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#08 La infancia | Ricard Peris, editor de Andana

Bien felices y atareados por ese microcosmos de la vida feriante que es la Feria del Libro de Madrid, despedimos la primera temporada de epicanto con un último episodio en el que conversamos con Ricard Peris, editor fundador del sello Andana, para charlar sobre edición, infancias y la compleja maquinaria que sostiene al libro infantil.

 

Esta vez nos ha interesado profundizar en el ecosistema de la literatura infantil y el álbum ilustrado para entender un poco mejor en qué consiste su edición literaria y las exigencias de precisión casi milimétricas que supone. Ricard nos ayuda a entender que un álbum no es un libro que duplica en imágenes lo que ya dice el texto, sino la combinación dialógica de dos lenguajes que se contribuyen para contar cosas distintas. A través de la imagen de la doble página como una escenografía teatral o cinematográfica, exploramos cómo estos libros buscan afilar el sentido de la belleza y la capacidad estética en aquellos primeros años de la infancia.

 

Desde la intuición de los inicios persiguiendo los derechos de un entonces naciente Oliver Jeffers en Londres, hasta las complejidades industriales de las coediciones internacionales, Ricard nos desarma el mito del proceso editorial romántico para mostrarnos la realidad de los archivos por capas, los malabarismos de traducción para cuadrar alfabetos dibujados en otras lenguas y el reto técnico en producción de cambiar únicamente la plancha de negro en imprenta para que un mismo álbum pueda leerse en castellano, catalán, francés o coreano.

 

Aparece constantemente en la charla la responsabilidad y la reivindicación de crear nuevos lectores desde la base. Hablamos de la paradoja de un mercado donde el lector final no es el comprador, de la pérdida de una crítica sistemática y de cómo la prescripción —ya sea en la intimidad de una lectura en voz alta en casa, en las aulas o a través del librero de cabecera— se convierte en «un tren que pasa una sola vez en la vida». Ahí es donde, frente al utilitarismo pedagógico que a veces satura el género, emerge la defensa del potencial de las buenas historias.

 

Entre memorias de editores, la poesía popular de Estellés y la geografía descentralizada de editar desde Valencia con una mirada firmemente internacional, Ricard termina trazando una bella defensa del oficio: el libro como una interfaz para ensayar la vida y habitar otras realidades antes de que nos alcancen.

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Trascripción

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Raúl E. Asencio: Muchas gracias, Ricard, por prestarte a tener esta conversación aquí en Valencia. Gracias también, desde luego, a Amparo Pons y a los compañeros del Centro Cultural La Beneficencia por prestarnos este espacio maravilloso. Estamos aquí rodeados de libros. Creo que tendríamos que empezar comentando que Ricard es el editor fundador del sello Andana, y que a Andana pertenecen tanto Andana Gráfica —sello que coordina María— como La Caja Books —sello en el que trabajo yo—. Ambos sellos pertenecen a Andana, lo cual hace de Ricard nuestro jefe.

Pero no es ese el motivo por el que queremos hablar contigo, sino porque quizá uno de los mayores esfuerzos de Andana es la creación de libros que van dirigidos hacia los niños. 

María Trapero: Cada editor tiene sus particularidades y excentricidades. Hay una anécdota y una imagen que yo adoro, que siempre quiero contar y que siempre va a permanecer ahí. Fue no sé si este año o el anterior, trabajando en la Feria del Libro. De repente se acerca una agente y dice: «Ay, Andana, claro. El editor, Ricard, que venía a Frankfurt con Nadia, su mujer, que es editora también, también con sus dos niños y nada, pues que nos sentábamos en la mesa para ver los títulos y les preguntaban a los niños». Esta imagen a mí me parece maravillosa: una reunión de derechos con los niños al lado que, de alguna manera, son el comité lector.

Nos gustaría hablar sobre edición e infancias. Siempre hay algo en nuestras conversaciones que vuelve al origen de la lectura. Hay una pregunta obligada: ¿cómo empezaste a leer y qué leías en los orígenes? Volvemos, en este caso, a los orígenes casi cronológicos de las vidas. ¿Tú qué leías de niño?

Ricard Peris: ¿Qué leía de niño? Pues en mi casa la verdad es que había bastantes libros. Uno siempre explica su biografía y, aunque a veces se dan ciertas circunstancias, yo creo que suelen ser las madres —y casi siempre hay veces que son los padres, pero yo esto también lo he asumido, los padres tenemos otro papel en la vida—, la conexión entre las madres y los hijos es una cosa especial. Mi madre fue maestra de una escuela infantil muchos años. Fue mi maestra en la escuela infantil y eso hizo que los libros siempre estuvieran en casa, sobre todo los libros infantiles.

Recuerdo que había de los que tenían en la escuela infantil de mi madre y siempre había diferentes tipos de publicaciones. En la infancia lo recuerdo así: los típicos cómics, también muchos cómics de estos súper gruesos de recopilaciones. Luego, en la adolescencia, recuerdo estos coleccionables que vendían, no sé, sobre el cuerpo humano o aquello que te regalaban de David el Gnomo, estas cosas que hacían entonces. También recuerdo visitas a la biblioteca, aquellos libros de conocimientos y de experimentos; esa inquietud por saber y cómo en los libros realmente estaba todo aquello. Yo creo que esa fue una parte importante.

Luego, en la educación, tuve la suerte de tener un profesor en la EGB en ese momento que fue Enric Lluch, que también es un escritor de literatura infantil. Yo creo que ahí despertó un poco la pasión, porque muchas veces él había escrito algo en casa y su forma de experimentar era traerlo a clase y contárnoslo: «Pues he escrito esta historia, a ver qué os parece». Claro, si ahora lo piensas, en aquel momento estaba haciendo de editor. Tienes a un autor que te está contando su proyecto de libro y tú, como niño, le servías a él de prueba. Todo aquello va sentando unas bases y te va acercando a un mundo que, sin darte cuenta, acabas conociendo realmente.

Esto es como lo que pasa en la vida. Cuando te haces mayor y llega el tiempo de reflexión, es cuando vas juntando puntos de los que realmente no eres consciente hasta que no has subido a la cima de la montaña y has visto todos los árboles que hay debajo. Cuando ya estás arriba, comienzas a ver todos esos caminos que has recorrido y que vas recorriendo realmente como hay que hacerlo: a pecho descubierto y viviéndolos plenamente.

Raúl E. Asencio: ¿Cómo te relacionabas con esos libros? Primero con los de este profesor, pero también con los de casa. ¿Era tu madre la que hacía de prescriptora o tú jugabas e investigabas? ¿Cómo se conforma esa primera mirada lectora?

Ricard Peris: La verdad es que soy muy malo recordando mi infancia. Hay gente que recuerda muchas cosas, pero a mí hay veces que me dicen: «Te pasó aquello», y ¡ostras!, no sé. Siempre tengo una mirada más hacia el futuro que hacia el pasado. Lo que sí recuerdo claramente, un hecho calcado a cómo estamos aquí rodeados de libros, es mi cama y tener una especie de estanterías rodeándola, llenas de libros. Era una gozada despertarte y tener esa proximidad; el libro como un objeto que está cerca y que te permite estar en contacto con él.

También influye el hecho de ser hijo único. Creo que eso ayuda a ser una persona que tiene mucho tiempo para sus propios pensamientos, para buscar cosas. No tenía con quién jugar, entonces me lo inventaba todo a través de los libros, investigando o buscando. Siguiendo con esto de buscar hilos conductores, creo que esa relación y ese detalle de dormir con los libros cerca se debía a que dormía mal por las noches. Tenía mucho miedo y eso me ayudó a tenerlos al lado, siempre eran un recurso, igual que escuchar la radio. En la adolescencia me persiguieron esas dos pasiones.

Raúl E. Asencio: Una pregunta que solemos hacer a lectores, amigos y demás: ¿te leían o te contaban cuentos?

Ricard Peris: Yo creo que mi madre sí. Mi madre siempre ha sido, además, una lectora a la que le gusta contar lo que ha leído o lo que ha visto. Recuerdo muchas veces conversaciones comiendo en las que me decía: «Me estoy leyendo esto…». Por aquel momento, no sé si os acordáis, hubo un libro que se hizo famosísimo que se llamaba Caballo de Troya, de J. J. Benítez. Ese libro entró en mi casa y recuerdo que cada día, al volver del colegio, ella me contaba durante la comida lo que se estaba leyendo. Evidentemente, en el colegio era maestra de infantil, así que le leyó libros a muchos niños. Siempre había libros a mi alrededor. Yo creo que, quieras que no, te contagia esa pasión por la lectura. Ella tenía su biblioteca y en casa también había libros comprados por colecciones. Yo creo que ahí está el origen de todo.

María Trapero: Eran libros, no eran historias orales realmente. Ya en aquel momento había libros físicos, ¿no?

Ricard Peris: Sí, de hecho aún estaban por casa. Mi madre guardaba en cajas de cartón los libros que tenían en la escuela infantil porque, cuando la cerraron, ella se llevó todo lo que había allí. Muchas cosas las había comprado ella misma; la escuela no era suya, era de los Escolapios, de una orden, y al cerrar se lo llevó a casa. Esos libros han estado por allí siempre, siguen estando. Mis hijos, de hecho, han recuperado alguno. Aquellos cuentos de papel de Los tres cerditos y todos esos libros de los que podemos hablar de hace cincuenta años, seguían estando por casa y los veíamos. Ahora que hablamos tanto de la cultura de la revisión, hay cosas que quizá no encajan, pero seguían estando ahí. Yo creo que eso es maravilloso.

Raúl E. Asencio: ¿Y cómo avanzan esos primeros intereses lectores hasta que aparece el mundo editorial o la vocación de editor? ¿Fue una vocación clara o te lo encontraste por el camino?

