refiere a novedades, tenemos un Cărtărescu, por ejemplo, también ahora en este otoño, con lo cual se pone un poco más fácil. Pero al final es como tirar de los autores de la casa. Pero sí, leo muchísimo y hay muchas veces que muy emocionado, muy emocionado de decir: "Ojalá", y le veo la trayectoria al autor o la autora.

María Trapero: ¿Y estas lecturas las cotejas con alguien? Es decir, ¿hay algo así como un comité editorial? Me imagino que con Pilar. No sé si tienes más lectores.

Enrique Redel: Bueno, normalmente a la hora de elegir los libros suelen venir o de Pilar o de mí. Por ejemplo, autoras como Iris Murdoch, como Penelope Fitzgerald, como Barbara Baynton, o sea, hay algunas autoras que vienen de Pilar. Hay otras que vienen de mí y se da la circunstancia de que tenemos un colaborador, un editor, David Domínguez, que es especialista en terror y ciencia ficción, y que nos ha traído últimamente maravillas, como La lista de los siete de Mark Frost y como también John Franklin Bardin, este autor neoyorquino muy, muy secreto que fue redescubierto en los años ochenta o noventa en Inglaterra, y que es un clásico de la literatura detectivesca. Entonces, hay como muchos prescriptores. Yo también muchas veces voy a librerías, me dejo llevar también por la recomendación de los libreros. Casi nunca parte de un interés mío previo, sino que me inoculan un virus y yo al final me enamoro de los libros. Y eso es lo simpático. Por ejemplo, nuestra editora, Isabel Márquez, llegó a Impedimenta porque nos trajo la traducción de un libro de Joseph O'Connor. Isabel Márquez vino y nos dio un libro. Y yo decía: "Es tan buena traductora que tiene que ser muy buena correctora. Sabe escribir". Entonces la contratamos justamente porque nos vino recomendando un libro y traduciendo un libro. Al final, sabes que las cosas vienen de múltiples lugares.

María Trapero: ¿No podríamos hablar, como hemos dicho antes, de que Impedimenta es una editorial de largo aliento, de libros perennes? No exactamente de "libros de fondo", que tiene otra connotación. ¿Cómo funciona esta especie de ritmo que tiene la editorial, que es como un organismo que tiene un ritmo vital, con los tiempos a los que está sujeto el mercado editorial? A día de hoy se suele hablar de este componente casi de vorágine. ¿Ha variado también la relación? ¿Cómo Impedimenta se ha tenido que ir aclimatando? Ese organismo vivo ha tenido que ir haciéndose a los ritmos del medio. ¿Ha cambiado?

Enrique Redel: A ver, había una época, al principio, en la que todos los libros eran importantes. Ahora todos los libros siguen siendo importantes, pero nos obligan a que haya tres apuestas por temporada, tres, cuatro apuestas como mucho. Y eso significa que tenemos que privilegiar ciertos títulos respecto a otros. Eso es lo primero que cambia, porque antes nosotros hacíamos un esfuerzo descomunal por todos y cada uno de nuestros libros. Ahora se hace un esfuerzo muy fuerte, pero hay dos o tres con los que tienes que desfondarte, en cierto modo, tienes que apostar muy fuerte. Muchas veces no aciertas. Hay libros que son libros tapados. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Țîbuleac no era una apuesta y, sin embargo, el libro explotó. Hay otros que son súper apuestas pero que no acabas de colocarlos. Y hay una cosa que nos obsesiona, y es que muchas veces los propios ritmos de publicación no nos permiten apoyar ciertos libros como nos gustaría. Y me da mucha pena porque hay libros, yo qué sé, por ejemplo, Un puñado de polvo de Evelyn Waugh, por ejemplo, que es uno de mis libros favoritos. Tuvo casi una semana de promoción fuerte por nuestra parte. Al final pasan otros que lo eclipsan y, por ejemplo, llegó el siguiente Gospodínov, El jardinero y la muerte, que creíamos mucho en él. Ese, sin embargo, sí que funciona y sigue estando en el top de ventas, y todo el mundo lo quiere. Ahora vamos por la quinta edición. Y eso nos genera mucha tensión. De hecho, yo muchas veces, a final de temporada, digo a los medios, a los libreros, a la gente: "No dejéis pasar estos dos o tres que os han pasado desapercibidos y que son títulos clave". Entonces, al final la propia dinámica comercial te obliga a publicar esa mínima cantidad de libros, que son como dos o tres al mes. Esto lo hablo mucho con Isabel, que para ella cada libro es el libro. O sea, es una chica todavía joven y todavía no ha perdido la inocencia. Cada libro es el libro, y dice que es incapaz de sacar un libro de aquí que no esté súper trabajado. Y ese es el espíritu. Porque todos los libros merecen, todos los que están en el catálogo merecen la atención, pero sí que genera muchísima... no te digo tensión, pero sí frustración de vez en cuando, no poder apoyar los libros tan fuerte como querrías.