Ricard Peris: Yo creo que ahora, viendo esto desde la montaña, el proceso habitual que seguimos muchos es que en la infancia se dejan muchas semillas. Luego, en la adolescencia y en la juventud, uno hace lo que tiene que hacer, que es explorar y ver otras cosas. Cuando te das cuenta, esas semillas empiezan a dar frutos; es algo que aparece. Creo que con el paso del tiempo te vas encontrando con esas situaciones y es cuando realmente vuelves a hallar lo que llevabas en la mochila y que parecía que habías olvidado. Nos pasa a todos en ese proceso.

En mi caso fue casualidad. Yo estudié Periodismo. La verdad es que la comunicación siempre me ha atraído; de hecho, al final, editar es comunicar. Aunque no haya una carrera específica para esto, lo he visto en procesos diferentes: es el arte de comunicar algo a alguien, hay un mensaje. Los canales pueden ser una televisión, un podcast o un libro, pero la esencia es esa. Estudié Periodismo, trabajé de periodista y un día me encontré trabajando en el departamento de comunicación de una editorial. Ahí es cuando todo cobró sentido: las piezas del puzle encajaron y descubrí que aquello me gustaba, que era un mundo en el cual estaba súper cómodo y que, de forma innata, despertaba en mí esa voz dormida que tenía dentro.

Raúl E. Asencio: Hay como una tónica general que nos hemos ido encontrando en el podcast, que es justo esto que dices: hacer un buen libro y cuidarlo es importante, pero casi tanto o más es conseguir que haya unos lectores interesados, hacer que ese libro llegue a ellos

María Trapero: Y que tenga un lugar social que genere conversaciones y una determinada proyección. Cuando hablábamos con Marta en la entrevista que le hicimos, comentábamos la idea de la relevancia.

Ricard Peris: Sí, yo creo que sí. Al final, todo el mundo quiere que le escuchen, es un acto de comunicación. El autor no escribe los libros para sí mismo. Evidentemente hay, estoy seguro, un ejercicio de catarsis interior al contar tus propias historias, de buceo y de investigación, pero todo el mundo quiere lectores. Todo editor quiere que sus libros se lean, quiere ver su catálogo en las librerías. Lo hacemos para eso, porque como editores hemos encontrado algo y queremos compartirlo. Esa es la realidad.

Raúl E. Asencio: Sí, es decir, hay un montón de cosas alrededor muy sofisticadas, pero en el centro está el gesto de: «Este libro me ha encantado, querría que tú también lo leyeras». Claro que median distribuidoras, libreros y prescriptores, pero creo que en el centro permanece ese gesto de pura pasión lectora. Siguiendo con el recorrido, ¿en qué momento llega? ¿Cuando aparece Andana?

Ricard Peris: El proceso de creación me ha servido mucho para entenderlo y para intentar transmitirlo: cuando uno hace un proyecto, da la posibilidad a que otros fracasen. Yo siempre digo que uno aprende mucho de los fracasos para poder levantarse. Hubo una primera tentativa de crear Andana, al principio vinculada más con el tema de la discapacidad. En casa, mi madre me transmitió lo suyo, pero mi padre tampoco se quedó atrás en el tema familiar. Mi padre fue una persona que dedicó su vida al trabajo por las personas con discapacidad. Creó, en el momento anterior a la democracia, un centro de discapacitados para atender a esas personas que no tenían a dónde ir, a quienes el sistema marginaba. Eso te genera por dentro una escala de valores importante, te enseña a no perder la perspectiva de lo que de verdad importa en la vida.

Vinculado a eso, al principio lancé en solitario unos libros para explicar el tema de la discapacidad y transmitir una serie de valores. Aquello no funcionó bien, pero me enseñó el proceso que todo el mundo debería seguir: intentarlo y fracasar. Fracasar no fue mal del todo porque me hizo decir: «Ostras, quiero aprender». Eso me llevó a meterme en el mundo editorial, también por casualidad, a trabajar en Bromera. Allí aprendes el oficio; al final tienes que pasar por ese proceso. Después de salir de ahí y de diversas experiencias, también en la gestión cultural y en el teatro —esas inquietudes que siempre tenemos los editores de ser un poco tastaolletes, de ir probándolo todo de forma innata—, nace Andana.

Lo bonito, yo creo, es esa capacidad de ir adaptándose en el camino. Realmente Andana nace con un enfoque más escolar, con la idea de hacer libros para colegios. Pero, por aquellas circunstancias de la vida, acabo en Londres —Nàdia vivía allí entonces— por curiosidad, estudiando un máster. De hecho, nos conocimos allí, cosas de la vida. Vas a una librería y te encuentras con los álbumes ilustrados de Oliver Jeffers y dices: «¿Ostras, esto no estaba en las librerías de España?». Claro, aquello te despierta algo, te toca la piel, es como haber encontrado un tesoro que hay que compartir. Tras ese encuentro, pivotas tu proyecto editorial hacia algo que no tenías previsto. Eso es lo bonito de empezar: que te puedes permitir el lujo de cambiar de camino cuando quieras.

Entre el habértelo encontrado y la inocencia de los inicios, pides una cita a HarperCollins y te vas para allá a comprar los derechos de Oliver Jeffers. Un buen día te metes en sus oficinas haciendo una oferta de seis mil euros —un dinero que no tienes— para comprar los derechos de Perdido y encontrado. Es un poco la historia de los orígenes y, a partir de ahí, todo arranca.

Raúl E. Asencio: ¿Cuánto tiempo llevaba la editorial cuando hiciste eso?

Ricard Peris: Llevaba un año. No tenía capital y con eso nos lo jugábamos todo. Era un: «O lo vendemos o es un fracaso absoluto, en catalán, en castellano o en lo que haya, pero esto lo tengo que comprar como sea».

María Trapero: Para los escuchantes que no sean lectores habituales de literatura infantil, hay que decir que Oliver Jeffers es uno de los grandísimos clásicos actuales. O sea, que fue empezar por lo más alto.

Ricard Peris: Sí, bueno, en aquel momento no tanto. Esto liga un poco con lo que siempre hemos hablado de que en los editores influye la intuición, aquello de saber tocar la tecla justa en el momento preciso. Suerte, intuición, estar en el sitio correcto en el momento justo y un poco de inconsciencia para decir: «Allá voy». Cuando escuchas la historia de muchos editores, casi siempre se da esta circunstancia.

Raúl E. Asencio: Teníamos pensado recuperarlo luego, pero ya que ha salido, cuéntanos también cómo ha sido la evolución de Oliver Jeffers dentro de Andana. No fue el único libro que publicasteis, sino que también lo habéis publicado en castellano y es casi una especie de piedra angular de vuestro catálogo de libro infantil.

Ricard Peris: Sí, totalmente. Yo creo que es el autor con el que más nos hemos encontrado. Primero, porque tiene la misma edad que yo, así que casi hemos ido en paralelo. Además, es una persona que transmite una serie de valores que conectan mucho contigo, con esa idea compartida que tenemos de qué significa hacer libros para niños. Cuando a él le hacen la pregunta, dice: «Yo no hago libros para niños, yo hago libros». Y es verdad. ¿Por qué llamarlos libros para niños? ¿Por qué los libros infantiles los tienen que leer solo los niños? De hecho, al principio de la literatura infantil los niños no tenían libros creados exprofeso para ellos; hubo una adaptación de obras que en un inicio no eran infantiles ni juveniles y acabaron siéndolo.

A mí me atrapa esa concepción suya del libro y de transmitir un aspecto que creo que él ha desarrollado muchísimo: la curiosidad por el mundo, el descubrir. Pensar: «Con este libro voy a descubrir algo nuevo». Como editores, creo que esto lo compartimos y es una cosa súper bonita de nuestro trabajo. Cada libro es un camino nuevo por abrir. Cuando se cierra uno, de hecho, te da lástima tener la sensación de que no has recorrido con él todo lo que hubieses podido. Pero claro, ese es otro debate sobre la velocidad del mercado.

Aun así, eso es lo maravilloso de este oficio. Cada vez que llega un manuscrito es como comenzar otra vez de cero. Es un enamoramiento inicial en ese preciso momento. Claro, luego con el tiempo sabes que aquello se va a acabar, como se acaba todo en la vida, sabes que al final es un reflejo; pero el subidón inicial del proceso, cuando el libro llega y lo compartes junto con el autor, eso no tiene precio. Entiendo que haya gente a la que no le guste y prefiera otro tipo de trabajo, pero el nuestro es este proceso continuo de reinvención y de curiosidad. El decir: «¿Y ahora qué?». También está la incertidumbre de no saber qué publicarás en el próximo plan editorial porque no tienes libros, o porque se te ha caído uno y tienes que buscar hasta encontrar algo. Todo esto tiene una parte de agobio vital, la tiene, ese estar siempre a la búsqueda; pero, por otra parte, la recompensa es tan grande cuando encuentras algo...

María Trapero: Voy a recuperar una cosa que has puesto antes sobre la mesa, que es la idea de que el libro infantil no solamente es un libro infantil. En Andana soléis decir que sois una editorial de álbum ilustrado, más que de literatura infantil exclusivamente.

Preparando la entrevista, hicimos un poco de genealogía de la historia de la literatura infantil. Me pareció muy bonito rastrear ese origen, que es muy difuso porque hay poca crítica literaria que lo sistematice. Vimos que los primeros objetos o libros a los que accedían los niños, ya en la Edad Media, eran abecedarios y bestiarios; es muy guay la idea de que ya entonces la imagen iba de la mano del texto en ese primer acercamiento. Luego, al llegar el siglo XVII, se producen determinados cambios a través del pensamiento ilustrado, sobre todo con Rousseau y Locke, acerca de lo que son los niños, sus derechos y las teorías del aprendizaje. Después llega el Romanticismo y esa idea de la infancia como una Arcadia perdida. De repente se genera un contexto en el que, ya en el siglo XVIII, empiezan a surgir los primeros libros para niños.

Pero es curioso también, porque investigando vimos que, por ejemplo, el Peter Pan de J. M. Barrie o Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll no están escritos iniciáticamente para los niños en general; están escritos para niños en concreto, pero no era una literatura pensada como un producto para la infancia. Ya a partir del siglo XX empieza a asentarse el canon de los cuentos infantiles, sobre todo cuando la enseñanza se democratiza, la alfabetización llega a todas las casas y surge lo que hoy se parece más a la industria editorial.

Te queríamos preguntar, por tu experiencia como editor y como criatura pequeña que en algún momento leyó: ¿cómo has visto que han cambiado los libros para niños? ¿Qué recuerdos tienes, qué crees que ha estado ocurriendo o hacia dónde van? ¿Detectas esas corrientes?

Ricard Peris: Es verdad que ha habido una cierta evolución hacia el utilitarismo del libro infantil. En los últimos años parecía que el libro tenía que llenar un espacio de educación o solucionar problemas de la infancia que, muchas veces, no sé si era el suyo. Tampoco quiero categorizar; si a la gente le funcionaba y había foros donde decían: «Este libro me ayuda a que mi hijo pierda el miedo a ir descalzo», o temas de estos que han salido en los últimos años, pues perfecto. Hay gente a la que le ha servido y es lícito. Hay libros para todo, para adultos también, así que no pasa nada.

Claro que la cultura audiovisual actual en la que se crían los niños hace que la literatura evolucione y se explique de otra manera. Pero yo creo que, al final, según mi forma de ver, siempre hay algo en los libros que continúa siendo lo importante: las buenas historias. Nosotros lo utilizamos como lema porque nos lo creemos. Para que un libro conecte con el niño no tiene que estar mal hecho, igual que un libro de adultos. Si la historia no funciona o la trama no está bien construida, no sirve; al final, un libro infantil es un libro. Si el libro está hecho solo con una finalidad pedagógica... bueno, tú te puedes comprar un libro que se llame Deje usted de fumar y a lo mejor te funciona. Pues en los libros infantiles igual: Deje usted de ir descalzo, póngase zapatos. Le puede funcionar perfecto a alguien, pero la literatura es otra cosa.

Si quieres sacamos el tema del álbum ilustrado. Es verdad que ha sido un género que, como os explicaba antes, tuvo su momento en el que no había tanta oferta y, por la facilidad de los procesos de creación y porque había una gran demanda, vivió un bum. Luego se nos ha ido un poco de las manos; los grandes grupos editoriales y todo el mundo se han metido a hacer álbum ilustrado. Algunos con acierto y otros con menos, como nos pasa a todos, que tampoco digo que nosotros tengamos la verdad absoluta. Lo que ocurre es que la demanda es la que es. Yo siempre pongo el ejemplo de lo que pasa también en la literatura de adultos: en la mesa están sentadas a comer las mismas personas, que son los mismos lectores; la diferencia es que antes había cinco platos para repartir y ahora hay veinticinco. Entonces, hay platos que nadie toca. El álbum ilustrado seguramente vive ahora un punto de saturación como género a nivel mundial, pero los buenos, como Oliver Jeffers y los grandes autores, se siguen vendiendo.

Raúl E. Asencio: Quizá para alguien que no esté familiarizado con el mundo del libro infantil o con el álbum ilustrado, no estaría mal dar un poco de contexto. ¿Qué es un álbum ilustrado? ¿En qué se diferencia de la literatura infantil tradicional o qué género ocupa dentro de ese gran espectro que son los libros para niños?

Ricard Peris: ¡Uf! Hay libros enteros que tratan solo de este tema, de qué es un álbum ilustrado. Tengo algunos de expertos bastante buenos en casa. Esto es como si nos preguntamos qué es la literatura de no ficción; es un saco muy amplio donde entran desde libros utilitarios hasta ensayos. Creo que con el álbum pasa lo mismo. Te puedo explicar qué es para mí, para Ricard, un álbum ilustrado es el libro que es capaz de conseguir que la ilustración y el texto te expliquen una historia en conjunto; y algo que para mí es vital: que el texto y la ilustración no te estén contando la misma historia dos veces. Eso pasa muchas veces porque la gente no entiende el formato. Cuando el escritor cuenta algo y la ilustración simplemente transforma ese texto en una imagen, eso es un libro ilustrado. El álbum es otra cosa; es la combinación perfecta de ambos lenguajes.

Pensemos en los libros de Oliver Jeffers o de Simona Ciraolo —hay otra autora que me encanta también y que lo hace muy bien—: el texto está diciendo algo, pero la ilustración te está aportando una información distinta, te está contando su propia historia. Esa es la gracia, que el lector va pasando de un lenguaje al otro.

Luego hay otro elemento importante: cómo comunica la doble página. Cada doble página es una escena de la obra. Tienes que ser capaz de transmitir en ese espacio; el hecho de pasar la página es, para el lector, entrar a otro mundo. Tú, como editor o creador, debes construir la escenografía como un dramaturgo: decidir dónde se van a poner los actores, quién va a hablar... Está a medio camino entre una obra de teatro y una exposición. Alguien me lo dijo una vez y es verdad: el álbum ilustrado ha permitido acercar obras de arte a una gran masa de público que no puede ir a las galerías o a las exposiciones. Un buen álbum ilustrado realmente está educando el sentido de la belleza de los niños, transmitiéndoles esa capacidad estética que es súper importante.

Raúl E. Asencio: Has dicho algo que me parece bastante interesante: la idea del álbum ilustrado como obra teatral. Entiendo que el álbum tiene una lectura muy particular, y es que permite releerse poniendo el dedo y la atención en distintas partes de la página para ir reconstruyendo la historia —en caso de que la hubiera— o creándola de diferentes maneras. El propio niño, o la figura del adulto que lo acompaña, vive esa parte performática de verse en medio de la escena y tomar partido: decidir dónde situar la mirada, dónde poner la imaginación... Eso es algo distinto. Hablo un poco por intuición, ¿eh?

Ricard Peris: No te cortes, si esto va mucho de intuición.

María Trapero: Pero es muy interesante porque estaba pensando también en el cómic. Frente al texto corrido —que no digo que no tenga sus propios tiempos—, la narrativa tradicional está muy atravesada por el proceso cronológico y la directividad de la propia escritura. En cambio, creo que tanto en el álbum ilustrado como en el cómic se maneja otro tiempo. A mí me gusta mucho del cómic que se suele entender como un arte secuencial más cercano al cine, pero me ha gustado mucho tu idea de la teatralidad aplicable al álbum, aunque creo que lo cinematográfico también conecta con ambos.

Ricard Peris: De hecho, en Andana Gráfica hay algo de esa pasión. Después de fundar Andana, aparte de la inquietud personal de lanzar proyectos y lanzar un sello nuevo. Fue casi como una necesidad. Encuentras en el cómic algo en lo que también te sientes cómodo, en lo que crees, y que comparte con el álbum esa capacidad de relectura y de reinterpretación para jóvenes y adultos.

Sí, esa capacidad de volver sobre lo leído con otros ojos. En la literatura textual también pasa: cuando volvemos a los libros que leíamos en nuestra juventud, descubrimos otro punto de vista. Sin embargo, el álbum y el cómic te permiten acortar esos tiempos; puedes releer de inmediato y ver cosas que no habías percibido la primera vez, detalles que tu ojo no había descubierto. Es como una película que vuelves a ver pasado un tiempo: vuelves a disfrutarla, a sentir lo mismo o a descubrir cosas diferentes. Yo creo que esa es la capacidad del arte y de las historias de las que estamos hablando; eso es lo que te hace vibrar por dentro.

Raúl E. Asencio: Has hablado antes de la velocidad, así de pasada. A mí hay algo que me fascina del mundo de la literatura infantil —frente a la de adultos, que es la que más conozco—, especialmente cuando he estado atendiendo la caseta de Andana en la Feria del Libro. Un libro de Mariana Enríquez, por ejemplo, se lo puede leer un adolescente de dieciséis años y una persona de ochenta; es decir, la vida potencial del lector de ese libro es inmensa. En cambio, aunque hayamos dicho que los álbumes no los leen solo los niños, pongamos por un momento que su público principal sí lo es. Ese niño crece. Los lectores del álbum y de la literatura infantil están cambiando constantemente, casi cada año son lectores nuevos.

Sin embargo, por lo que veo y por lo que me cuentas, da la impresión de que en la literatura infantil es relativamente más sencillo crear un clásico que se mantenga en el tiempo a pesar de que el público objetivo cambie cada dos o tres años, algo que cuesta mucho más en la literatura para adultos. ¿Cómo se resuelve esta paradoja?

Ricard Peris: Yo creo que hay diferentes componentes que lo explican. A ver, antes he hecho el discurso de que estos libros los puede leer todo el mundo porque ese es el sueño de cualquier editor de literatura infantil y juvenil: ampliar su público. Pero la realidad del mercado es que cada vez los álbumes ilustrados se encasillan en edades más cortas. A veces te dicen: «No, es que mi hijo ya lee mucho y este libro tiene muy poco texto». Claro, bajo esa regla de tres, usted no debería ir a ver exposiciones de arte porque allí tampoco hay texto. Está bien hacerse preguntas para entender que no solo el texto transmite, sino que hay otras vías por las cuales nos llega una historia.