Raúl E. Asencio: ¿Cómo lidias con eso? Porque yo entiendo a Isabel. Estas revisiones de mesa exhaustivas, un diálogo con el autor, renegociar, hasta leérselo en voz alta a veces para ver cómo suena. Que en cada libro, a mí me va la vida. Es así, de verdad. No es una exageración. Y entiendo, me pongo en el lugar de la persona que le ha dedicado varios años al libro. Y no lo defiendo como si lo hubiera escrito yo, pero sí como defendería un libro al que yo le hubiera dedicado ese tiempo. Entonces, ¿cómo lidias o cómo ha ido cambiando? Has hablado de la juventud y de la visión de Isabel. No sé si con los años esta percepción del error, del fracaso, del libro perdido ha ido cambiando.

Enrique Redel: Bueno, a ver, no mucho. Es decir, yo soy consciente de que hay libros por los que te vas a matar pero que luego no acaban de llegar. Yo normalmente pienso que la culpa no es del mercado ni de los libreros, sino que la culpa es nuestra, de nuestra capacidad de prescribir. Y lo que sí que creo que hay en este equipo es una energía brutal. Eso, por ejemplo, lo vemos en la Feria del Libro. Casi todos nos dicen: "Oye, da gusto veros" porque cada vez que viene alguien lo recomendamos con una pasión increíble. Nos creemos los libros. Yo creo que eso es también un tema fundamental. Por lo menos, pensamos que hemos hecho todo lo posible. Hay algunos libros que no han funcionado, pero hemos hecho todo lo posible. E incluso hay libros que han sido muy difíciles, han salido adelante por la transmisión de esa energía. Yo siempre suelo hablar de una cosa que es una tontería, que es el principio de la termodinámica editorial, y es que la energía se transmite. Si yo llego a un sitio y digo: "Buenoooo, mira, este libro es bueno, sí… Está bien…", tú pensarás: "Bueno, si ni el editor se lo cree...". Pero si el libro es la pera, explícalo. “Es increíble, de verdad creo que ese libro es la pera”. Yo hablo de cualquiera de los libros de ahora y digo: "Joder, qué bien me lo he pasado". Pues hombre, la gente dice: "Hombre, si al editor le ha gustado, por algo será", y te lo recomienda sinceramente y de tú a tú. Porque al final esta labor del editor con nombre y apellido detrás de la mesa es clave. Estas editoriales en su momento, que Herralde te recomendaba algo, o Juan Casamayor o qué sé yo, Ofelia Grande... Ya estas entidades así un poco extrañas, que te dicen no sé qué editorial de un grupo y dices: "Bueno, ahí hay cuatro comerciales intentando venderte la moto". En nuestro caso no. O sea, eso está muy claro. ¿Que eso genera un cansancio brutal y que llegas al final de temporada hecho polvo? Pues también. Después de la Feria del Libro, todos los editores que yo conozco que merecen la pena se van una semana a la playa porque están muertos. O sea, literalmente tienes que ponerte una transfusión porque si no te da algo.