Pero volviendo a tu pregunta sobre la generación de clásicos, creo que se explica, ligándolo un poco con lo que decía al principio, por la transmisión generacional. Muchos lectores que han leído determinados libros de pequeños quieren transmitirle esa misma experiencia a sus hijos; va de generación en generación, como hizo mi madre conmigo. A todos nos pasa: si de pequeño te gustó un libro, o si ahora eres docente y recuerdas que lo leíste en tu infancia, lo recomiendas y dices: «Este libro hay que leerlo». Esa recomendación se va contagiando.

Evidentemente, los destinatarios de nuestros libros son los niños, pero quienes los eligen y los compran son los adultos. Las campañas de comunicación de una editorial no van dirigidas directamente al niño; al niño puedes llegar de forma puntual en el punto de venta, pero no es él quien elige la mayoría de sus lecturas. En la adolescencia sí empieza a cambiar, pero en las primeras etapas hay muchos prescriptores. Por tanto, nuestra comunicación se dirige a esos adultos para transmitirles lo que creemos que puede ayudar a los niños en su proceso.

Y aquí entramos en una parte fundamental de la conversación, que es la reivindicación de la literatura infantil y juvenil. En el sector editorial siempre nos estamos quejando de que no hay lectores y de que necesitamos más. Si es así, ¿qué hay más importante que el proceso de crear nuevos lectores desde la base? Los lectores adultos que hay actualmente son los que son y eso no va a cambiar. Si realmente queremos ver un cambio a futuro, tiene que ser a través de la literatura infantil, en la creación de lectores; un proceso que muchas veces queda relegado y olvidado por gran parte de los medios de comunicación, donde casi no se habla de literatura infantil y juvenil. Si queremos que la lectura y el libro sigan ocupando un espacio importante, cuidemos este sector, porque ahí está la clave de que el libro tenga futuro. Si nadie siembra esa semilla, es muy difícil crear lectores. Si no conseguimos darles buenos libros desde pequeños, contarles historias y leer en voz alta con ellos, no habrá relevo.

Por eso es súper paradójico que cueste tanto que se hable de este género. Yo siempre lo digo desde mi punto de vista como padre y como docente: es muy complicado elegir libros, lo entiendo perfectamente. Con la oferta tan inmensa que hay, no existe una crítica sistemática ni unos canales claros que te pongan al día de las novedades y de lo que se publica. ¿Cómo te informas? 

Raúl E. Asencio: ¿Cuáles son los circuitos de prescripción? Has dicho que, aunque el niño pueda ir puntualmente a una librería y elegir el que le guste, por norma general es el padre el que lo compra. ¿Cómo se llega a esos padres? ¿Existen esos canales de prescripción?

Ricard Peris: A ver, hay algunas fundaciones que evidentemente hacen una gran tarea de reseña y prescripción, y sus recomendaciones están ahí. Por suerte, los canales de internet han abierto mucho más las posibilidades: quien busca, encuentra. Pero encontrar la fiabilidad de un buen prescriptor de literatura infantil y juvenil cuesta bastante. Por eso creo que a menudo es una tarea titánica y muy admirable por parte de los padres o de los profesores que dicen: «Quiero que en mi aula haya buenos libros» o «quiero que mis hijos tengan una buena biblioteca». Hay que ayudarles, eso es súper importante.

María Trapero: Volviendo sobre esta anomalía frente al resto del sector editorial, el hecho de que el lector final no sea el comprador, ¿qué es lo que quieren los padres para sus hijos? Hay que ponerse en su lugar porque ellos son los que pagan. ¿Qué detectas que buscan? Porque ahora entraremos en harina, pero parece que la cuestión de los valores o del valor pedagógico es algo que atraviesa la decisión de compra. ¿Es eso lo que buscan o hay algo más?

Ricard Peris: En el mundo del libro tenemos una gran suerte, y es que la sociedad considera que leer un libro siempre aporta algo positivo. Eso juega a nuestro favor: la preocupación social por la lectura sigue estando presente. Yo creo que nadie se atrevería a decir alegremente por ahí: «No quiero que mi hijo o mis alumnos sean lectores»; esa frase no la puede pronunciar nadie sin salir escaldado. Eso nos beneficia, algo que no ocurre en otros sectores donde sí hay debate, como con el uso de los ordenadores o con ciertos tipos de comida.

¿Qué buscan los padres? Lo primero, que sus hijos sean lectores. A cualquier padre preocupado por el futuro de su hijo le interesa que sepa leer y escribir bien, porque históricamente eso ha abierto puertas y ha permitido progresar. En una sociedad donde la lectoescritura sigue siendo fundamental para la comunicación, a pesar de los nuevos canales, dominarla es clave.

Una vez que buscan crear lectores, ya entraríamos en el siguiente nivel: ¿qué tipo de lector quieres que sea? ¿Te lees tú lo que leen tus hijos? Yo siempre hago la comparación con la alimentación: ¿tú le darías a tu hijo algo de comer que no has probado nunca? Si compras algo, no le dices: «Toma, cómetelo todo tú», sin saber si está bueno, malo, podrido o a qué sabe. Pues con los libros a veces pasa eso de: «Léete este libro porque me han dicho que tienes que leértelo», sin saber qué cuenta, si es bueno o de qué va, o sin que te haya asesorado un librero.

Por suerte, hay grandes libreros de literatura infantil y juvenil en España, y grandes críticos. La gente que va a las librerías, que se preocupa, que acompaña a sus hijos a la sección infantil... ahí es donde se produce el verdadero acompañamiento en la creación del lector. Y esto lo digo como editor, pero también como padre que ha educado y ha seducido a sus hijos en la lectura.

Raúl E. Asencio: ¿Cuáles serían tus consejos o tus aproximaciones para ese acompañamiento, para esa seducción? No te voy a preguntar cómo se construye un lector en abstracto, sino cómo los has construido tú en tu casa.

Ricard Peris: No lo sé, la verdad. Hay muchas recetas y la mía ni es de éxito ni sé cómo acabará esto, porque el camino de la lectura puede cambiar en cualquier momento. Uno hace lo que cree que es mejor. Es verdad que alguien me dijo una vez: «Claro, es que tu casa no es normal». Y es cierto, por la cantidad de libros infantiles y juveniles que hay; creo que poca gente tiene esa accesibilidad en casa para sus niños. A veces, de hecho, esa sobreoferta puede jugar en nuestra contra.

Pero hay cosas fundamentales, y esto es algo que Nàdia hace y que yo creo que es súper importante —de hecho, ahora hay bastantes libros que lo reivindican—: la lectura en voz alta. Es una práctica que se había perdido un poco bajo la idea de «dale el libro y que lea solo», pero compartir lecturas en voz alta es clave. Y ya no solo para crear lectores, sino como una experiencia vital compartida con tus hijos o tus sobrinos: «Vamos a leer este libro juntos». Eso se convierte en un recuerdo que te acompaña toda la vida. Te acuerdas años después y dices: «¿Te acuerdas de cuando leímos aquel libro?». Estás compartiendo esa historia. Con los niños no puedes hacer un club de lectura formal, pero el hecho de compartirlo es una de las claves.

Hace poco en casa nos hemos leído los cuatro un libro juvenil. Eso nos ha permitido hablar durante horas. Estar leyendo y comentar: «¿Y este personaje?», «¡No me digas nada, que quiero saber qué pasa!». Eso es maravilloso, pero es que nos pasa también a los adultos. Cuando un amigo tuyo se ha leído el mismo libro que tú, os sentáis y decís: «¡Ostras! ¿Y qué te pareció este personaje? Yo creía que iba a hacer otra cosa». Siempre se ha dicho que la lectura es un acto solitario, pero al mismo tiempo es un acto social.

Al final, mis recetas no son más que eso: compartir. Esto liga mucho con una frase que me parece súper bonita: «El hecho de crear lectores es un tren que pasa una vez en la vida». Hay un momento en la infancia y en la juventud en el que es muy fácil engancharse a leer si hay alguien cerca, o si encuentras a la persona o el libro correcto. No sé si os habéis hecho la pregunta de qué libro os hizo lectores. Casi todos tenemos un libro de nuestra adolescencia que nos marcó, porque hay un momento en el que se tiende a abandonar la lectura, pero luego te encuentras con una obra que te hace decir: «¡Buah, quiero más libros!». ¿Quién te pone ese libro en las manos? ¿Quién te acompaña? Eso es precioso. Poder participar en ese proceso creando libros, dando consejos y acompañando a los jóvenes y a los niños en ese camino es coger un tren maravilloso.

Raúl E. Asencio: Es muy interesante lo que dices. Cuando hablas de un libro con amigos, muchas veces empiezas hablando de un personaje, pero acabas hablando del amor, de la vida o de la muerte. La ficción funciona como una especie de interfaz para tener conversaciones que de otra manera serían violentas o incómodas; a través de esos chivos expiatorios que son los personajes se pueden abordar temas muy profundos.

Ricard Peris: Totalmente. El otro día leía sobre la diferencia entre los adolescentes que leen mucho y los que no, y nos pasa igual a los adultos: la capacidad de vivir. Tenemos una sola vida, pero leer es vivir más vidas. Si tú esa experiencia ya la has leído en otra parte, cuando te enfrentes a ella en la realidad, tu cerebro ya la habrá habitado de algún modo y habrá interpretado qué decisión habrías tomado tú. Cuando muera una persona querida o cuando te encuentres ante una encrucijada vital, aunque no quieras, esa decisión ya la habrá ensayado tu cerebro. Eso es lo bonito: tener una experiencia previa antes de llegar a ese momento de la vida. Al final, un lector y un no lector pasan por lo mismo, pero un lector probablemente vive la vida de una manera más plena.

Raúl E. Asencio: Siguiendo con la conversación, y recuperando la idea de estar en la Feria del Libro rodeado de las novedades de Andana, hay algo que parece muy evidente hasta que llega una madre con una niña de seis años y te pide: «Recomiéndame un libro para mi hija». En ese momento toda esa categorización por edades de «de dos a cinco años» o «a partir de seis» se revela como algo artificial. No dudo que funcione como guía, pero a uno que llega de fuera y está allí en la caseta, el niño le pregunta y lo desarma por completo, salvo que estés muy familiarizado con el catálogo. ¿Cuáles son los criterios que van configurando esas categorías por edades y cómo van evolucionando?

Ricard Peris: Fíjate en dónde estamos ahora mismo: estamos en una biblioteca. Si miras alrededor, todos los libros llevan una etiqueta. Yo creo que, aunque no queramos, nos pasa muchas veces que nuestro cerebro necesita categorizar. Entiendo a la gente que, aunque tú no quieras poner edades, te insiste: «Es que quiero que me digas las edades para saber de qué va» o «quiero que me digas si este tipo de libro es ficción o no ficción». Y tú respondes: «Es que es un género híbrido». Pero te dicen: «No, no, tú dime algo, tengo que ponerle una etiqueta». El propio programa de categorización en DILVE te obliga a asignar una materia. Así que el tema de la edad es complicado. Al final, pones algo aproximado en lo que puedas creer, pero la realidad es que yo me puedo leer Perdido y encontrado ahora, con cuarenta y ocho años, y en la ficha pone otra cosa. Hay gente que, para curarse en salud, pone «de 5 a 99 años», pero eso tampoco es real.

Aun así, tú vas intentando categorizar y buscando temas que atrapen a la gente. Ahí es donde entra la función del prescriptor o del librero de toda la vida, una figura que muchas veces se está perdiendo. Esos libreros que, cuando entraba alguien, le preguntaban para profundizar. Yo he aprendido mucho visitando librerías; de hecho, Andana nace en gran parte de eso. Siempre que me voy de viaje —algo que nos pasará a todos los que nos dedicamos a esto— lo primero que hago es ir a ver qué compra la gente, qué mira. Cuando estás atento y aprendes con esa curiosidad, empiezas a hacer las preguntas que hacen los grandes libreros: «¿Y qué le gusta al niño? ¿Y qué le gusta a la madre? ¿Le gustan los animales?». Con eso ya vas construyendo en tu cabeza el perfil del lector y por dónde va a ir.

María Trapero: Una pregunta: ¿todos los temas son susceptibles de ser tratados en un álbum infantil?

Ricard Peris: Yo cambiaría la pregunta: ¿todos los temas pueden ser tratados en un libro? Yo creo que sí. Pues en un libro infantil, también. Todo depende de la perspectiva que le des. Ahí está la gracia. De hecho, puede ocurrir que un libro plantee un tema muy trillado pero le dé la vuelta; la perspectiva es lo que hace al libro. El cambio de punto de vista o el enfoque es lo que crea la verdadera originalidad en el álbum.

María Trapero: Sí, a mí me llegó un librito hace ya un tiempo sobre el abuso sexual en la infancia y me pareció maravilloso cómo estaba abordado. 

Raúl E. Asencio: Hace un momento has hablado de esos libros que no envejecen del todo bien, quizá porque nuestra concepción moral del mundo ha cambiado. ¿Cuál es tu enfoque con respecto a estos libros? ¿Dejarlos de lado, acompañarlos, contextualizarlos? ¿Cómo lo gestionas?

Ricard Peris: Creo que es fundamental que tengan su contexto. Hay que entender que un libro responde a un tiempo y a un momento. Aquí estamos rodeados de libros en una biblioteca; ¿qué vamos a hacer, expurgar todos los libros que cuenten cosas que hoy nos parecen incorrectas? Yo creo que eso forma parte de la experiencia humana, la cual debe ser almacenada y tenida en cuenta para poder seguir progresando.

Voy a poner un ejemplo súper claro: los campos de concentración. ¿Hay algo más horrendo que merezca ser destruido que un campo de concentración? Sin embargo, el ejercicio que hicieron en Alemania —y que no se hizo en España, donde las cosas se taparon— fue decir: «No, esto quiero que esté aquí y que todo el mundo venga a verlo para no repetirlo». Hacer desaparecer esos libros es abrir la puerta a que se vuelvan a repetir los mismos estereotipos y las mismas conductas. Se debe conocer que aquello fue un error, o que respondía a un contexto que hoy nos hace llevarnos las manos a la cabeza. Si lo borramos, tenemos muchas posibilidades de repetir el mismo fallo; la historia humana es así. Esos libros está bien que estén en un sitio, en un contexto, y que permanezcan en la memoria.

María Trapero: Es muy interesante esta idea que, aunque pueda resultar evidente, no lo es tanto: los libros responden a un tiempo y a un momento. A veces siento que queremos que los libros sean objetos depositarios de la Humanidad, con mayúsculas, y de unos valores que van más allá del tiempo y del espacio, como si atravesaran lo humano de forma inmutable. Pero incluso esos valores tienen un contexto concreto: dejan cosas fuera y ponen sobre la mesa otras. Me gusta mucho ese aterrizaje; creo que es importante y ayuda a acercarnos a la lectura, ofreciéndole la posibilidad de renovarse en distintos momentos por mucho que el objeto sea el mismo. No hay libros universales porque se leen distintos cada vez, en cada etapa y en cada momento.

Ricard Peris: Los libros también desaparecen. No todo lo que se ha escrito ha llegado a nuestros días, ni todo lo que se escribe hoy llegará al futuro. Hay un proceso natural de selección.

María Trapero: Una cosa de la que nos interesaba también conversar es sobre las particularidades técnicas de producción, distribución y comercialización del libro infantil, porque creo que son muy desconocidas en general, pero sumamente interesantes. Por ejemplo, la idea de las coediciones, que es algo que los editores de texto corrido no suelen tener tanto en el horizonte —seguramente la gente que hace fotografía y arte sí—. ¿Nos podrías contar un poco cómo es un proceso de coedición, tanto a nivel internacional como nacional? Andana es una editorial valenciana y edita, en general, tanto en castellano como en catalán —en La Caja Books no, pero en Andana y Andana Gráfica sí—. Eso conlleva unas especificidades muy concretas en imprenta cuando hay imágenes de por medio. Si te apetece, cuéntanos sobre esto.

Ricard Peris: Me gusta mucho la pregunta porque, como uno lo vive en el día a día, le parece lo más normal del mundo; pero luego te lo preguntan desde fuera y te das cuenta de que para un editor de texto corrido es un mundo nuevo.

¿En qué consiste una coedición? Actualmente, gracias a la tecnología, se trabaja por capas en archivos abiertos, lo que permite cambiar únicamente la plancha de negro en la impresión. Si son álbumes ilustrados o libros a color, se imprime todo el libro a color pero sin el negro, dejando este para el último pase por imprenta. Por ejemplo, imaginemos que vamos a hacer cinco mil libros en castellano, cinco mil en francés y cinco mil en italiano. En lugar de hacer tres tiradas independientes, imprimimos quince mil libros a color sin la capa de negro. Después, en la última fase, se cambia la plancha según el idioma y se pasan esos tres bloques de cinco mil. Así salen los quince mil libros con sus textos correspondientes. Esto permite abaratar muchísimo los costes de producción porque estás sumando una gran tirada.

Eso sí, implica una coordinación y una preparación tremendas; hay que tener una mentalidad de coedición desde el mismo concepto del libro. Nosotros lo aplicamos siempre al editar en dos lenguas. Cuando un creador está haciendo el libro, debe tener en cuenta que solo el texto puede ir en la capa de negro porque luego va a cambiar. ¿Supone esto una limitación creativa? Puede ser. Estoy seguro de que a algunos autores les cuesta, pero si quieres salir a un mercado internacional y que tu libro se venda en todo el mundo, tienes que facilitarlo.

María Trapero: Esto resulta muy interesante a la hora de negociar los derechos, algo que en el cómic hemos visto bastante. Ya no es solo que te baje el coste de imprenta, sino que cuando haces una oferta de adelanto, estás ofertando por una tirada mucho más grande. No estás proponiendo mil ejemplares, sino quizá tres mil o cuatro mil sumando idiomas. Tu oferta se vuelve mucho más atractiva frente a la de otros editores que solo van a editar en una lengua. Yo no conocía esto cuando empecé, pero cuando entré en el mundillo me pareció interesantísimo. 

Ricard Peris: De hecho, lo hemos hecho con varios libros a los que les veíamos recorrido. Con La ballena, por ejemplo, aparte de castellano y catalán, coeditamos en gallego y en vasco. Al final, la receta es la misma y solo tienes que cambiar un ingrediente.

Es verdad que implica un proceso de aprendizaje, de trabajar por capas desde el diseño y coordinarlo muy bien para que no haya fallos. Nosotros hemos cometido errores y hemos aprendido como se aprende todo: a base de fracasos con libros donde la capa de negro no salió bien. Es un esfuerzo más grande en el trabajo de producción porque hay que enviar y compartir capas perfectas, vigilar que no se mueva nada y que el negro cuadre exactamente para que el texto no caiga sobre la ilustración.

A cambio, te permite crear sinergias súper positivas. Es precioso ir por ahí y ver el libro que tú has editado en castellano o en catalán expuesto en francés o en italiano. En las ferias como la de Bolonia, esto propicia las famosas cenas con los autores y todos sus editores internacionales. Es una de las cosas más bonitas que hacemos cuando nos reunimos. Viene Oliver Jeffers o viene Benji Davis y se organiza una velada con el editor francés, el inglés, el coreano... No sé si en Frankfurt con la literatura de adultos lo harán igual, pero es una forma maravillosa de compartir experiencias: cómo te ha funcionado, qué te ha costado más o cómo resolviste la traducción.