Raúl E. Asencio: Bueno, es muy interesante esto que dices, ¿no? De poner en riesgo el propio gusto, ese canon del que hablábamos con cada libro, y que bueno, tú de vez en cuando apareces en Instagram con uno de los libros, jerarquizando de alguna manera. Entiendo que esto debe ser doloroso en algún punto.

Enrique Redel: Es doloroso.

Raúl E. Asencio: "Este es el libro de este mes o de este trimestre", intentando canalizar esa energía termodinámica no solo hacia los lectores, sino también hacia todo lo que rodea al libro. Entiendo, ¿no? Porque para que eso funcione tiene que haber un distribuidor que pueda transmitir ese calor al librero, y el librero finalmente al lector y decirle: "Bueno, este libro funciona". Yo quiero contarte una anécdota con algunos de tus libros. Voy a las librerías y pregunto por este libro: "¿Te lo has leído?", no sé qué... y algunas veces voy cerca de Navidades, ya con libros de la rentrée, y digo: "A este debe haberle ido bien, ¿no? Lo has mantenido aquí". Y me han dicho los libreros: "El distribuidor que lo mantenga, que se va a vender". ¡Qué cabrón, Enrique! ¿Cómo consigues eso?

Enrique Redel: No, pero es que al final... a mí lo que me mosquea mucho... A ver, es que es así: los libros duran tres semanas en las mesas de novedades, con mucha suerte. Y entonces nosotros hemos logrado cambiar un poco la percepción, junto con Acantilado, Periférica, Sexto Piso o Asteroide. Y es que a los libros hay que darles un poquito de tranquilidad. Nosotros no vamos ahí a ocupar un espacio porque ahora mismo el negocio es ocupar un espacio. Todo el mundo lo sabe. Esta mesa mide X metros cuadrados, el libro mide 20x13cm, y ese 20x13cm me tiene que pagar a mí el alquiler, que vale tanto. Es que es una mera cuestión de rentabilización de espacio.

Entonces, te das cuenta de que muchas veces estos libros que van un poquito más lentos, que no son de rápida rotación, son los libros que al final te mantienen. Antes hablábamos de fondo y decías: "Bueno, es que en el fondo...". Pero es que yo sí que aspiro al fondo, al fondo de armario. Estos libroslanzas y muchas veces los autores te dicen: "Va lento, va lento". Pero por ejemplo, el libro de Fernando Navarro, sacó Malaventura hace tres años: el libro se sigue vendiendo constantemente. Y el de Mariana Sández, La vida en miniatura, que tiene años, todavía sigue ahí. Yo aspiro a eso, porque estos libros que llegan, impactan y los tienes que quitar... Yo siempre digo que no me gustan los libros de usar y tirar, sino de leer y guardar.

Por eso hago los libros bonitos, son caros. Yo sé que nuestros libros son más caros porque están bien hechos, porque no amarillean, porque la traducción está bien, porque Isa se deja las pestañas en cada libro. Y eso al final se paga. Yo sé que es ir contra los tiempos, pero al final yo creo que en este oficio, gracias a Dios, hay mucha gente que lo sigue manteniendo, incluso en grandes grupos, en los que hay gente buenísima trabajando.

María Trapero: Pregunta curiosa y muy apetente: ¿Cómo es un día tuyo? De mañana a la noche. ¿Qué haces? ¿A qué hora vienes?