El proceso más complicado en estas coediciones son los alfabetos y los juegos de palabras. Imagina que tienes que traducir un libro donde la ilustración está ligada a una letra concreta. Nos pasó con un libro de Oliver Jeffers que iba de una historia para cada letra del abecedario. En inglés funcionaba con una palabra, pero al ver la ilustración tuvimos que hacer auténticas acrobacias en catalán y en castellano para que cuadrara con otra palabra que empezara por la misma letra y no quedara artificial. Recuerdo que el traductor nos dijo: «Había dejado de fumar, pero con este libro he vuelto». ¡Le costó la vida encontrar el ajuste! De hecho, luego te llaman otros editores: «Oye, que los franceses preguntan cómo habéis solucionado aquella página». Os podría contar mil anécdotas de triples saltos mortales para sacar adelante ciertas coediciones.

María Trapero: Más allá de la impresión, también son interesantes la distribución y la comercialización. Luego si quieres podemos hablar de las librerías infantiles y de cuáles son tus referentes, pero hay un asunto clave: los clientes potenciales como las bibliotecas y los institutos. Las bibliotecas son esenciales para cualquier fondo, aunque a veces siento que a los editores nos falta hacer más trabajo de pico y pala con ellas. Es un espacio primordial junto a las librerías, con la particularidad añadida de las escuelas en vuestro caso. ¿Cómo es ese proceso con el mundo escolar y bibliotecario?

Ricard Peris: En Andana tenemos a dos comerciales, uno en Valencia y otro en Cataluña, que trabajan específicamente para llevar nuestros libros a los colegios e interlocutar con los profesores. Es lo que hablábamos antes: hay que hacer un esfuerzo consciente para acercar las novedades a estos prescriptores, igual que hacemos con los padres, los docentes y los bibliotecarios.

Es verdad que existen ciertos eventos, como las jornadas de la Feria del Libro de Madrid, donde los bibliotecarios van a conocer las novedades in situ, a tocar el libro... Porque por muchos correos electrónicos que envíes, la gente necesita ver el objeto, hojearlo, leer la contraportada y que se lo cuenten. Ahí es donde entra el contacto humano. Volvemos a lo de antes: la lectura es un acto individual, pero tiene un componente social innegable, tanto después de leer como antes de abrir el libro. La labor de los comerciales o de la gente de la editorial que visita las librerías cumple esa misión que existe en todas las editoriales del mundo: ponerle cara y ojos a quien está detrás del proyecto. Un prescriptor necesita que le digas: «Oye, mira, te traigo este libro; échale un ojo porque lo acabamos de editar y, conociendo tus gustos o los de tu biblioteca, creo que te va a encantar». Cuidar esa parte humana frente a los grandes grupos es nuestra mayor fortaleza como independientes: el hecho de seguir siendo pequeños, ponerle rostro al proyecto y demostrar que nos creemos lo que hacemos porque vivimos de ello.

Por eso es tan importante visitar colegios y estar en las ferias. Vosotros lo sabéis bien: yo intento ir siempre porque ahí detrás se aprende muchísimo. Ese contacto directo con el lector es una experiencia súper bonita. Poder contar tu propio libro y acercárselo a alguien transmitiendo detalles del proceso de creación es algo que muy difícilmente le podría contar un tercero. Hay que mantener vivo ese vínculo y fomentarlo a pesar de la complicada arquitectura de la distribución actual y de lo difícil que está cada día encontrar un hueco en las librerías. Ya pasaba en la literatura de adultos, y ahora está ocurriendo también en la infantil y juvenil: asistimos a una fagocitación voraz de libros de consumo, sin tiempo para algo que el libro siempre había tenido, que era un periodo de reposo para encontrar su sitio. Los ritmos que están imponiendo, sobre todo los grandes grupos, no sé si nos llevan al mejor de los mundos posibles, pero es lo que hay. En este mercado, o juegas aceptando las reglas, o te vas.

Raúl E. Asencio: Tú conoces el mundo de la edición para adultos a través de La Caja Books, y sabes cuáles son los ritmos y las estrategias que las grandes editoriales emplean para consolidar sus espacios en las mesas de novedades. ¿Ocurre que son las mismas estrategias en la literatura infantil y en los espacios dedicados a los niños, o este sector tiene sus propias particularidades? ¿Cómo se libra esa batalla por estar disponible en las librerías?

Ricard Peris: Tengo una sensación —a lo mejor es muy personal— de que esto que ya ocurría en el libro de adultos desde hace mucho tiempo se ha trasladado al sector infantil. Antes, el mundo de los niños y el del cómic permanecían un poco al margen de esta presión; tenían la suerte de no verse sometidos a esa inundación de novedades basada en la cantidad más que en la calidad, esa estrategia de «quiero llenar la mesa con lo mío para no dejar espacio a que entre nadie más».

Sin embargo, el proceso de concentración hacia el que va el mundo editorial ha hecho que los grandes grupos repliquen esas dinámicas. Como el exceso de producción ya ha llegado a un límite en el que no se puede producir más, la siguiente fase ha sido la compra de sellos editoriales independientes para seguir ampliando su cuota de mercado. Ahora están entrando a ocupar nichos que antes no les resultaban apetecibles, pero lo hacen por pura necesidad imperiosa de crecer año tras año. Si en el sector de adultos ya no pueden rascar más puntos de beneficio, miran hacia el infantil. Por eso estamos viendo a grandes grupos que antes no tocaban el álbum ilustrado o el cómic lanzar sus tentáculos hacia aquí. Al fin y a la cabo, son corporaciones que cotizan en bolsa y que tienen que presentar resultados de crecimiento cada treinta y uno de diciembre. Eso los obliga a crecer como sea.

Es lo que hay, y podríamos quedarnos aquí lamentándonos. Siempre se ha dicho que el del libro es un sector muy llorón, pero a mí no me gusta quejarme. ¡Ostras! En Andana trabajamos actualmente doce personas que podemos vivir de esto. Hace doce años era solo media persona. Hemos construido un catálogo y un proyecto sólido; en medio de este panorama, eso es algo que hay que celebrar. Es una maravilla y está súper guay. Si a mí me dicen hace quince años que conseguiríamos esto, no me lo creo. Claro que las cosas podrían ser mejores —y en el mundo podría no haber guerras y todo funcionar de otra manera—, pero lo que hemos construido, lo que hacemos y lo bien que nos lo pasamos haciendo libros... eso no tiene precio.

Raúl E. Asencio: ¿Cómo es el mundo del libro y el panorama cultural en Valencia, fuera de los dos grandes focos editoriales? ¿Cómo es realizar esa labor desde una localidad como Picassent, que ni siquiera es Valencia capital?

Ricard Peris: Bueno, no es fácil, pero al final la tecnología, la deslocalización y lo que vivimos tras la pandemia nos han dado la capacidad de demostrar que hoy en día se puede trabajar y vivir, sobre todo en el mundo del libro, desde cualquier sitio. Hay mucha gente que teletrabaja y que no está físicamente en la oficina. Esa fue una apuesta que hicimos en Andana desde la génesis. Ahora estamos en Picassent, pero podríamos estar en cualquier otra parte. Nos sentimos valencianos, pero la ubicación exacta nunca ha sido algo que me haya preocupado. Entiendo que para algunas empresas sea muy importante tener un edificio enorme con sus grandes letras en la fachada, pero a mí eso nunca me ha generado ninguna necesidad.

Es verdad que es complicado si tienes en cuenta que el mercado editorial y cultural en España se mueve principalmente entre dos grandes ejes: Madrid y Barcelona. Crear una editorial en un punto medio tiene sus pros y sus contras. La parte mala es que no estás en ninguno de los dos sitios; la buena es que, al final, puedes estar en ambos porque te encuentras a media distancia. Es un poco lo que ocurre logísticamente con Zaragoza, que se ha convertido en un punto clave de distribución porque conecta de forma excelente un sitio con otro. Creo que Valencia tiene esa misma gracia.

Además, históricamente, Valencia ha sido una ciudad referente en el tema de la ilustración y de la creación artística. Como hablábamos al inicio de la entrevista sobre las semillas que se van plantando, en Valencia siempre ha existido una gran preocupación y sensibilidad por la creación visual.

Aun así, sabemos que los hilos se mueven mucho en las dos capitales, por lo que es importante estar presente en sus actos y que te vean. Por eso hicimos una inversión y un esfuerzo importante para contar con colaboradores fijos allí: tenemos a una persona en Madrid y a otra en Barcelona. Pero, logísticamente, hoy ya no importa dónde tengas la sede. De hecho, creo que estar en Valencia le aporta el carácter del Mediterráneo a la editorial; ese componente de buscar el tiempo, el espacio y la luz para crear escenarios donde la lectura sea importante le da una gran personalidad a nuestro catálogo. Si estuviéramos en Madrid o en Barcelona, seríamos una editorial más de las tantas que hay allí. Estar en Valencia es un sello de distinción. Hemos convertido lo que podría ser un obstáculo en una ventaja, jugando con las cartas que nos han tocado para que vayan a nuestro favor.

Ese carácter valenciano ayuda, pero se complementa con una mirada internacional. El hecho de estar al día de lo que sale en las editoriales inglesas, alemanas, francesas o estadounidenses te nutre. Esa dualidad es lo que verdaderamente marca nuestra identidad, y es lo que siempre he querido transmitir a todo el equipo de Andana.