Enrique Redel: A ver, estamos intentando cambiar esto de manera que estemos menos sobresaltados. Pero yo normalmente vengo con mucha energía. Vengo con mucha energía a la editorial. Yo tengo un poco de morro porque todo el mundo viene a las nueve. Yo llego a las nueve y media, pero no por nada, sino porque luego soy el último que me voy, y los fines de semana trabajo, y las comidas muchas veces con Pilar son comidas que paga la editorial porque al final acabamos hablando de la editorial. Pues bueno, vengo yo a las nueve y media porque además me cuesta mucho levantarme temprano. Últimamente duermo mal, como ya os he dicho, entonces me cuesta mucho levantarme pronto. Me lo tomo con calma, desayuno bien y me vengo. Empiezo con mucha fuerza y normalmente, de verdad, lo que más me gusta es juntarme con el equipo y que me vayan contando: "¿En qué estás hoy?", "¿Con qué estás?", "Enséñame lo que llevas", "Te sugiero tal". Estíbaliz, que es la que lleva todo el tema de comercialización, viene siempre súper entusiasmada: "Se me ocurrió esta idea, es buenísima, no sé qué". Hay mucha, mucha energía. Luego la mañana se va cargando y últimamente no tenemos tanto sobresalto porque hemos hecho una cosa muy buena, que es intentar anticipar lo máximo posible. Estamos sacando libros con muchos meses de adelanto, pero hasta hace no mucho teníamos muchos deadlines de infarto.

Intento responder correos, que es el gran hándicap. Al final el editor se pasa con una cosa que, Julián Rodríguez de Periférica, el añorado Julián Rodríguez, llamaba el menudeo, que es responder correos, esas pequeñas labores que son un poquito diplomáticas. Y luego, por la tarde, después de comer, me voy a casa. Y en casa intento leer, intento terminar de responder los correos que no he respondido. Intento crear juego, porque muchas veces se trata de devolver bolas, pero hay que crear juego. E intento pensar. Ahora estoy intentando estos meses ver si puedo dedicarme un poquito más a pensar y a leer, que eso es el gran reto. Yo veo que hay editores amigos que lo están haciendo y que han logrado salirse un poco de la estructura para poder trabajar. Y este verano que lo he hecho he sido súper feliz porque he descubierto como cuatro o cinco libros increíbles, y lo echaba de menos: leer, que es una cosa que hacemos cada vez menos.

Raúl E. Asencio: Justo sobre esto quería preguntarte, porque aunque tuvieras siglos para poder solo leer y pensar, apenas podrías rastrillar en una pequeña parcela de todo lo publicado y de todo lo potencialmente publicable, ¿no? Por un lado, ¿cómo lidias con esta insuficiencia del tiempo, de la humanidad, del cuerpo o del editor? En el sentido de que no sé si hay un afuera lector de Impedimenta. Si tienes algunos espacios de investigación personal, de encauzar esa lectura fuera del interés de publicar o no.

Enrique Redel: Hasta hace un par de años o tres, yo pasé por una época muy fastidiada que les pasa a muchos editores: sentir arrepentimiento de leer algo que no sea de la editorial. Yo me leía un libro de, qué sé yo, de Pynchon, que me gusta mucho. O por ejemplo, de Sebag Montefiore. Me gustan los libros gordos. Y decía: "¿Qué hago aquí perdiendo el tiempo?". Y esa especie de placer de leer lo había arrinconado. Y ya desde hace un tiempo, hablando también con algún colega, decía: "No, es que hay que obligarse a leer cosas que no sean de la editorial, porque si no, al final...".

Hay una anécdota que cuenta Joan Tarrida de Galaxia Gutenberg. Contaba que él, cuando era joven, era joven, entusiasta, leía muchísimo, iba a los cafés, era bohemio, se juntaba con gente, hacía cosas. Luego ya montó la editorial y bueno, empezó como tal y entonces leía para la editorial. Luego ya se empezó a hacer grande, empezó a contratar informes de lectura, se leía los informes de lectura. Luego ya se creó un departamento, él llevaba las cuentas, dice: "Y ahora mismo yo solamente hago facturas y soy un auténtico hijo de puta". Entonces, esta especie de evolución del lector inocente al empresario despiadado se ha dado mucho y yo me rebelo contra eso.

Porque al final, también responden, en cierto modo, a tu pregunta de antes: no tengo mucha ansiedad de no leer todo lo que hay, porque yo me conformo con leer lo que me llama la atención. La mayoría de las cosas que veo en la librería no me interesan lo más mínimo. No tengo ese rollo de decir: "Es que me quiero comer todo". No, no, no, o sea, soy muy de picoteo. Yo cuando fui lector editorial estuve dos años en Alianza y durante esos dos años me iba todos los viernes a una mesa llena de originales y desechaba, y los que me interesaban me los llevaba. Habré leído trescientos o cuatrocientos libros en Alianza en dos años. Solo me gustaron dos. Uno de Ricardo Menéndez Salmón, cuando todavía no era famoso, que lo recomendé para un premio y al final no salió. Pero ese me gustó mucho. Y otro de un tipo que se llama Leonardo Valencia, que es ecuatoriano, que me gustó muchísimo pero que no se publicó en Alianza. Y cuando ya estaba en Funambulista me llegó. Y entonces yo le dije a mi socio: "¡Qué buen libro! Este libro es cojonudo, es buenísimo". Pero de estas cosas que pasan: en vez de mandarle el mail a mis socios, se lo mandé a Leonardo Valencia. Entonces Leonardo Valencia me dice: "¡Hostia, nunca nadie me había hecho un halago tan bueno!". Entonces dije: "Bueno, vamos a tener que publicar esto". 

Solo dos libros. O sea, no me gusta lo que hay por ahí y sin embargo lo que publico aquí me encanta. Entonces, al final, esa especie de sensación de recuperar el placer de la lectura es estupenda. Ahora estábamos hablando del libro de Enrique Murillo, precisamente estoy muy fascinado con ese libro. Pues sigo leyendo y hay muchos de estos libros que están aquí que son lecturas mías. Los guardo porque no son libros solamente de "lo he leído, ya no me interesa", no, lo voy a guardar.

María Trapero: Te queríamos preguntar por tres errores que recuerdes que hayan astillado un poquito ese camino que nos quieras compartir. Errores de carrera.

Enrique Redel: No sé, es que como casi siempre soy positivo no pienso: "Oh, Dios mío, debería haber hecho eso". Es que al final, hasta los errores que cometes son para bien. Os cuento, como... a ver, errores que he cometido que han ido en contra de un libro, por ejemplo. Hay un autor increíble que yo recomiendo y que tiene muy mala suerte en castellano. Se llama Xosé Luís Méndez Ferrín, que es un autor gallego. Es de los mejores escritores peninsulares y españoles de la historia, y tiene varios libros. A mí me impactó cuando tenía dieciocho años. Yo aprendí gallego leyendo a Méndez Ferrín y un libro suyo que se llama Amor de Artur. Y entonces, bueno, sacamos Amor de Artur, que son cinco cuentos con un rollo mítico y no sé qué. Muy, muy, muy bueno. Entonces ese libro lo publicamos y le coloqué una portada de una princesa así como medieval. Pero yo no sé, algo tenía que la gente iba a las librerías y decía: "Bueno, quiero ese libro". Y decían: "Va sobre la Virgen", porque es que parecía la Virgen. Y dije: "Bueno, lo hemos cagado completamente, hemos cagado, moscardó". Le hemos colocado la portada que no es. Así como muchos... yo qué sé. O el típico libro que... a ver, no es que tenga frustración, sino que hay libros que a mí me hubiera encantado publicar. Por ejemplo, hay un libro que ha publicado afortunadamente Nórdica, que se llama El Atlas de las islas remotas. Ese es el típico libro que te hubiera gustado publicar, pero yo nunca me lo tomo por las malas. Menos mal que lo ha sacado Diego y no lo ha sacado… ¡Yo qué sé! De estas muchas, porque yo es que luego no tengo envidia de los compañeros. Pero vamos, errores, errores... no lo sé. Es que errores... Es que yo me paso el día cometiendo errores, o sea, constantemente. Constantemente digo: "Teníamos que haber hecho esto de tal manera, no lo hemos hecho de otra". Pues bueno, mira, hay que tirar con lo que hay. Decepciones de colaboradores. De esos hay muchísimos. Gente por la que apuestas y que  de repente como te salen traicioneros.... Este es un negocio de mucha tensión. Aquí cuando se viene, se viene a la olla a presión. Y muchas veces la gente revienta y es normal. Yo les digo: "Oye, es que es así". Muchas veces estamos muy tensos con los deadlines, con las decisiones, con cómo lo haces, con el nivel de exigencia. El nivel de exigencia es muy alto, entonces al final eso explota. Entonces, bueno, de eso pasa diariamente. Nos llevamos todos muy bien, pero hay muchas veces que tenemos aquí unas... No agarradas, sino decisiones que nos las tomamos de manera muy visceral. Y eso está bien también, porque entonces parece que nos lo creemos.