Raúl E. Asencio: Hace unos meses escuché a uno de los editores de Galaxia —la estupenda editorial gallega— hablar de lo antirrentable y, al mismo tiempo, de lo necesario que era construir un tejido editorial para conservar y cuidar un idioma; en su caso, el gallego. En vuestro caso, que editáis también en valenciano, ¿cuánto hay de apuesta política por la conservación de la lengua en ese gesto?

Ricard Peris: Yo lo vivo con total naturalidad, no lo experimento como una militancia ni como una lucha, sino como creo que se debe vivir un idioma. He nacido en Valencia y tengo la suerte de hablar dos lenguas; es una herencia que he recibido de mis padres y de mi cultura. También considero una suerte vivir en un Estado que tiene más de un idioma y poder editar en castellano. Hay gente que se pregunta por qué editamos en valenciano. Primero editamos en valenciano por una cuestión de proximidad, pero también porque se nos puso por delante Oliver Jeffers. Sus derechos en castellano ya estaban comprados, pero en valenciano estaban libres, y en este oficio uno tiene que aprovechar las oportunidades. Además, era la lengua en la que me sentía cómodo; no iba a ponerme a editar en gallego en ese momento porque no era mi lengua. Lo vivo con total naturalidad. De hecho, de cara al futuro vamos a coeditar también en gallego y en vasco porque las circunstancias se han dado así. Al final son lenguas; yo vivo con la mía y con mi forma de ver el mundo, pero comparto y respeto las demás.

A mí me parece muy positivo cómo se gestiona esto en otros países donde no existe la guerra política que vivimos en España. En Suiza, por ejemplo, me alucinaba ver que en cuanto detectaban que uno de los idiomas oficiales bajaba en número de hablantes, el Estado hacía un esfuerzo institucional para que esa riqueza lingüística y ese patrimonio continuara vivo. No querían perderlo porque entienden que es una suerte vivir en un país con tantos idiomas. Desde un punto de vista filológico y cultural, que es el más sano, tener esa diversidad es una maravilla. ¡Ojalá yo pudiera hablar de forma natural más lenguas!

Raúl E. Asencio: Sí, cuando yo me refería a la «apuesta política», lo decía en el mejor de los sentidos de la palabra: lo político como la conservación y el cuidado de la cosa pública, del patrimonio común.

Ricard Peris: Claro, es que cuando el idioma sale de ese ámbito y se convierte en un arma arrojadiza, deja de ser algo bueno. La lengua es un patrimonio, y cualquier otro patrimonio lo mantendríamos y lo potenciaríamos, ¿no? ¿Por qué con este no? Pero bueno, para entender toda esta situación en nuestro contexto tendríamos que meternos a hablar de la Transición, de los posicionamientos históricos y de esa necesidad de identificarse en bandos; temas que, por desgracia, traspasan la naturalidad con la que se deberían vivir estas cosas.

Raúl E. Asencio: Y continuando con el crecimiento y la vida de Andana en Valencia, ¿cuál es la biografía de la editorial? ¿Cómo y cuándo aparecen La Caja Books o Andana Gráfica? ¿Cómo se va conformando el ecosistema de sellos que hoy componen Andana?

Ricard Peris: Creo que todos los proyectos nacen de la misma inquietud y curiosidad, de la experiencia de ir encontrándote con personas en el camino. La filosofía siempre ha sido la misma: igual que un día te encuentras con un libro de Oliver Jeffers, otro día te encuentras con un proyecto, con un autor o con un equipo que comparte tu visión. Una editorial es una tarea de picar piedra, de constancia; para un editor, el trabajo continuo es lo único que da frutos.

El primer sello que creamos fue La Caja Books. La Caja tiene una historia bonita: nació en Lisboa. Surgió porque un gran amigo, Paco Cerdà, estaba viviendo allí en ese momento. Fui a visitarlo con mis hijos, que entonces tenían apenas dos años, y vi en Paco algo que siempre me ha fascinado: el espíritu de editor. Cuando uno lleva ese gusanillo dentro, va buscando de forma innata a gente que comparta esa misma pasión para alimentarla y darle alas. Le dije: «Oye, ya que en Andana tenemos montada toda la infraestructura pesada —que al final es lo más complicado de una editorial: el almacenaje, la distribución, los canales y la estructura administrativa—, ¿por qué no montamos un sello de no ficción para adultos?».

Así nació La Caja Books. Comenzó con Paco pilotando el proyecto y, más adelante, Raúl, tú tomaste el relevo para continuar ese camino. Mi forma de trabajar con los sellos siempre ha estado vinculada a la confianza en el criterio del editor. Es como educar: hay que dar responsabilidades y asumir las consecuencias. Uno saca lo mejor de sí mismo cuando se enfrenta directamente a los problemas de diseñar un plan editorial, promocionar un libro o defender una apuesta. Si sale bien o sale mal, lo compartiremos y aprenderemos de ello.

Después vino el proceso de Andana Gráfica. El ilustrador, de manera natural, te acaba llevando hacia el cómic. Veíamos en las ferias internacionales que la novela gráfica era un género en pleno crecimiento, y además era un formato en el que nos sentíamos muy cómodos como lectores. Nos apetecía y nos lo pasábamos bien. Pensamos: «Si ya tenemos el canal de distribución y la sensibilidad visual, busquemos a la persona adecuada». Al principio el sello nació con Miguel Ángel Giner y, posteriormente, te incorporaste tú, María, al proyecto.

La tercera pata, en la que nos hemos metido de lleno, ha sido el libro de texto. Muchas veces la gente se imagina que detrás de una editorial hay un plan estratégico milimetrado, pero esto surgió de manera orgánica y casi por petición popular. Habíamos editado unos materiales complementarios para aprender valenciano en los institutos y esa propuesta, por su enfoque fresco, empezó a gustar muchísimo a los profesores. Nos empezaron a decir: «Oye, esto que habéis lanzado está genial, ¿por qué no hacéis directamente el libro de texto de la asignatura?». No estaba en nuestra hoja de ruta inicial, pero decidimos meternos en ese berenjenal y la verdad es que ha ido súper bien; hemos encontrado un nicho fantástico.

Es verdad que aparecemos en un momento en el que el contexto educativo valenciano demandaba un cambio de modelo, y nuestra semilla encontró un terreno muy fértil. En el mundo de los libros hay un componente inevitable de fortuna, de estar en el momento justo y en el lugar exacto. Pero, como suelo decir, para tener suerte también hay que estar allí: si tu libro no está físicamente sobre la mesa de la librería o del instituto, es imposible que se venda.

Aquí tienes la edición de este tramo de la entrevista. He pulido el emocionante bloque sobre la DANA, entrelazando con naturalidad el título premonitorio del libro de Oliver Jeffers y la superación del shock psicológico. También he estructurado tu pregunta y la respuesta de Ricard sobre su rutina y la filosofía de flexibilidad laboral en Andana, manteniendo ese tono cercano y vitalista que lo caracteriza.

María Trapero: Queríamos preguntarte también por un suceso terrible que ocurrió hace un año y poquito. La DANA afectó de lleno a vuestro entorno: Andana tiene sus almacenes en Ribarroja y nació, además, en Algemesí. ¿Cómo se vive un golpe así desde dentro de la editorial?

Ricard Peris: Sí, cuesta un poco hablar de ello. Al final, esto es como lo que comentábamos antes sobre el proceso de producción de un libro: cuando estás metido de lleno en el trabajo, corrigiendo y enfocado en el día a día, no te das cuenta de la magnitud de lo que estás haciendo; solo cuando el libro ya ha salido y pasa un tiempo, te viene la reflexión. Ahora que ha transcurrido un año, uno empieza a ser verdaderamente consciente de todo lo que pasó. Hay una parte incontrolable en la naturaleza que nos pone en nuestro sitio.

En nuestro caso, la tragedia coincidió por puro azar con el lanzamiento de un libro de Oliver Jeffers que sacábamos justo aquel mes de noviembre. El título era Volver a empezar. Es una obra que él hizo pensando en los adultos, porque encierra un mensaje mucho más elaborado sobre el sentido de la vida. Tenerlo en las manos en ese preciso instante fue algo catártico. Si te das cuenta, la vida es como el proceso editorial: terminas un libro y empiezas otro, siempre hay un momento de volver a empezar.

Yo viví la inundación de Algemesí cuando tenía cinco años; la recuerdo de forma muy vaga, pero ese tipo de episodios siempre han estado presentes en el imaginario de la zona. Por supuesto, nada al nivel de lo que ocurrió el año pasado. Fueron días durísimos de pérdidas materiales, pero sobre todo de bloqueo psicológico. Pasamos dos o tres meses sin poder avanzar; te quedas en shock. Son situaciones que todos afrontamos en la vida ante una pérdida fuerte o un episodio traumático: te quedas congelado un tiempo, sin ir hacia adelante ni hacia atrás. Pero esto forma parte de la vida y de los procesos que te enseñan a valorar las cosas y a ver nuestra propia fragilidad, exactamente igual que nos pasó con la pandemia. Al final, si tenemos la gran suerte de hacer libros, de pasárnoslo bien y de disfrutar con nuestro oficio, hay que mirar hacia adelante; y hacia atrás, lo justo para coger impulso y seguir. No podemos recrearnos en el lamento porque no conduce a ninguna parte.

María Trapero: Cambiando de tercio, te voy a hacer una pregunta caprichosa que me encanta plantear: ¿cuál es tu rutina de trabajo? Cuéntanos cómo es un día normal en tu vida de principio a fin: a qué hora te despiertas, si desayunas, si llevas a los niños al colegio, a qué hora comes... Para nosotros, el día a día en vuestra oficina sigue siendo una especie de misterio opaco.

Ricard Peris: ¡Pues estáis invitadísimos a venir a pasar tres días allí, os lo vais a pasar súper bien! Mi rutina personal está totalmente ligada a la forma de trabajar en Andana, porque he querido transmitir esa filosofía a todo el equipo. En la época en la que vivimos, marcada por el estrés y la presión de sacar libros y cumplir plazos de imprenta, considero vital que la gente tenga espacio para vivir.

En mi caso, conforme me voy haciendo mayor me suelo levantar más temprano, sobre las seis y media o las siete. Es un momento fantástico porque parece que el mundo se detiene. Me tomo un café con leche y, dependiendo del volumen de trabajo que tenga, me pongo a leer. Intento que sea una lectura por puro placer, nada que tenga que ver con la editorial, porque a esa hora la cabeza está totalmente despejada. Si me he despertado con algún asunto pendiente rondándome la cabeza, entonces sí que abro el portátil. Hace un tiempo descubrí el método del Bullet Journal y voy con mi libretita a todas partes; me apunto el día de la semana y vuelco ahí cualquier idea que me venga a la mente. Ese ejercicio de despejar la mente escribiendo va genial para evitar el caos mental.

A partir de las ocho de la mañana empieza el momento de las prisas. Llevo a los niños al colegio; vivimos cerca y los dejo en coche. Es un momento de estrés, pero al mismo tiempo un placer que me puedo permitir porque sé que es uno de esos trenes de la vida que pasan una sola vez.

De ahí me voy directo a la editorial. En Andana la gente entra a trabajar cuando quiere; no tenemos un horario rígido. Obviamente hay que cumplir con la jornada que marca la ley, fichar y estar disponibles en las horas de atención telefónica, pero el trabajo creativo no se puede encorsetar. Yo no controlo a qué hora entra o sale nadie. Hay días en los que hay muchísimo trabajo o estás más inspirado, y otros en los que necesitas organizarte de otra manera o teletrabajar.

Para mantener la coordinación dentro de esa libertad, fijamos dos días presenciales obligatorios para todo el mundo: los lunes y los miércoles. Además, con la gente que teletrabaja de forma habitual intentamos hacer reuniones cada quince días para vernos las caras, porque si no este oficio puede ser muy solitario. Yo suelo estar en la oficina hasta las cuatro y media, que es cuando voy a recoger a los niños, a menos que tenga reuniones externas o viajes.

Andana es un espacio abierto. A veces cuesta concentrarse porque hay mucha interacción y la gente va de un lado a otro comentando cosas, así que muchos se ponen cascos. A mí me gusta mucho esa dinámica de ir mesa por mesa preguntando: «¿Qué estás haciendo?». Es la contrapartida negativa que le veo al teletrabajo puro: se pierde la frescura de decir: «Oye, tengo aquí estas pruebas de imprenta, ven a ver cómo queda este color». Para fomentar ese contacto, tenemos una cocina en la oficina y los lunes y los miércoles solemos comer todos juntos; cada uno a su hora según se organice el día, pero siempre acabamos coincidiendo en la mesa. En la oficina estás en la cocina haciéndote un café y de repente coincides con alguien. Creo que ese clima es fantástico y favorece muchísimas sinergias. De momento lo vamos gestionando así. Luego, eso sí, hay algunas tardes en las que voy a la oficina cuando ya no queda nadie, lo cual me viene de categoría para trabajar solo, igual que cuando lo hago desde casa; esas horas de máxima concentración también se agradecen.

Fuera de la oficina, muchas tardes me gusta caminar o jugar al tenis; soy bastante deportista, lo he sido siempre y me encanta. El deporte me desestresa un montón y considero que es una parte fundamental del día a día. Si tuvierais la posibilidad de venir un par de días a las oficinas de Andana, veríais que el ambiente está muy guay. Desde la pandemia viene y va gente, pero solemos acordar un día o dos para hablar todos juntos. Tenemos una zona de sofás que está súper chula; las reuniones las hacemos allí. Sin caer en ese rollo startupero excesivo de poner toboganes y cosas de esas, creo que, al final, dado que vas a pasar muchas horas en tu lugar de trabajo, este tiene que ser un sitio agradable, donde estés a gusto, puedas concentrarte y tengas la capacidad de charlar de otras cosas con la gente con la que compartes proyectos.

Raúl E. Asencio: Ya para terminar, tenemos un proyecto en marcha en el podcast que consiste en ir configurando una suerte de biblioteca epicantiana. Solemos pedirle a nuestros invitados dos tipos de recomendaciones: un libro fetiche que te encante por el motivo que sea, y luego un libro que te haya ayudado a pensar el mundo de la edición o que guarde relación con el oficio de los libros.

Ricard Peris: Para pensar el mundo de los libros tengo un par de recomendaciones muy claras. El primero es Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari. La figura de Rodari es fundamental por el trabajo que hizo a la hora de darle la vuelta por completo a la literatura infantil y juvenil. En nuestros viajes a Italia hemos tenido la oportunidad de visitar exposiciones y lugares relacionados con su obra; nos gusta aprovechar las ferias internacionales para hacer este tipo de viajes culturales y descubrir rincones nuevos, más allá de las librerías habituales.

El segundo es un libro de memorias de un editor que leí hace poco y me pareció alucinante: Lector voraz, de Robert Gottlieb. Es una lectura magnífica para el sector. En un podcast como este puedes compartir interioridades del oficio, pero en el día a día no siempre encuentras a tanta gente con la que hablar de estas cosas concretas de la edición. Al leerlo me pareció increíble constatar que el mundo editorial de hace cincuenta o sesenta años no era tan diferente al de ahora; no hemos evolucionado tanto. Gottlieb habla de conceptos que han salido mucho en nuestra conversación de hoy: la paciencia, la relación estrecha con los autores, el proceso de acompañamiento en la creación de una obra y el valor del trabajo colaborativo dentro de una editorial, que a menudo es la parte menos conocida. Incluso las técnicas de promoción —como enviar libros de muestra a los libreros— siguen siendo exactamente las mismas. Cuando lo lees piensas: «Madre mía, si es que hacemos lo mismo». Supongo que ahí radica la gracia de la tradición: cuando repites mucho una práctica provechosa, se convierte en un legado. Encontré ese libro sumamente gratificante.

A nivel personal he escogido otros dos libros por motivos muy diferentes. El primero es un libro de poesía: Llibre de meravelles, de Vicent Andrés Estellés. No hemos hablado mucho de poesía en la entrevista. Evidentemente, una editorial es una industria y hay que vender libros para seguir editando; es una preocupación constante que tenemos los editores porque, si no cuadran las cuentas, cerramos. Existe esa vertiente comercial, pero también tenemos una misión cultural que va más allá. La poesía es un género que me marcó muchísimo en la adolescencia y que ha sido un puente vital para mí. De hecho, convencido de que la poesía debe leerse en las escuelas, en Andana creamos una colección de poesía infantil en valenciano llamada Vagó de versos, precisamente para abrir esas puertas a los primeros lectores. Los poemas de Estellés conectan con tu yo más profundo. Nadie ha conseguido como él, partiendo de una lengua popular y cercana —nada impostada ni excesivamente elaborada—, conectar con la identidad mediterránea y valenciana. Sigo leyendo sus versos hoy en día y me siguen llegando al alma. Hay canciones y poemas que, por lo que sea, te despiertan algo por dentro y rompen todas las barreras.

El segundo libro personal es Perdido y encontrado, de Oliver Jeffers, que para mí encierra muchísimas de las cosas que nos han ido ocurriendo en Andana; de hecho, lo definiría casi como nuestra Biblia, a pesar de ser un libro tan corto. Cuenta la historia de un niño que un día abre la puerta de su casa y se encuentra a un pingüino. Al verlo perdido, el niño intenta ayudarle a buscar su sitio y se lo lleva hasta el Polo Norte, para terminar dándose cuenta de que el pingüino lo único que quería era ser su amigo.

Creo que el hecho de abrir la puerta de tu casa y encontrarte con un pingüino define a la perfección lo que pasa en la vida y en este oficio: un día entras en una librería de Londres, te encuentras con un álbum ilustrado y ese hallazgo te cambia la vida. O esa curiosidad innata del niño que, para comprender al pingüino, se pone a aprenderlo todo sobre el mundo de los pingüinos. Es lo mismo que te ocurre cuando te apasionas por algo: un día te proponen trabajar como editor y dices: «Ostras, pues no lo sé, voy a empezar a leer sobre el mundo de la edición para ver cómo funciona esto». Es una curiosidad que te mueve para ver a dónde te lleva el camino. Muchas veces proyectas que vas a llegar a un lugar concreto —como el niño, que piensa que el hogar ideal del pingüino es el Polo Norte—, pero acabas en un destino muy diferente y mucho mejor, con el pingüino de vuelta en tu casa. Es una historia bellísima y simple que explica cosas muy complejas, ayudándote a ver la realidad con mucha más claridad y a vivir sin darle tantas vueltas a la cabeza. Al final se trata de eso, porque todo va muy rápido.

María Trapero y Raúl E. Asencio: Muchas gracias, Ricard. Ha sido una conversación estupenda. Te agradecemos muchísimo tu tiempo.

Ricard Peris: El placer ha sido mío. Poder hablar de lo que a uno le gusta siempre es un gusto. Creo que es una iniciativa fantástica la de poner en marcha estos espacios de encuentro; los editores de literatura infantil y juvenil no solemos tener tantos altavoces para compartir lo que llevamos dentro. Está súper bien que hayáis creado este rincón donde los profesionales del sector podemos conversar. Al fin y al cabo, esa es la verdadera gracia de nuestro trabajo: compartir. Muchas gracias a vosotros.

María Trapero y Raúl E. Asencio: Gracias a ti.

© Epicanto. 

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