Raúl E. Asencio: Ya vamos encarando la recta final de la entrevista. Queríamos, quizá con el tiempo, construir algo así como una suerte de Biblioteca Epicanto. Entonces queremos lanzarte un par de preguntas en torno a esto. ¿Hay algún libro fetiche al que vuelvas? No sé si es justo con una biblioteca decir "libro favorito", porque quizá cambie de un día para otro. Pero hoy, si tuvieras que recomendar un libro de tu biblioteca, no necesariamente de Impedimenta, ¿cuál sería?

Enrique Redel: Mason y Dixon de Pynchon, por favor, leéroslo. Hay que leerse Mason & Dixon. Hay que leerse el Ulises de Joyce. Es un libro que me he leído fácilmente cinco veces, me sé trozos de memoria. Me parece el mejor libro jamás escrito. Tuve una oportunidad… Cuando salió a dominio público en el año 2022 Joyce, coincidiendo con el centenario del Ulises después del 22, el Día de la Candelaria, pensé en editarlo: lo sacó todo el mundo, ¿no? Un traductor me ofreció su traducción y yo le dije: "¿Qué aportas con esta traducción?". Dijo: "Pues nada, esto es el Ulises". Y dije: "Pues entonces no vamos a sacarlo".

Pero luego, dentro de mi catálogo, hay varios libros a los que vuelvo constantemente. Uno de ellos es Theodoros de Cărtărescu. Es una joya. Es un huevo de Fabergé. Es un libro que cuando Marian Otxoa me lo pasó, me ocurrió una cosa que no me había pasado con ningún libro, o que no me ha pasado con ningún libro nuestro. Y es que yo lo empezaba a leer y, fascinado, leía un capítulo o dos, y cuando tocaba ir a por el tercer capítulo, lo dejaba, porque Cărtărescu es muy intoxicante. O sea, es un autor muy, muy denso, está tan rico en imágenes que te intoxica. Como me tengo que leer los libros de Cărtărescu del tirón, me ha pasado de tener pesadillas, se me paralizó una mano leyendo Solenoide. O sea, impresionante. Entonces, en vez de empezar por el capítulo tres, empezaba otra vez por el uno. Entonces seguía y tal, como la delicia, terminaba el capítulo tres y en vez de decir: "Bueno, pues ahora sigo con el cuatro", ¡empezaba otra vez por el uno! Es tan delicioso y la traducción de Marian Otxoa es tan increíble que yo vuelvo a ese, vuelvo a El cuerpo de Cărtărescu, también a la segunda parte de Cegador. Vuelvo a los libros de Iris Murdoch. Henry y Cato es maravilloso. Vuelvo a Kokoro de Sōseki, que es otra pasada. Yo, de hecho, tuve antes de ser editor así contratado, una empresa de servicios editoriales que hacía maquetación. Se llamaba Kokoro Libros. O sea, yo soy fanático. Hay muchos. Y luego hay también uno que es el Tristram Shandy en cómic, que lo tengo ahí, que es invendible, pero que a mí me encanta, porque el Tristram Shandy, también siendo joyceano, es como una referencia, ¿no? Hay muchos libros así.

Y ahora, por ejemplo, me estoy leyendo el siguiente de Tatiana Țîbuleac. Es un libro espectacular. Saldrá en 2026: os voy a dar la primicia mundial. Nadie lo sabe. El libro se llama Cuando seas feliz, golpea primero. Es un libro sobre el alcoholismo de su padre. Y es brutal. Y el libro me lo estoy leyendo con una... Y lo leo y lo releo, porque es que hay frases que son literalmente buenísimas. Pero vamos... Hay muchos libros vagabundos. Los famosos libros... no me acordaba antes, de Joseph O'Connor, que es maravilloso sobre el mundo del rock y el pop y los ochenta en Londres. Bueno, muchos, muchos. A mí es que me encantan los libros que sacamos.

María Trapero: Tenemos una balda ya. Y seguimos ampliando nuestra biblioteca para ahora preguntarte sobre libros vinculados a la edición.

Enrique Redel: Ah, sí, sí, libros vinculados a la edición. Mira, antes estábamos hablando de este libro de Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Este es mi libro de cabecera desde el año... Lo compré en el año 2000, 2001. Y este es un libro que cuenta la historia de la edición en España desde el año setenta y cinco hasta el dos mil, por Sergio Vila-Sanjuán, que es el director de Cultura de La Vanguardia.

Luego tengo... Mira, por ejemplo, y no está preparado esto. O sea, tengo muchos libros sobre edición. Este, que es un inencontrable, El pequeño sabelotodo. O sea, esto es un libro que ya se ha dejado de editar, que vale una pasta y que te dice cómo hacer un briefing, cómo funciona la máquina de offset, cómo hacer la producción en los formatos, el formato de alta definición, qué es un JPG, qué es el interlineado. Bueno... Es increíble. Y me lo compré, el último que había en Panta Rhei. Y luego, yo qué sé, La edición sin editores de André Schiffrin. Este libro también, que es un poco como un antecedente de la muerte y resurrección de la novela. También hay un libro que habla de Josep Vergés. Luego tengo muchos de Trama, lógicamente. Esto de verdad que no estaba preparado. Stet (vale lo tachado): Recuerdos de una editora de Diana Athill. El Texturas, lógicamente. Random House de Bennett Cerf. Tengo muchos libros sobre edición. O sea, tengo muchos libros sobre edición porque me fascinan los libros sobre edición. Y luego La librería de Penelope Fitzgerald, por ejemplo, que publicamos un libro sobre edición.

Y me gusta mucho. Ahora me estoy leyendo el libro este de Personaje secundario de Enrique Murillo en Trama, que te cuenta su experiencia como editor independiente, los años del setenta hasta el dos mil y pico, dos mil diez, dos mil quince, que estaba con Libros del Lince hasta el dos mil dieciocho, diecinueve. Bueno, hasta que lo compra Malpaso. Pero vamos, que me gustan mucho los libros sobre editores. Y bueno, tengo aquí a Joyce.

Raúl E. Asencio: Bueno, yo creo que cerrar con esto, ¿no? Que es un punto y final a la idea de la vocación. Esta mesa, este libro, esto...

Enrique Redel: Lo tengo aquí, de verdad. No los he traído aposta. Es que están por aquí. Aquí está el Sōseki que me leí... de la competencia de Kokoro. ¡Es que de verdad, no es broma! O sea, que estos libros me van acompañando. Yo los tengo conmigo. Los libros... en fin. Bueno, estas cosas.

María Trapero: No podemos hacer otra cosa que darte las gracias .Una charla estupenda. Quizá en el futuro podamos repetir, abordar la edición desde otro punto de vista. Nosotros encantados.

Enrique Redel: Gracias a vosotros.

María Trapero: Un placer. Iremos ampliando esta conversación.

Enrique Redel: Cuando queráis, pero nos vamos a comer, que lo sepáis. Y seguiremos hablando de esto, porque es de lo que hablamos los editores. ¡Vale! Gracias, gracias.

© Epicanto. 

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